Montemayor, Jorge de (1520-1561)

Escritor y novelista portugués, que nació en Portugal en 1520, y murió asesinado en Piamonte por un asunto amoroso en 1561. Pasó algunos años al servicio de la infanta Juana, madre del rey don Sebastián. Músico de la corte, en 1554 acompañó al rey Felipe II a Inglaterra y a los Países Bajos. Hacia el año 1559 se publicó en Valencia la famosa novela pastoril titulada Los Siete Libros de Diana, basada en la Arcadia de Sannazaro y construida con una perfecta simetría en torno al palacio de la maga Felicia, que con su agua mágica resuelve los problemas de amores que se le presentan; por ése y otros rasgos, como su marcado interés en las artes plásticas, es una obra de claro estilo renacentista. Con Los siete libros de la Diana, Montemayor dio vida al género de la Novela Pastoril, que ocupó un siglo, aproximadamente, en la historia de la literatura española. Con anterioridad a la aparición de esta obra había publicado una Exposición moral sobre el salmo 86, de 1548; suyo es, además, el Cancionero, 1554, reeditado junto con el Segundo cancionero espiritual, prohibido por la Inquisición al año siguiente. En esta época, es frecuente encontrar, como en este caso o en el de Gil Vicente, autores portugueses bilingües, que escribían tanto en español como en portugués, y que trabajan indistintamente para las dos cortes peninsulares.
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LA NOVELA PASTORIL, creación incuestionable de Jorge
de Montemayor, tiene conocidos precedentes dentro y fuera
de España. Entre los foráneos, destacan clásicos
e italianos; aquellos, desde algunos lejanos Idilios de Teócrito,
hasta las más próximas y vigentes Bucólicas
de Virgilio; estos, a partir del Nínfale d'Ameto y el Ninfale
Fiesolano de Boccaccio, con la culminación que significa
la Arcadia de Sannazaro, escrita antes de 1480, aunque publicada
en 1502.1
La novela pastoril no fue un género de larga vida, aunque
sí de considerable difusión. Al igual que en el
caso de la llamada novela morisca, es posible que la primera creación
sea una de las mejores; me refiero, claro es, a Los siete libros
de la Diana de Montemayor, cuya primera edición es del
año 1559. Entre esta fecha y la de 1633, año en
que Gonzalo de Saavedra publicó Los pastores del Betis,
discurre el género, al que dan relumbre literaria, por
su valía propia y el prestigio de sus autores, La Galatea
(1585) y La Arcadia (1598).
La poética que fraguó Montemayor, a diferencia de
Sannazaro, combinaba prosa y verso de manera libre, sin ningún
orden prefijado de antemano como el alternar de diez partes en
prosa y verso de la Arcadia-, y confería estructura novelesca
unitaria al mosaico de églogas pastoriles del italiano.
Con todo, la visión del mundo era semejante, y en gran
parte coincidente con la tradición virgiliana en ambos
casos. Sus convenciones básicas son las siguientes:
1) El pastor es poeta por naturaleza, 2) vive en un mundo mítico
cercano a la Edad de Oro, 3) en el que convive con seres sobrenaturales
-en La Diana, por ejemplo, aparecen ninfas y se cita a Palas o
a Marte por su influencia sobre el nacimiento de Felismena-, 4)
al mismo tiempo que se mueve en un espacio geográfico real
-León, Portugal, Sevilla_.2
5) El pastor se dedica, sobre todo, a exponer o cantar sus cuitas
amorosas, bien a la naturaleza (que 6) responde a una concepción
idealizada según la cual es siempre el tópico «locus
amoenus», con prados verdes, flores olorosas y frescas,
árboles frondosos, hierba menuda, arroyos claros, etc.,
además de constituirse en animada y humanizada consoladora
de las quejas de dichos pastores, en verdadera caja de resonancia
que vibra al compás del dolor de los rústicos, tanto
en su vegetación como en su fauna); o bien a otros pastores,
mediante el consabido canto amebeo que informa la bucólica
desde Virgilio. 7) Todo esto es posible gracias al ocio pastoril,
convención que le permite dedicarse exclusivamente al amor,
mientras el ganado pace solo, o queda prácticamente olvidado
y relegado. 8) Y es que el amor es el tema por excelencia del
bucolismo desde Virgilio; -amor que se concibe en Montemayor desde
un ángulo neoplatónico -hay de hecho transcripciones
casi literarias de los Diálogos de amor de León
Hebreo-, según el cual es el motor principal de las acciones
que se relatan, y ello porque es la fuerza motriz que impulsa
al hombre hacia la región de las Ideas Supracelestes, conforme
al platonismo revivido por obra de M. Ficino.
9) Sentimiento, además, concorde con lo expuesto, de raíz
puramente espiritual -lo que explica que se pueda rozar el homosexualismo
sin problemas, como sucede en las historias de Selvagia y Felismena-,
diferente, por lo tanto, al que plasman libros de caballerías
y algunas sentimentales, con sus matrimonios secretos de base
claramente pasional. 10) Aunque coincide con la sentimental en
el hecho de que el análisis de¡ sentimiento amoroso
es el objeto fundamental de su atención, se separa de aquella
en su concepción amorosa, puesto que si participa del mismo
clima general de dolor y lágrimas, difiere en la visión,
que es aborrascada y tormentosa en la Cárcel y sus congéneres,
mientras se manifiesta como «serena melancolía, donde
hasta las lágrimas son melodiosas y están sometidas
a ritmo y compás» -en palabras de Moreno Báez3_
en la pastoril. 11) El sentido mesurado y proporcionado en la
descripción del sentimiento amoroso está favorecido
por el platonismo4 renacentista que invade todas las manifestaciones
de la pastoral, condicionando asimismo, 12) tanto el carácter
arquetípico de sus personajes, modelos de virtud y belleza,
13) como la visión tópica del paisaje, a través
siempre de los consabidos epítetos que realzan lo defínidor
y quintaesenciado. 14) Si bien, curiosamente, no hay apenas descripciones
del paisaje, y las existentes, son siempre parcas y reiterativas,5
quizá a cansa de su misma condición de lugar común,
15) sí se describen detalladamente, en cambio, palacios,
vestiduras y ornamentos.
16) Igualmente, a consecuencia
de las ideas neoplatónico-renacentistas, la estructura
de La Diana se configura de forma perfectamente equilibrada y
armónica, conforme a una exacta distribución simétrica:
tres libros correspondientes a los relatos de Selvagía,
Felismena y Belisa; unión en el cuarto, en el palacio de
la sabia Felicia, donde se comienzan a solucionar los conflictos;
y otros tres libros posteriores para acabar de solventar los que
permanecían en suspenso, dependientes del mismo núcleo,
con la sola excepción de la propia historia de Diana. 17)
El desarrollo argumental, de otro lado, se caracteriza por su
estatismo, por su falta de movimiento y carencia de acción.
Lentitud que, desde luego, favorece la penetración en la
intimidad amorosa de los pastores y la consiguiente profundidad
psicológica del análisis realizado. 18) Sólo
se anima la acción gracias a la inclusión de elementos
estructurales procedentes de la novela bizantina o de la caballeresca,
aunque, a pesar de ellos, 19) la intemporalidad preside el deambular
de estos pastores con modos cortesanos, siempre maduros.
Como bien ha señalado
López Estrada,6 Montemayor adaptó con inteligencia
parte de la estructura de episodios en sarta procedente de la
narrativa bizantina, en concreto: «el cruce de historias
en un punto, que luego divergen en varios sentidos, corren paralelas
a veces, y vuelven a encontrarse para buscar la solución».
Y lo hizo con el fin de evitar el estatismo y la monotonía
de lo puramente pastoril, mediante la interpolación de
historias distintas que ofrecieran variaciones sobre lo bucólico;
«casos amorosos» diferentes. De esta forma, la bizantina
se constituyó en soporte constructivo de la novela pastoril,
iniciando un desarrollo gradual que culminaría en La Galatea
cervantina.
Y es que, al igual que sucedió
en otros campos de la narrativa áurea, los epígonos
de la pastoril no quisieron o no pudieron entender las aportaciones
de La Galatea (1585). En ella, Cervantes había superado
con inteligencia la linealidad constructiva de La Diana, mediante
la realización de una estructura mucho más compleja,
trabada a través de¡ entrelazado de las diversas
historias integradas en una que sirve de engaste unitario. Una
morfología en la que, como ha visto López Estrada,7
los amores de Elicio y Galatea, pastores bucólicos que
protagonizan la historia principal, constituyen un núcleo
aglutinador en el que se encajan los diferentes «casos de
amor» que son las cuatro historias secundarias, a su vez
confluyentes, un tanto, entre sí. Merced a este procedimiento,
la novela pastoril se convierte en precedente compositivo de su
propio Quijote y de toda la gran novela barroca. Las cuatro novelitas
intercaladas, además, son diferentes: dos son «novellas»
a la manera italiana, la primera y la última; aquella,
la de Lisandro, de ambiente andaluz y de carácter trágico,
con sangre y venganzas que van contra la esencia de lo más
puramente pastoril -Herrera, Anotaciones-; ésta, la de
Rosaura, igualmente tempestuosa. En medio se integran una novela
pastoril, la de Theolinda, y otra de corte bizantino, con aventuras
y viaje de largo recorrido, la de Silerio. La narración,
a diferencia de la simple adición de historias de La Diana,
se inicia «in medias res» con Elicio, pastor idealizado,
aparece a continuación Erastro, pastor rústico en
contraste, y ante ambos, Lisandro, que da muerte a Carino. Este
huye, sigue la historia principal, vuelve a aparecer y cuenta
su peripecia, se vuelve a interrumpir la narración cuando
aparece Theolinda... Es decir, hay una alternancia pastor-pastora
a la hora de relatar sus historias, en vez de la nota femenina
prolongada de Montemayor. Hay, además, una clara ruptura
de la línealidad de La Diana, en búsqueda de un
mundo novelesco más complejo y perfecto.
1 Vid. el excelente libro
de Francisco López Estrada, Los libros de pastores en la
literatura espanola, Madrid, Gredos, 1974.]
2Ya Menéndez Pelayo
notó la mezcla de motivos clásicos y realidad española
contemporánea, en Orígenes de la novela, 1, Madrid,
NBAE, 1905, p. 466.
3Enrique Moreno Báez,
Los siete libros de La Diana de Monternayor, Madrid, Editora Nacional,
1976, p. XV.
4 Cf., por ejemplo, E. Moreno
Báez, op. cit., págs. IX y ss.
5Como ya vió Menéndez
Pelayo, Orígenes, p. 466.
6Francisco López Estrada,
Los siete libros de La Diana, Madrid, Espasa-Calpe, 1970, 81-2.
7F. López Estrada, La
Galatea de Cervantes. Estudio critico, La Laguna, 1948.
Fuente: Antonio Rey Hazas Introducción
a la novela del Siglo de Oro, I. (Formas de narrativa idealista).
Edad de Oro I (1982): 65-105.
Antonio Rey Hazas
De Introducción a la novela del Siglo de Oro, I.
(Formas de narrativa idealista). Edad de Oro I (1982): 65-105.