EL OTOÑO DE LA NOVELA POLICÍACA

 

 

*INDEX POLICIACOS

TEXTOS: IVÁN SÁNCHEZ

La novela policíaca hace ya tiempo que en España se encuentra en un estado de hibernación. Los clásicos modernos del género negro como Juan Madrid o Andreu Martín se han escorado hacia otros temas y las nuevas generaciones tampoco parecen muy dispuestas a encasillarse en un tipo de novela que obliga a jugar con determinadas reglas. Sin embargo, pese a no estar en un momento álgido de publicación ni de ventas, el género permanece en la novela contem-poránea alimentando obras de autores no específicamente policíacos pero que hacen interesantes incursiones en la crónica de sucesos y la pesquisa.

Condenada al ostracismo por la falta de éxito popular, presa de sus propias carencias y de la falta de estímulo editorial, la novela negra española es hoy un género marginal y minoritario, en contraste con el auge de que goza en Francia, Gran Bretaña y Rusia, por poner tres ejemplos muy claros. Este hecho constatable, sin embargo, debería ser convenientemente matizado. Porque no siempre fue así y porque el fracaso de las expectativas obedece a una serie de causas corregibles, lo cual equivale a decir que, desde luego, existe un futuro para la literatura criminal hecha por autores españoles, aunque la realidad actual, por desgracia, se presente oscura como el reinado de Witiza. Las razones las apunta el escritor policíaco Manuel Quinto : falta de tradición; inexistencia de una escuela propia, como el polar francés; excesivo mimetismo (aquí todo el mundo quería copiar a Chandler y Hammett), y también, cómo no, la escasa calidad de las propuestas autóctonas, poco imbricadas con la auténtica realidad española. Hoy día -añade Quinto- para entretenerse con acción y violencia ya existe el cine, el video y la televisión.
Viejos rockeros
Si hubiera que caracterizar brevemente lo que ha sido la novela negra española en los últimos diez años, bastarían tres palabras: falta de continuidad. Un caminar a trompicones que ha dejado enormes huecos en la fidelidad lectora, y ha provocado prematuramente el desencanto editorial, cuyo signo más obvio es la carencia absoluta de revistas dedicadas al género, y la casi absoluta de colecciones firmadas por especialistas celtibéricos del gremio. En estos momentos los viejos rockeros del relato policial made in Spain parecen un tanto ausentes de la escena del crimen. Salvo Manuel Vázquez Montalbán , pura excepción que agrupa alrededor del personaje Carvalho todo un fenómeno editorial y televisivo de larga duración, la generación que echó a andar la novela negra española pura y dura, allá por los años de la Transición, se encuentra en una etapa productiva declinante en lo que respecta a nuevos títulos, con una sensación de déjà vu que presagia el cambio de guardia generacional. Los autores de esa época vuelcan ahora su esfuerzo, en muchos casos, en otros territorios literarios tangenciales al género negro clásico.



Contra la opinión de algunos amateurs y lectores apresurados, escribir una buena novela negra cuesta tanto trabajo y exige tanta dedicación como escribir cualquier otra de cualquier género. Por eso plumas conocidas, que lo abordan como un género menor, terminan estrellándose contra él. Como dice Andreu Martín , hay escritores que han entrado en la novela policíaca pensando que les basta un crimen, violencia, sexo y un poco de argot, dejando de lado el rigor, el empeño documental y el afán constante por no aburrir al lector y mantener el interés argumental. Este esfuerzo, habida cuenta de la dificultad de publicación y la escasa difusión de gran parte de las novelas policíacas que se editan en España, quizás sea una de las razones que expliquen la retirada temporal de los temas criminales entre los veteranos pioneros del género en España, muchos de los cuales surgieron de la mítica colección
Club del Crimen, (portadas en blanco y negro con trazas de polar francés) de Ediciones Sedmay, hacia mediados de los años setenta. Al fin y al cabo, lo primero es ganarse la vida, y la novela negra neta pocas veces lo per-mite, y ni siquiera ofrece garantías de ir tirando. De forma que hay que tan- tear otras rutas.Juan Madrid , cuya actividad se extiende ahora a campos como la literatura juvenil o divulgativa, lleva bastante tiempo sin escribir una auténtica novela negra, y él mismo califica su obra tardía de "novela urbana", y no de literatura criminal. Andreu Martín está mayormente empeñado en guiones televisivos e historias juveniles de éxito, con Flannagan y compañía. Manuel Quinto traduce, escribe reseñas de películas y da clases de francés en un instituto de Manresa. El valenciano Ferrán Torrent lleva tiempo entregado a otros menesteres literarios. Fernando Martínez Láinez acampa en el periodismo free lance y en libros viajeros, juveniles o conectados con la historia reciente. Pedro Casals dedica mucho de su tiempo a la literatura juvenil, como Julián Ibáñez o José Luis Muñoz , aunque este último consiguió el último Premio Café de Gijón con una novela criminal. Jorge Martínez Reverte también lleva años alejado del género, y González Ledesma -un trabajador incansable de la pluma- tampoco se prodiga en el escaparate de las novedades policíacas. Otros escritores negros fogueados, como David Hall , Miguel Agustí , Mariano Sánchez , J.A. De Blas , Pérez Merinero o Justo Vasco , cubano afincado en Gijón, deben alternar (como modus vivendi) periodismo, cine, traducciones, enseñanza y otras actividades con el cultivo del relato negro.

Colecciones


En España no hay colecciones de autores españoles de novela negra a cargo de editoriales importantes. Aunque periódicamente se anuncian misteriosos proyectos de envergadura en este sentido, el asunto parece gafado. El que quiere publicar una novela policíaca debe ir con su novela a la editorial de turno para que se la valoren y -con suerte- se la publiquen en colecciones generales, lo que los anglosajones denominan main stream. Algo que, pretendidamente, puede aliviar un poco el incontenible desdén, no siempre declarado, que un sector importante de la intelectualidad lectora y crítica manifiestan aún hoy por la novela de signo criminal, considerada con frecuencia como un subgénero o subproducto. Una circunstancia que a veces resulta verdad, y otras no. Conviene a este respecto recordar las palabras de Salvador Vázquez de Parga al comienzo de su riguroso y pormenorizado ensayo La Novela Policiaca en España: "Precisamente ese desprecio de los intelectuales, proyectado sobre la novela policiaca desde su llegada a nuestro país, ha conducido al desprestigio del género [...], lo que en definitiva se ha convertido en una de las causas impeditivas, seguramente la más importante, del normal desarrollo de la novela negra autóctona." Como toda regla tiene su excepción, existen actualmente dos colecciones activas y minoritarias dedicadas a escritores españoles policíacos. Una es la meritoria y esforzada (aunque muy poco visible en las librerías) Huella de Sangre, que dirige Miguel Agustí , escritor y periodista barcelonés. Recomendada por la
Asociación Internacional de Escritores Policiacos (AIEP) y surgida en el verano de 1998 con cuatro títulos de otros tantos autores (Tajo, de Martínez Laínez; Amante muerta, de M. Agustí; Mirando espero, de Justo Vasco, y La muerte chupa cámara, de Jacob Most ), Huella de Sangre cuenta ya con dieciséis títulos aparecidos, todos españoles salvo Hoja negra sobre el cenicero, del búlgaro Atanás Mandezhiev , escritor reconocido y muy valorado en su país.

La editorial publica también un boletín trimestral, titulado Trama Negra, bajo los auspicios de la Asociación Española de Escritores Policiacos, dedicado a relatos cortos negros, una añeja tradición literaria muy en auge en el mundo anglosajón y en franco declive, casi en trance de extinción, por estos lares. La otra loable iniciativa de colección negra y autóctona procede de la Diputación de Albacete, con una serie de libros policiacos que, con la etiqueta de Letra Negra, se vienen publicando desde 1997 bajo la coordinación editorial de Antonio Belmonte . El primer título de esta colección -¿Oíste al mirlo silbar mi nombre-- se debe a Miguel Ángel Carcelén Gandía , sacerdote que en sus piadosos ratos libres se dedica a escribir de crímenes. La Diputación albaceteña convoca también anualmente el Premio de Novela Rodrigo Rubio, dedicado al género negro, dotado con 600.000 pesetas.

Género alimenticio
El género, aunque aquí lleva en crisis casi desde que nació, tiene mucha más salud de la que aparenta. Los aportes literarios de la novela negra, tanto en estructura como en lenguaje, personajes y situaciones, han pasado -en muchos casos a través del cine- al acervo narrativo contemporáneo. De hecho, aunque la novela policial española sea hoy un convaleciente en reposo obligado, muchos de sus hallazgos estilísticos y de fondo, incluida la visión radicalmente critica de la sociedad, partiendo del delito como componente esencial del entramado colectivo, han sido ya inoculados en otros géneros y utilizados de forma más o menos confesa por autores no dedicados a la narrativa criminal, en muchos casos ganadores de premios de prosapia. Recordemos, por citar solo unos nombres, a
Vargas Llosa , Muñoz Molina (Beltenebros y Plenilunio), Joaquín Leguina (Tu nombre envenena mis sueños), Raúl del Pozo ( Noche de tahúres, No es elegante matar a una mujer descalza), Carmen Posadas , ganadora del Planeta, Lorenzo Silva , ganador del último Nadal, que ya había publicado con anterioridad El lejano país de los estanques, otra novela policíaca y, sobre todo, Raúl Guerra Garrido , con su inmensa novela Tantos inocentes, ganadora del premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra. Una obra inspirada en hechos reales que ocurrieron en un pueblo del País Vasco, donde nadie vio nada ni oyó nada, pero donde una pandilla de amigos, en plena euforia festiva, linchó a un hombre inocente. Puede decirse que el género negro español ha impregnado al conjunto de los géneros literarios en boga, y se ha convertido en una mina de la que se extraen materiales en bruto que luego se elaboran para distintos usos, casi siempre sin mencionar la procedencia. Porque lo curioso es que aunque se publiquen pocas novelas policíacas autóctonas, en España se editan bastantes títulos importados, aunque con criteros más que discutibles en muchos casos. El caudal de traducciones procede casi siempre de Estados Unidos y Gran Bretaña, atendiendo muchas veces a los peores ingredientes del thriller repetitivo, convencional y ramplón. En cuanto a la buena literatura policiaca que se hace en Europa, poco, muy poco se conoce de ella. ¿Qué hay de la novela negra que se está haciendo en Francia, en los Países Bajos, en Escandinavia, en Centroeuropa o en Rusia? El lector español se merece una oportunidad de conocerla.El relevo generacional que desde hace algún tiempo se viene gestando en la novela negra española tiene ya algunos nombres y apellidos, aunque su cualidad principal sea la dispersión y la falta de escuela consolidada. La tendencia no es tanto hacer novela negra en estado puro, algo que, por otra parte, a estas alturas ya resulta casi imposible de establecer, sino hacer novela sin adjetivos pero con ingredientes de agilidad verbal, crimen, suspenso, violencia y sexo repartidos en dosis suficientes como para que la negrura resulte tangible al lector. Todo eso para evitar el "etiquetado", esa palabra maldita causante de tantas penalidades a la hora de publicar y ser criticado.


Esperanzas blancas de un género negro


En España hay que tener más valor que el Guerra para declararse sin ambages escritor negro o policíaco a secas. En el mejor de los casos, se le ignora, y en el peor se le considera un mindundi de las letras, un segundón irremediable de la novelística. Ser negro empecinado y confeso, suele ser colocarse de entrada en la Segunda B de las letras. "Los escritores de novela negra -corrobora acertadamente Miguel Agustí- tienen el complejo de que se les encasille en él, como si estuviesen haciendo literatura poco seria y tuvieran que pedir perdón por hacer lo que hacen." Y a pesar de todo la nueva novela negra española se mueve, que diría Galileo, y da señales de vida en apariciones fulgurantes y esporádicas. A la chita callando y apenas percibidas aparecen obras como La noche más larga, de
Luis Miguel Úbeda ; Hipnos (Premio Hammett de la Semana Negra), de Javier Azpeitia ; Un cubo lleno de cangrejos, de Javier Romo , genuino relato de humor negro, la variante más difícil de novela negra; la serie Petra Delicado, de Alicia Giménez Bartlet ; Esta noche moriré, de Fernando Marías ; El escondite inglés, de Miguel Mena , o Tornados, de Jesús Torrecilla , que ganó el IV Premio Lengua de Trapo de Narrativa. Y hasta hay quien se arriesga a publicar con pseudónimo, como ocurre con Asesinato Debido, de un tal Manú , una obra síntesis de thriller y narración de misterio, en la línea de Ellery Queen, o El erótico crimen del Ateneo de Madrid, novela de corte satírico firmada por Moh-Ul-Sih , pseudónimo tras el que se oculta el periodista Pío Moa . Todo esto lleva a pensar que la novela negra tiene futuro, aunque no sabemos muy bien de qué calidad y características. Lo que parece cierto es que la narración policíaca es un producto cultural de nuestro tiempo, radicalmente moderno, reflejo de las alienaciones, las pesadillas y tormentos urbanos que acosan al ciudadano normal, y denuncia a la vez de una marginalidad social envenenada. Por lógica, la demanda lectora y la oferta editorial -aseguradas en otros paises- deberían producirse también en España, y entonces, de nuevo, podría llegar el boom. Entre tanto: esperar y ver.

 

Policías y ladrones o el juego que quería ser real
RAFAEL CONTE
EL PAÍS, LIBROS, 5 / 8 / 1984.

No se sabe muy bien si los niños de hoy en día siguen jugando a policías y ladrones: no existe bibliografía sobre el tema. Sobre lo que sí hay, y en abundancia es sobre la afición al mismo que parece haberse despertado en nuestro país, en los últimos años, entre las generaciones adultas, al menos —y por lo que nos concierne hoy— entre los escritores y sus lectores, cuyo número, aunque no insignificante, sigue sin ser legión. La novela policial —policíaca, decíamos en mis tiempos— parece haberse adueñado tanto de los escaparates como de la inspiración de nuestros escritores más jóvenes, o de quienes todavía aparentan serlo sin sonrojo.

Ya no se trata de la concesión de autores más o menos consagrados —Manuel Vázquez Montalbán—, ni de la confesión de los técnicos —Tomás Salvador—, ni de la apelación de los realistas —Isaac Montero—, de los que sufren la literatura y la parodian —Eduardo Mendoza—, o de las feministas —Rosa Montero, Lourdes Ortiz—, o de los escarceos de los posmodernos —Félix Rotaeta— o simplemente de los divertimentos de los intelectuales cansados de serlo, como Fernando Savater o Giménez-Frontín. Es todo eso a la vez y mucho más. Se trata de la moda más potente, eficaz y sospechosa de todas las que han surgido desde que la democracia intenta serlo y la edición busca su difícil supervivencia en este mundo posindustrial de nuestros pecados.

Una moda, sí, no hay por qué rasgarse las vestiduras: Homero, Shakespeare y Cervantes rindieron a esta palabra sus correspondientes tributos —a la leyenda, la historia o los libros de caballerías al revés, cada cual según sus intenciones— sin apearse por ello de sus exigencias y de sus geniales condiciones. Como todo suceso o acontecer, es necesario entonces examinarla, analizarla, y dar razón de sus razones o de sus extravíos y manipulaciones corredspondientes: con toda la sencillez del mundo, desde luego, pero con la debida lucidez para poder así descubrir nuestros implacables autoengaños. Qué le vamos a hacer, hay que seguir viviendo, esto es, leyendo.

De la novela policial a la novela negra


La novela policial, invención ya certificada de Edgar Allan Poe, dejando aparte atisbos y precursores desde los chinos a Voltaire, se planteó primero como un juego intelectual, como todo el mundo sabe, desde S. S. Van Dine hasta Agatha Christie; la novela policial anglosajona se presentaba como la heredera legítima de Poe, y la acción desenfrenada sólo era cultivada en un principio por los aventureros franceses, más dados al folletín que a la detección, de Gaboriau a Gaston Leroux; pero las crisis del mundo contemporáneo agitaron aquellas aguas en principio tan tranquilas y a finales de los años veinte, limitando con el crack de la bolsa y la subsecuente depresión, surgió incontenible la que hoy se conoce con el nombre de novela negra, que con el tiempo ha ganado la batalla a la narración policial tradicional, repleta de orquídeas en sus invernaderos y de células grises excesivamente desgastadas, con permiso de las habitaciones cerradas de John Dickson Carr y Gideon Fell. La irrupción de Dashiell Hammett y Raymond Chandler en este panorama conmovió los cimientos del género, que ya no volvió jamás a ser lo que era.
Primeras traducciones de novela negra en España
Bueno: la novela negra es la novela policial de nuestro tiempo, y el resto no es más que arqueología. Lo que sucede es que la moda en España ha llegado demasiado tarde y demasiado impregnada de oportunismo mercantil. Los libros de Hammett y Chandler ya habían sido vertidos al castellano ha luengos lustros, desde aquella célebre colección de GP Policíaca hasta las ediciones en piel de Aguilar, llegando hasta el libro de bolsillo de Alianza en los finales de los sesenta. Ross Mac Donald aparecía en la argentina El séptimo círculo. Patricia Highsmith en Carroggio y Noguer, y Hadley Chase y Peter Cheyney con su inefable Lemmy Caution estaban ya en poder de todos los aficionados. No nos llamemos por lo tanto a engaño, pues estos últimos años de la moda impulsada por lanzamientos editoriales, publicitarios o televisivos —los telefilmes norteamericanos hicieron el resto, desde Los intocables a Starsky y Hutch— no han supuesto ningún descubrimiento. Todo estaba ya descubierto, sin excepciones apreciables, hacía ya varios lustros. La novela negra en España no ha pasado de ser un mediterráneo más.


Novela policial española en la posguerra


Pero estos redescubrimientos han provocado una consecuencia nueva: son ahora los escritores españoles los que se lanzan al cultivo de este género, que está dejando así de ser foráneo para convertirse en nacional y hasta en autonómico. Los primeros intentos serios en la posguerra española para hacer novela policial —dejando aparte prehistorias— no llegaron influidos por la novela negra norteamericana, sino por Simenon en todo caso (y de hecho, Simenon y la Christie son los dos autores policiales más vendidos en España en toda su historia). Pero Maigret no es ni negro ni detectivesco, sino una mezcla de ambos estilos, ya que el gran narrador belga procedía del contexto francés, y llegó al realismo a través de los folletinistas y de Balzac, que tampoco son tan distintos a no ser por ese maldito detalle de la calidad, algo que ahora, a pesar de todos los intentos, sigue sin pasar de moda.
Así, Mario Lacruz se inventó El inocente, Tomás Salvador —que por su profesión de policía y su vocación por la novela de acción y realista llevaba mucha ventaja— publicaba Los atracadores y El charco, y finalmente Francisco García Pavón explotaba el costumbrismo manchego injertándolo en un personaje en principio original: el Plinio. Pero Lacruz interrumpió su carrera como novelista para editar muy bien a otros novelistas, Salvador se intelectualizaba y se hacía, por lo tanto, peor, y García Pavón se repetía sin avanzar demasiado. Y así llegamos a finales del franquismo y los primeros años de la democracia, en la que una de las modas lanzadas —entre las narraciones políticas o las históricas— que más éxito tienen es la de la novela policial a la manera norteamericana, pero también a la española, y que no nos cojan confesados, que es peor.

La novela policial española a partir de los setenta


El primero y el mejor fue Manuel Vázquez Montalbán, desde luego, a quien un personaje de una novela política —Yo maté a Kennedy— se le independizó para interpretar Tatuaje y se convirtió en nuestro común patrimonio y amigo Pepe Caarvalho, al que ahora, desgraciadamente, le van a poner cara en televisión. ¿Sobrevivirá? Es difícil creerlo. Carvalho no tiene otro rostro que el de su creador, porque además no es otra cosa que un espactador tierno y con cierta suerte, que desgrana sus historias sin complicarse demasiado la vida en busca de argumentos más o menos violentos o sofisticados. En resumidas cuentas se trata de un sabio y escéptico periodista que ha llegado a la madurez de no intentar traspasar sus debidos límites.
Tras Vázquez Montalbán llegó el diluvio. Hasta un británico profesor de español en Oxford, que se oculta bajo el seudónimo de David Serafín, ha creado un género de novela policial, no exactamente negra, más simenoniana, levemente costumbrista también y con ciertas dosis de detección, escrita en inglés —se han traducido ya al castellano dos, con el título de Sábado de Gloria y El metro de Madrid—, en las que se retrata con humor, superficialidad y corrección anglosajona las más aparentes contradicciones de la transición democrática española. Pero abundan los narradores abocados fatalmente a la temática policial como Andreu Martín y Juan Madrid, o a buscar a su través soluciones a otros caminos, como la mayoría de los restantes citados.
No hay que olvidar, sin embargo, que a este género le falta siempre algo, un último dato final para acceder al nivel del arte. El propio Raymond Chandler, que traspasó la frontera, lo explica en una de sus cartas: la novela policial necesita un truco artificial, una convención infranqueable, para seguir adelante.
De ahí el problema que aqueja a los mejores escritores citados, a Manuel Vázquez Montalbán, el maestro, o a Eduardo Mendoza, el narrador mejor dotado: no se creen el género que utilizan, no caen en esa trampa de la convención interior, necesitan siempre justificar mediante otros datos —la cultura, la política, el humor, por ejemplo— unas obras de las que en profundidad descreen. Hasta el reciente Pájaro en una tormenta, de Isaac Montero, se transforma en una narración realista y ética, y eso la salva; y otro de los mejor dotados, Jorge Martínez Reverte, deshace sus libros policiales —los de Gálvez— entre el humor y la política, pues si se pone serio la tragedia le abruma, como sucedió con El mensajero. Lourdes Ortiz creó un detective femenino con gracia y agilidad, pero no ha insistido después, y Rosa Montero sólo ha tocado el género tangencialmente en Te trataré como a una reina, pero es un problema de ambiente, no central de su obra.

Los mejores: Juan Madrid y Andreu Martín


De toda esta frondosa lista hay sin embargo dos escritores que sí creen en su tema. Se trata en primer lugar de Juan Madrid, del que es una pena el final desordenado de su último libro, Nada que hacer, que no supera el éxito conseguido con el anterior, Las apariencias no engañan; pero ambos están muy bien escritos. El otro es Andreu Martín, que se ha convertido en el primero de la clase: es el mejor, el más prolífico, el más profesional, el que con más intensidad cree en el género que practica, y quien mejor transmite esta convicción a sus lectores.
Su última novela, la décima que publica, El caballo y el mono, es un ejercicio alucinante de violencia y ritmo, una incursión trepidante e imaginativa en el mundo de la droga. Cree en la convención que el género policial necesita, y se aleja de toda posible adherencia o impureza, aunque se trate de las literarias. Por eso será también, dentro de su perfección, el más limitado, el que menos nos hará pensar, después de tanto temblar, después de haber leído. Éstos son los límites de este fascinante y divertido panorama, que al menos ha removido las tranquilas y adocenadas aguas de nuestras lecturas, más aptas las de este género en estas cansinas y torrefactas fechas.

 

ELOGIO DE LA NOVELA POLICIACA

LO QUE ES para el poeta el soneto: escuela de sobriedad, suprema disciplina de medidas, síntesis de arquitectura y resonancias: eso debería ser la novela policíaca para el novelista. En ella no cabe nada que sea superfluo, añadido, improvisado o gratuito. Nada en ella deja de ser causa de efectos de antemano planeados: nada en ella es impune. Está toda hecha a imagen y semejanza del oscuro y misterioso acontecimiento en cuyo torno gira: debe realizársela sobre seguro, con premeditación y alevosía. No debe salir sobrando ninguno de sus personajes: en sus capítulos no caben desocupados. Como en Alemania en la segunda post-guerra, en la novela policíaca existe también la ocupación plena. Sus descripciones se producen, no por el nefando placer de describir, sino porque el planteamiento del terrible problema y su feliz solución lo exigen. Sus diálogos no se traban por llenar espacio, ni para hacer gala de sutileza o habilidad, sino para inducir al lector a hipótesis que miran al mantenimiento del suspenso o para insinuar, con prudencia infinita, la pequeña grieta que conducirá a la salida del laberinto. Aún las palabras al parecer más inofensivas o casuales, aún las más nimias alusiones tienen trascendental consecuencia ulterior. Su arquitectura es precisa y exacta, con la exactísima precisión de la arquitectura de una sala de conciertos, cuya bóveda no puede permitirse adorno alguno, pues se dañaría la acústica, que es lo único que ella se propone. La novela policíaca no persigue sino su misterio: plantearlo con precisión y demolerlo con igual precisión. Por ello no soporta añadidura alguna, digresión alguna: su símil perfecto es esa estricta y precisa arquitectura que exige una sala de conciertos. Todas sus partes deben unirse en armonioso ensamblaje, formando un conjunto extraño, encantador y obsesionante, isócrono como la marcha de un reloj y honesto como el funcionamiento de una brújula.

La acción de la novela policíaca transcurre siempre en los linderos de la más pura acción poética. Gira en torno de un misterio inicial-mente impenetrable; de un hecho terrible, en el que una aguda y poderosa inteligencia se pone al servicio de la oscura bestia que habita en el fondo del hombre más civilizado. Todo su ambiente está transido de misterio: se palpa el misterio en el aire: es tan denso que se lo podría cortar en pedazos, con un fino cuchillo. La acción, que parte de la muerte y a ella se dirige, está siempre en su ámbito y transcurre escrupulosamente cronometrada, precisa, inexorable y sobrecogedora, como todo lo sujeto irremediablemente a la marcha del reloj. Los personajes se mueven en un ambiente de terror fluido, en el cual se presiente al asecho una inteligencia penetrante y poderosa, entregada al apasionado servicio de la muerte malvada, o sea del crimen, actuando desde la sombra, moviendo con manos implacables y sabias los hilos de la trama. entre los que se debaten los habitantes de la casa trágica, los artistas del circo siniestro, los funcionarios de la banca enlutada. Todos, al principio, son marionetas que penden de las manos del gran titiritero, del que ha armado el funesto retablo, el genial asesino que asume así una condición de grandeza tal, que lo equipara al destino. Destruir esta grandeza, devolver a las marionetas su condición de hombres, romper el laberinto: tal es la tarea a la que, más actor que espectador, está invitado quien lee una novela policíaca.

En la novela policíaca asistimos siempre al duelo a muerte entre dos inteligencias poderosas: la del criminal, que prepara el escenario y comete el gran acto nefando con las mismas precauciones, métodos y exquisitos cuidados que usa el artista para crear su obra maestra; y la del detective, que planea la destrucción de la obra del genio malvado, y a ella y se encamina, con pasos cautelosos, pugnando por mirar más allá de las apariencias que le fueron dejadas para que se equivocara, luchando por obtener una visión de conjunto, rebasando los pequeños detalles, por sobre los árboles que no dejan que se vea el bosque, marchando entre las dos mil huellas torcidas y falsificadas, a descubrir la punta no empatada de la trama de la muerte, que permita tirar del hilo suelto y deshacerla para siempre. La novela policíaca, ámbito del misterio, terrorífica, de respiración anhelante, que despierta la fiebre y la ansiedad, debe ser construida con frialdad absoluta, destinada a despertar la más extremada emoción, debe crearse sin emoción alguna: está situada en la frontera imprecisa que separa la creación matemática de la creación poética.

Nació la novela policíaca del genio lívido y matemático de Edgar Poe, quien la inventó para demostrar prácticamente su doctrina de la creación poética. El asesinato de la Rue Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada son las primeras realizaciones de la novela policíaca y su protagonista, Auguste Dupin, es el primer detective instalado inamoviblemente en la historia de la literatura universal. Al impulso del genio de Poe, el nuevo género nace a la altura de las obras inmortales, difícilmente perfectibles. Todos sus elementos característicos están ya en las tres obras citadas. Y desde ellas hasta hoy, un siglo completo recorrido, grandes maestros han convertido un hecho típicamente policiaco, una planta clásica de novela policíaca, en núcleo de obras de supremo aliento dentro de la creación novelística. Así edificó Dostoyevski dos de sus novelas máximas ,inolvidables y sobrecogedoras, Los hermanos Karamazov y Crimen y castigo; y en dos más, Demonios y La Patrona (Katia en la mayor parte de las traducciones corrientes) introdujo elementos de este género que actúan en forma decisiva para el desarrollo y desenlace de la acción. Mijail Artzibaschev, uno de los más altos continuadores de la tradición dostoyevskiana, hizo igual cosa en Los salvajes. Máximo Gorki lo hizo, a su vez, en El crimen de los Artamonov, tan influenciada, por otra parte, por Artzibaschev. En la novela rusa contemporánea, Lev Goomilevski, uno de sus buenos realizadores, ha hecho de un caso policiaco, el asesinato de un estudiante, el centro de su novela El amor en libertad. En Alemania, el grande y grave Jakob Wassermann erigió, como quien erige una catedral, su formidable Caso Maurizius en torno a un argumento típicamente policiaco, que no habrían desdeñado S. S. van Dine o Ellery Queen. André Gide, en Las cuevas del Vaticano, para ilustrar su inmoral teoría del acto gratuito -a la que se dedicaría posteriormente Blaise Cendrars- utilizó el caso policíaco con pericia admirable: Lafcadio Wluki tiene derecho a un puesto en la galería de personajes de la novela policíaca. Y Georges Bernanos, en un ambiente de misterio creciente y neblina poética, hizo de su novela Las víctimas una de las más apasionantes novelas policíacas contemporáneas. Y volviendo a la lengua de origen del género, a la inglesa, vemos a Gilbert Keith Chesterton dedicar muchas de sus mejores horas a las andanzas encantadoras, todas en el terreno policiaco, del sutil y suave Padre Brown, o a las apasionantes y líricas de Gabriel Gale, o a la búsqueda cada vez más irreal del arehianarquisla, realizada por el hombre que fue jueves, o a dotar al género de un novísimo aspecto, el del crimen sin crimen ni criminal, en El club de los negocios raros. Y recordando, retrospectivamente, a Robert Louis Stevenson, que en algunos cuentos de El club de los suicidas casi se adelanta a Poe en la creación de la novela policíaca, recordaremos también al excelente poeta Cccii Day Lewis, que a veces abandona su mundo lírico, para dar vida a obras de álgido misterio y agonía prolongada, como La bestia debe morir, punto de partida de su éxito como autor policiaco, firmando Nicholas Blake.

Regresemos al género en sí. Mucho ha caminado la novela policíaca desde los tiempos de Sir Arthur Conan Doyle o su contrapartida francesa Maurice Leblane. Se han hecho poderosos esfuerzos para restaurarla en la alta categoría en que la dio a luz el genio de Poe. A pesar de que aún guardan su encanto el apasionante misterio de El mastín de los Baskerville o la maravilla enrevesada y acrobática de La aguja hueca, es indudable que las encontramos simples, esquemáticas, sin toda la trastienda que ahora exigimos: pensamos que son aptas para mentes poco sutiles y dignas de las burlas de Mark Twain en sus falsificaciones de las andanzas de Sherlock Holmes, llevándoselo al Far West y haciéndolo hacer mil tonterías, o de la caricatura deliciosa que, de la novela policíaca de ese tiempo, hizo Paul Feval en su Fábrica de Crímenes, dirigida especialmente contra Maurice Boué, otro de los pioneros franceses del género. Ahora pedimos más y se nos da mucho más. La riqueza del género es realmente asombrosa. Ha recibido y asimilado prodigiosamente el aporte del psicoanálisis, del surrealismo, del monólogo interior, y se ha henchido de la tremenda y febril vida del Siglo XX: espionaje, guerra, contrabando, mercado negro, corrupción política, tráfico de estupefacientes, chanchullos en deportes y sindicatos, trata de blancas, juego, fugas de los países totalitarios... tahúres y criminales en los cuatro horizontes de la vida. Usando de todos estos elementos, ha entrado en los más escabrosos, en los más arduos vericuetos del vivir contemporáneo. Ya no sigue cronometradamente los pasos del detective que desenreda la mortal madeja. Ya se introduce, audaz, dentro del alma del asesino antes y después del crimen, siguiendo el procedimiento de Dostoyevski con Raskolnikov. Ya mira dentro de las acciones desesperadas de los que, a tientas, buscan la salida del sutil y asfixiante laberinto. Como ejemplos de tan audaces tentativas, citaremos El asesinato del Fuerte Medbury, de George Limnelius; El doctor Kuperus, asesino y El pensionista, de Georges Simenon; y La bestia debe morir, de Nicholas Blake. Los novelistas policíacos no han vacilado en recurrir a las matemáticas, el ajedrez y el folklore (ejemplo conjunto del uso de estos tres elementos, con sapiencia suma y arte indudable para producir una obra maestra, es El extraño caso del alfil, de S. S. van Dine; ejemplo de sabia utilización del folklore, es Los diez indiecitos, de Agatha Cristhie), la arqueología (El extraño caso del escarabajo, del mismo Van Dine, y La venganza de Nofret, de Agatha Cristhie), la guerra, la. tortuosa sicología del artista superdotado, fin de raza, que excede los límites de la creación artística y entra en el reino pavoroso de la maldad pura y primitiva. De todas partes ha tomado elementos para enriquecerse la moderna novela policíaca.

Entre los maestros de la novela policial, que forman la cadena que va desde Poe, lúgubre y milagroso, hast.a los días actuales, en la que forman los pioneros iniciales, Maurice Boué, Conan Doyle, Wilkie Collins, Maurice Leblanc, Gastón Leroux, James Fletcher, Edgar Wallace, etc., etc., y que pasa por esa cumbre clara que es Chcsterton, yo señalo mis preferencias comenzando por 5. S. van Dine, por su magníficamente cerebrales aventuras de Philo Vanee; por Georges Simenon, sin duda uno de los más grandes escritores contemporáneos de lengua francesa, cuyas novelas, en especial El doctor Kuperus, asesino, El perro amarillo, El ahorcado de la catedral, El pensionista y La nieve estaba sucia unen la ingente y sobrecogedora presencia del misterio a una elevadísima calidad literaria; por Elicry Queen, feliz caso de colaboración de dos fecundos y habilísimos escritores americanos, que de manera fresca y ágil, claramente distinta, han dado vida una serie de hazañas entre las que se destacan verdaderas obras maestras como El misterio de los naipes rotos, donde brilla una imaginación tan poderosa como exacta; por George Limnelius, cuya obra, magnífica desde el punto de vista literario, tiene realizaciones de la calidad de El asesinato del Fuerte Medbury, donde la utilización del psicoanálisis y de la descripción para los propósitos típicos de la novela policíaca alcanzan grado emérito; por John Dickson Carr, quien en bellas novelas como Veneno en broma, añaden al doble encanto de la buena calidad del relato y la fiera calidad del misterio, un salaz sentido del humor; por William Irish, sin duda uno de los mejores cuentistas ingleses contemporáneos (véase, si no,. sus libros No quisiera estar en sus zapatos y Alguien al teléfono, en los que hace gala de una habilidad casi insuperable), cuya novela policíaca La mujer fatal es una de las cumbres del género; por Dashieli Hammet, que en El halcón maltés creo un nuevo tipo de detective, más humano y menos atrayente, que no trabaja por ideal alguno sino por el lucro vulgar; por Agatha Cristhie, la gran dama del crimen, cuya infinita capacidad es casi milagrosa; por Milward Kennedy, que en su novela Un muerto en el umbral, usó del psicoanálisis, no como un deus ex machina, sino como un elemento que debe manejarse con pericia y honradez; por Anthony Gilbert, quien, en Algo horrible en la leñera, supo contar como propio, tal es su fuerza de originalidad, el horrible avatar del señor Landrú; por Rex Stout, cuyo detective inmóvil, gourmet, cultivador de orquídeas y avaro, Nero Wolf e, y su delicioso secretario Archie Goodwin llegan a hacerse, de verdad, amigos reales del lector; por Corneli Wilde, el genial autor de La Ventana, gran escritor. . . Miles de escritores hay en el género y posiblemente quedan aún cien dignos de ser citados con honor, pero aquí estamos hablando de preferencias, no de méritos: a todos ellos les debemos horas de gratísimo descanso, pues con su privilegiada inteligencia y su poderoso espíritu creador supieron edificar casi perfectos mundos de misterio y furia, y dieron a hombres agotados en la batalla cotidiana por el haber mantenencia un mundo contiguo, donde una realidad absorbedora, extremadamente distinta de la que es escenario de sus afanes y agonías, es providencial fuente de profundo reposo reparador, que permite reponer energías y reafinar facultades que el uso constante estaba embotando. Que ese es el principal y filantrópico efecto que hace al hombre moderno la modernísima novela policíaca, fruto maduro del siglo XX. El genio hispánico no resultó propenso a la creación de novelas policíacas. Los esfuerzos realizados en España (recuerdo La torre de Los siete jorobados, del poeta Emilio Carrera, y La sirena rubia, de Francisco Camba) no cuajaron y tampoco cuajaron los que en la Argentina realizó John Moreira. El género tiene miles de devotos en todo el mundo hispánico, que consumen material importado. Escritores de la calidad de Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo han explorado el género, sin cultivarlo, y han traducido y editado obras maestras extranjeras en la colección El séptimo círculo. La novela de Bioy Casares titulada La invención de More l no es policíaca: desciende, no de Poe, sino de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, novela de alquimia del genial y perverso Robert Louis Stevenson.

Ha desacreditado a la novela policíaca, alta y sutil criatura de la inteligencia, solamente comparable al juego del ajedrez por su carácter de gimnasia del talento, de ejercicio elastizador y rejuvenecedor del espíritu; y al soneto, por su calidad de escuela de precisión y disciplina de medidas, la inicua fronda de detective stories que los sindicatos periodísticos de los Estados Unidos lanzan en las páginas viles de los magazines sensacionalistas, fabricados en serie para ser leídos en las barbarias y en los subways. En sí misma, en su propio predio, la novela policíaca es, como el ajedrez y el soneto, una sutil creación del refinado espíritu del hombre moderno, que vino a reemplazar, en esta edad del mundo, a la maravilla de la novela de caballerías, consuelo dci hombre del medioevo, de la cual desciende directamente, como la novela realista contemporánea desciende de la novela picaresca, que alcanzó su cumbre en la España de los Felipes, con el humanismo y noble don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas.

 

 

ALEJANDRO CARRIÓN. Escritor ecuatoriano, nacido en 1915. Ejerció la docencia universitaria y es actualmente redactor del diario El Universo, de Guayaquil. En 1960 obtuvo el premio María Moors Cabot por su labor periodística. Publicó numerosos libros de poemas, ensayo y novelas, entre los cuales figuran: Poesía de la soledad y el deseo, Agonía del arbol y la sangre, La manzana dañada, y Los poetas quiteños del siglo XVIII. (Premio Tobar).


ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1987
MARIA ELVIRA BERMUDEZ. Qué es lo policiaco en la narrativa

 

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ENTRE NOSOTROS, los mexicanos de hoy, está muy extendida la creencia en el sentido de que una obra es policiaca porque en ella se comete un crimen y aparece la policía, o porque un detective o un oficial cuentan sencillamente algún caso en que han intervenido o porque se narra en ella la vida de algún delincuente muy conocido. En esas y parecidas coyunturas se estará ante un reportaje, una crónica o una biografía, pero no frente a una novel policiaca porque lo caracteriza al género es el misterio, la investigación y la idea de justicia.

A mi parecer, una somera remembranza de los creadores de esta área de la narrativa que ya rebasa el siglo y medio de existencia, nos dará un concepto claro de los elementos que la integran,

Así como se habla de la "difícil facilidad del genio", es posible formular conjeturas en torno al momento en que Edgar Allan Poe (1809-1848) engendró un nuevo género literario. Las condiciones estaban dadas: su preferencia por asuntos macabros y espeluznantes, por las fantasmagorías y una práctica, si no muy larga en el tiempo, sí intensa en el ejercicio y su notable afición por los criptogramas. Justamente en el año de 1835, cuando escribió Los crímenes de la calle de la Morgue, Poe se encontraba enzarzado en dicho pasatiempo. Vivía, por lo demás, una temporada de tranquilidad y bonanza relativas. Con motivo de alguna lectura, de un comentario que alguien formuló, debió pensar que en la vida real existen enigmas patentes, dolorosos, mucho más necesitados de estudio que un escueto criptograma: los crímenes. Por una vez en su vida prestó atención a la realidad que lo circundaba. Y esta realidad provocó en él una reacción positiva, gestada en los principios éticos que sin duda le fueron inculcados por Mr. Allan y, también, por sus mentores ingleses: la de que el mal, sobre todo en sus consecuencias, debe ser combatido. El mal se presentaba a sus ojos en la única forma en que él podía contemplarlo con atención: en forma de enigma. En las últimas páginas de Eureka dice: Sólo desde este punto de vista --una larga elucubración anterior-- "comprendemos los enigmas de la Injusticia Divina, del Hado Inexorable. Sólo desde este punto de vista resulta inteligible la existencia del Mal; pero aun más: desde este punto de vista resulta soportable". El mal es pues, aunque provenga de la divinidad, un enigma. Una vez esclarecido éste, y aunque sus efectos persistan, el mal puede ser comprendido. Lo que importa, pues, es su esclarecimiento. Allí, en esa idea, está el germen de la literatura policiaca.

En Los crímenes de la calle de la Morgue y en El misterio de Marie Roget el detective, Augustus Dupin, gracias a la observación de ciertos detalles en el lugar de los hechos y a la aplicación de sus excepcionales aptitudes de razonamiento, resuelve un problema y descubre a un criminal. De cuento de misterio constituye La carta robada una creación imposible de superar. La trama consiste en revelar el sitio donde está escondida una carta. La solución, una vez dada, resulta sencilla y verosímil; pero sin la intervención de Dupin aparecía como imposible, El pozo y elpéndido, inspirado seguramente en los procedimientos de la Santa Inquisición y situado en Toledo, es progenitor y arquetipo de todos los cuentos de suspenso que en el mundo han sido y siguen siendo. Y larga es la lista de relatos fantásticos y terroríficos que escribió el bostoniano; basta con recordar entre los primeros La caída de la casa de Usher y entre los segundos La barrica de amontillado.

Todos sus biógrafos e incluso la mayoría de sus lectores saben que Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) creó a Sherlock Holmes teniendo en la mente a su antiguo maestro Joe Bell, el agudo y sagaz observador de todas las minucias. Saben asimismo que Arthur había leído a Poe y a Gaboriau, y también a Verne, pero ¿qué otro factor pudo mover su ánimo hacia el cultivo del género policiaco? Imagino a este médico escocés en su pulcro y recoleto consultorio de Southsea, con grandes ratos libres entre consulta y consulta de sus enfermos. Debió pensar muchas veces que era médico simplemente porque tenía que ganarse la vida, pero que era escritor por el llamado tenaz y profundo de su espíritu. Planeaba sin duda los libros que iba a escribir muy pronto. Todos ellos girarían en torno a la historia y entres sus hojas despertarla tal vez un héroe que tuviera del Arthur que pudo ser los atributos. Pero esos libros, enmarcados en un pasado preciso y matizado con tradiciones ya hechas lo obligarían --lo obligaban ya-- ser objetivo, clara y concretamente objetivo. Su circunstancia, empero, lo cercaba. Estoy por decir que lo oprimía. Debió sospechar de pronto que, más que las enfermedades, otros asuntos podrían ser motivo de la consulta de sus conciudadanos: las extorsiones, los robos, los crímenes de que eran objeto; alteraciones en fin de la salud moral y del bienestar que ameritaban una reparación, si no de manera de volver las cosas al estado que guardaban, al menos en forma de castigo para el ofensor. Por supuesto él, sir Arthur, no iba a convertirse en un sencillo y atareado policía. Ni podía ni quería hacerlo. Pero la idea estaba ahí, tentándolo; y se posó al fin en el único campo propicio para perdurar: el literario. Y fue así como Sherlock Holmes se gestó.

Estudio en escarlata, la primera obra policiaca que Conan Doyle escribió, está dividida en dos partes: la primera es netamente policiaca; la segunda es un relato retrospectivo, situado en el oeste de Estados Unidos, que explica los antecedentes y móviles del crimen que valió de asunto a la novela. Aunque literariamente esa dualidad puede ser considerada como un defecto, sirvió para que los norteamericanos se interesaran en la obra de sir Arthur y para que éste consolidara su carrera de escritor.

El sabueso de los Baskerville es sin duda la mejor novela policiaca que escribió el escocés y la que ha fungido de molde para tantas otras que se han escrito posteriormente y que ahora podemos llamar tradicionales. John Dickson Carr, Agatha Christie, Ellery Queen, y muchos más han estructurado sus obras --aunque, naturalmente, imprimiéndoles rasgos originales-- de acuerdo con el plan de esta novela: planteamiento de un enigma; peripecias que a un tiempo complican el misterio y van proporcionando indicios para su solución y explicación final de los hechos a cargo del detective. Otros dos factores son indispensables para configurar una novela policiaca redonda: el suspenso y la prueba. Y es en el impecable desenvolvimiento de estos dos elementos donde Conan Doyle emula dignamente a Poe e incluso --si se tiene en cuenta su abundante producción-- lo supera.

Es necesario recordar también a Wilkie Collins (1824-1889), autor de La dama (le blanco y de La piedra lunar, quien fue el primero que tomó a una policía --el Inspector Cuff-- como héroe; a R. Austin Freeman (1862-1943), creador del científico doctor Thordyke, que introdujo en lo policiaco una modalidad trascendental: el enfoque de un crimen desde el punto de vista del delincuente; y a G. K. Chesterton (1874-1936), el más lógico de los primeros cultivadores del misterio cuya obra, tanto o más que a entregar homicidas a la justicia, tiende a destruir las engañosas apariencias con que ciertos hechos y caracteres suelen ser interpretados.

Al lado de los tres ingleses a quienes acabo de citar están dos franceses que también imprimieron a lo policiaco características perdurables: Emilio Gaboriau (1832-1873), quien coincidió, más bien se adelantó a Conan Doyle en la utilización de huellas y rastros para reconstruir sucedidos e identificar personas; también, como Collins. hizo de un policía --Lecoq-- el triunfador en sus novelas aunque, en justa contrapartida, inventó a Gevrol, prototipo de oficial vanidoso y torpe. La descendencia de Gevrol es más numerosa que la del patriarca Abraham y muchos integrantes actuales de este Génesis lúdrico --si así puede llamarse al acervo de lo policiaco-- suman a su ineptitud la corrupción. El otro francés al que aludo es Maurice Leblanc (1864-1941), precursor importante en dos vertientes del género: su criatura predilecta, Arsenio Lupin, es un ladrón y por ello uno de los antepasados legítimos de los antihéroes. Lupin además, luchó contra otro ente de ficción --apenas disfrazado como Herlock Sholmes-- abriendo así paso a todos aquellos que se han atrevido a echar mano del mismo Holmes, del propio Lupin, de Phillip Marlowe, e incluso de Poe, de Agatha Christie y de tantos otros héroes y escritores, como protagonistas de sus cuentos y novelas.

Agatha Christie (1890-1976), por cierto, es "la reina del género policiaco". En uno de los más recientes entre los numerosos tratados que se han escrito sobre su vida y su obra (The Aghata Christie Companion, Nueva York 1984, por Dennis Sanders y Lean Lovallo) constan estos datos: "AC es uno de los escritores más famosos y triunfadores de todos los tiempos. De sus noventa y cinco libros se han vendido más de quinientos millones de ejemplares desde 1920, cuando su primera novela El misterioso caso de Styles fue publicada; ha sido traducida a más idiomas que Shakespeare y su obra sólo es superada por la Biblia en el número de lenguas en que puede ser leída".

Debido tal vez a la diversidad de las traducciones, a distintas formas de propaganda y a otros fenómenos de divulgación, se utilizan numerosos vocablos para designar obras pertenecientes al género policiaco y que Con él tienen afinidad. Algunos son sinónimos entre sí, otros se adjudican a especies distintas como si fueran de la misma y todo ello da lugar a confusiones. Para evitarlas, es necesario tener una idea de las vertientes por las que se ha desenvuelto la novelística que nos ocupa:

1.- La novela tradicional, clásica (en sentido lato), de problema, de enigma o de misterio (con todos esos nombres es aludida) es la que se caracteriza en forma rigurosa por todos los elementos con los que la dotaron sus creadores. Además de los ya mencionados , son notables en este apartado los ingleses Michael Innes, Anthony Berkeley, Nicholas Blake y Dorothy Sayers. Los norteamericanos S.S. Van Dine, Mary Robberts Rinehart, Rex Stout, John Dickson Carr y Ellery Queen; el belga George Simenon; los argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. En este apartado entran estado-unidenses y muchos otros europeos, y algunos latinoamericanos que han integrado la mayoría de los escritores policiados en todo el mundo.

2.- La novela de acción, en principio opuesta como 'escuela norteamericana' a la inglesa de problema, que esencialmente sólo difiere de la tradicional en los rasgos: A) el escenario, más que un lugar cerrado o reducido, es una ciudad; B) el detective es violento, duro, más que razonador y C) la peripecia domina en la trama. Máximos representantes de esta modalidad son Dashiell Hammett y Raymond Chandler, norteamericanos.

3.- El thriller, que viene a ser una involución de la que antecede porque el enigma va disminuyendo en favor de la peripecia: el detective se ha vuelto más violento y mujeriego y, a la vez, increíblemente invulnerable y porque a la exageración en la violencia se suma el exceso en el erotismo y en el lenguaje. En Estados Unidos Mike Spillane ha sido el más conocido ejemplo del thriller. También pueden ser considerados dentro de esta variante Leslie Charteris, inventor de 'el Santo' y lan Flemming, que dio vida a James Bond, aunque éste también desempeña importante papel en otra especie, o sea

4.- La novela de espionaje en la que, en términos generales, como en los westerns del cine, el maniqueísmo es tónica predominante, el enigma casi ha sido arrollado por la tumultuosa acción y las características del héroe alcanzan ya las de un superman. Sin embargo, existen novelas de espionaje de buena calidad, como las de John Le Carré.

5.- Hay otra especie de novela policiaca que hasta ahora no ha sido suficientemente diversificada. Puede encontrarse entre las que en Estados Unidos califican como crime y entre nosotros como de suspenso. En ellas no se responde a la pregunta ¿quién es el asesino?, sino más bien a cómo y por qué mató. El crimen es enfocado a través del delincuente o del sospechoso, en otros casos. Uno de los motivos más frecuentes en esta especie, que puede ser llamada criminológica es el de coartada frustrada. La psicología tiene aquí papel preponderante; el suspenso es factor primordial y los desenlaces suelen ser sorpresivos. Notables autores de novelas y cuentos criminológicos son: William Irish, James M. Cain, Patricia Highsmith y los franceses Boileau y Narcejac.

6.- A últimas fechas ha circulado en México la palabra negra aplicada a la novela policiaca y con ella se alude, lo mismo a la que realmente pertenece al campo de U narrativa de que estamos tratando, que a la novela terrorífica, descendiente directa de la gótica inglesa en la que entre otros descollaron Horace Walpole (El castillo de Otranto), Anna Radcliffe (Los misterios de Udolfo) y Mathew Lewis (El monje). Fue en España, y luego en Argentina, donde no hace mucho comenzó a dársele a la novela detectivesca dicha connotación basándose, ante todo, en su contenido: a pesar de que el género policiaco tenía ya un fondo axiológico patente: "justicia para todos, lo mismo ricos que pobres", merced a un proceso de origen ideológico se empezó a ver en algunas novelas un fragante mensaje de 'crítica social' y así, novelas de acción, criminológicas, thrillers y otras fueron cobijadas bajo el mismo techo: el género negro. Éste se hizo aparecer además como una reacción saludable contra el acartonamiento de la novela tradicional; pero en última instancia lo que se combate en la novela clásica es que, según los partidarios de la negra, es un producto del capitalismo, una expresión de la burguesía. A la divulgación del término negro destinado a la narrativa detectivesca han contribuído otros factores, tales como la vinculación tan estrecha entre el cine calificado como negro por un lado, las películas de acción y los thrillers por el otro; y las series de libros que algunas editoriales han lanzado al mercado (Bruguera y Barral per ejemplo) con el rubro de 'la novela negra'. Dentro de la que propiamente merece este título, y que se cultiva principalmente en España y de cuando en cuando en algún país latinoamericano, el thriller ha predominado sobre lo policiaco y lo criminológico, entre otras cosas, a mi juicio, porque aquél implica un esfuerzo mucho menor para construir una trama con apariencia policiaca. Contra lo que pudiera haberse esperado de la "nueva" crítica social de la que hoy hacen alarde los hispanos famosos, lejos de ofrecer soluciones para un cambio en la colectividad, la aportación de la novela negra a la literatura ha quedado en la mayoría de los casos en rotunda negación de valores, cuando no es desbordamiento de violencia y sexismo.

Es natural que con el correr del tiempo y debido a cambios sociales y políticos, lo policiaco en la narrativa haya experimentado algunas modificaciones. Estas, sin embargo, no han llegado ni mucho menos al grado de anular sus elementos primigenios. Ello puede comprobarse mediante la observación de dos hechos innegables: 1o.- el surgimiento de una nueva especie en manera alguna hace desaparecer la que inmediatamente la antecede u otra de las anteriores y 2o.- en la actualidad no sólo se reeditan las obras de los clásicos sino que han ido surgiendo otros escritores que prefieren la novela-problema y/o la criminológica a la de acción, el thriller, la de espionaje y, por supuesto, a la negra.

Las últimas novelas de Hammett y de Chandier fueron editadas en 1934 (El hombre delgado) y 1958 (Play back) respectivamente, mientras que los longevos Agatha Christíe y Rex Stout, por citar sólo a dos clásicos, escribían y publicaban aún en la década de los 70 sin verse jamás tentados a sumergirse en los abismos del, thriller o de la novela negra, ni siquiera en el procedimiento de la de acción. En 1963 la editorial Giallo Mondadori tenía en su lista de novelas policíacas, entre otros autores ingleses y norteamericanos hoy olvidados, a Frank Kane, George Harmon Coxe y Ross Me Donald (años después considerados por Javier Coma como negros) junto a Fredric Brown, E.S. Gardner, Ellery Queen y Agatha Christie. En 1978 fueron dadas a conocer, nada menos que por la casa Bruguera, las noveles de Patricia Wenworth, anunciada como "la nueva Agatha Christie": la detective de esta escritora, Miss Silver, es en efecto una respetable émulo de Miss Marple, tan tradicional como ella.

Entre los novelistas que podríamos llamar recientes porque sus obras comenzaron a circular en esta década, hay otros que también rechazan la violencia del thriller y el pesimismo de la 'crítica social': las norteamericanas Doris Miles Disney y Ursula Curtis que, a la par con un costumbrismo bien captado, desarrollan un fino suspenso. Stuart Kaminsky, notable porque toma a escritores y actores famosos como protagonistas y los involucra en tramas muy bien hilvanadas en el misterio: en Jamás te cruces con un vampiro, pongo por muestra, trabajan William Faulkner y Bella Lugosi. Humorista sutil es Tobías Wells: en El perro chino encomienda a una jovencita oriental el papel de detective y ella, medio en serio, medio en broma, resuelve el problema. Me estoy limitando a dar ejemplos de libros traducidos al español y que han circulado en México.

Por lo que a Francia concierne recordaré que antes y después de novelas densamente noires de la cosecha de Jean Pierre Alem y Albert Simonin que hace unas dos décadas editó Novaro, distintas editoriales pusieron en circulación otras de típico misterio: Diana en 1955 El chalet de los lunáticos del belga J.J. Marine, montada sobre el problema de cuarto cerrado; en 1963 Bruguera La pulgaen la oreja, de Michel Cousin, insuperable relato que mediante un atrevido procedimiento de 'escamoteo' fabrica un desenlace sorprendente, increíble. Molino es la responsable de la serie Old Jeep & Marcassin, de Marcel Priollet, conmovedora muestra de amistad franco-americana: Old Jeep es un detective gringo que colabora fielmente con el comisario galo Marcassin en la persecución de los delincuentes. Actualmente Plaza y Janés ha reeditado alguras novelas del clásico Pierre Very al lado de los modernos Boileau y Narcejac. Y hay un contemporáneo, Sebastián Japrisot que muy alejado de supuestas críticas sociales parte, no sólo de la psicología, sino de la psiquiatría, para idear sus argumentos: Trampa para Cenicienta.

Si atendemos a España, encontramos inmediatamente a escritores tan ortodoxos --en lo que a técnica policiaca corresponde-- como Marío Lacruz, Francisco García Pavón y Mariano Tudela con sus novelas-problema; a Manuel de Pedrolo con la crimilógica y estupenda Juego sucio y a Santiago Lorén con No tenía corazón, en la que felizmente combina lo policiaco con la ficción científica. Estos cinco literatos prueban que más o menos al mismo tiempo que en la península ibérica estallaba el boom de la novela llamada negra con Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martin y Pérez Merinero, la novela de enigma daba ricos frutos.

Otros europeos, reconocidos internacional mente como escritores excelentes, y que alguna vez han incursionado en la literatura policiaca, --Graham Greene, Fernand Crommelynk, Frederick Dürrernmatt, Mika Waltari-- se mantienen asimismo apegados al enigma o misterio, ponen en marcha una investigación auténtica y no pierde de vista el concepto de justicia.

En México el abordaje de lo policiaco en la narrativa ha sido esporádico, exiguo y, en ciertos casos, híbrido. Sin embargo hay acercamientos a cada una de las especies que hemos atisbado. El pionero del género, Antonio Helú, prefirió el antihéroe sobre el detective clásico. En la novela-problema sigue sobresaliendo Rafael Bernal con sus primeras obras (Un muerto en la tumba y Tres novelas policiacas). Permanecen en el recuerdo las de Enrique F. Gual y 22 horas de Margos de Villanueva. Ha sido reeditada Corrientes secretas de Rosa Margot Ochoa y también de neto enigma son las de José Zamora publicadas en 1980 y la del chileno radicado hace algunos años en México Polí Délano: Muerte de una ninfómana. Muy recientes son Accidente premeditado de José Huerta y Crimen de color oscuro de Ana María Maqueo, muy estimables ambas dentro de la tradición detectivesca aunque a mi juicio está mejor lograda la de Huerta.

En la especie criminológica queda como muestra difícil de superar Ensayo de un crimen de Rodolfo Usigli. Dentro de ese apartado entran numerosos cuentos de la cosecha de escritores mexicanos muy conocidos y estimados en otras áreas de la narrativa. Por lo que a mí misma concierne, me permito hacer notar que en una novela larga, tres cortas y algunos cuentos he procurado apegarme a las directrices de la novela-problema; en otros relatos --largo uno de ellos, he intentado el procedimiento criminológico y luego en dos más he echado mano de elementos fantásticos.

Entre las novelas de acción y los escuetos thrillers hechos en México no hay una línea divisoria bien marcada. Hubo algunos bastante 'eróticos' (los de Juan Miguel de Mora); ciertamente escandalosos (los de José Pérez Chowell) y alguno constructivo y de mejor factura: Cárdenas Barrios. En El complot mongol de Rafael Bernal, La cabeza de la hidra de Carlos Fuentes, Entre la pena y la nada de Raúl Hernández Viveros y La fiera de piel pintada de Edmundo Domínguez Aragonés hay ingredientes de novela de espionaje; pero cada una de ellas tiene rasgos y construcción peculiares que les prestan un carácter propio y una calidad distintos entre sí.

Como negras, de "actual realismo" o simplemente sociales deben quizá ser consideradas todas las de Paco Ignacio Taibo II, las dos de Rafael Ramírez Heredia y Luna caliente del argentino avecindado hace tiempo entre nosotros Mempo Giardineli. Las de hispano-mexicano PIT-II son las que mayores ventas han conseguido en toda nuestra historia del género.

Francamente para policiacas, esto es, afines a esta área pero sin llegar a penetrar en alguna de las vertientes que, fuera del nuestro, en otros países se especifican claramente, pueden a mi modo de ver ser estimadas Dos crímenes y Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, Pretexta de Federico Campbell y Asesinato de Vicente Leñero. En el mismo caso estuvieron décadas atrás dos obras magníficas de Alberto Ramírez de Aguilar: Camino a la nada y Noche de Sábado. Paródicas, en un sentido literal, y desenvueltas con pleno humorismo son Las aventuras de Peter Pérez de Pepe Martinez de la Vega. Asimismo una parodia del género, aunque bastante criptica, viene a ser Segunda persona de Eugenio Aguirre.

Encuentro cierto hibridismo en tres novelas más: Crimen sin faltas de ortografía de Malú Huacuja porque si bien presenta a una pareja de detectives, plantea un problema y ofrece una solución final, de pronto se interna en los linderos de la novela criminológica al convertir a la narradora en. personaje principal y, ante todo, porque hace caso omiso de toda noción de justicia. En El callejón del muerto Luis Méndez Asencio introduce inopinadamente una leyenda y sus probables repercusiones en la trama de pesquisa y en Carta del más allá Torcuato Luca de Tena mezcla lo fantástico con lo detectivesco sin integrar el uno en el otro.

Me he estado refiriendo en este ensayo a la narrativa, o sea a la novela y al cuento propiamente dichos que ameritan ser apreciados como policíacos y a los que sin fundamento teórico alguno son distinguidos con ese título. Es necesario ahora hacer notar que en lo que a cine y a la televisión concierne hay producciones que de hecho ponen entre paréntesis algún ingrediente del género y acentúan otro u otros sin que por ello puedan dejar de ser llamadas policiacas, precisamente porque son policías o detectives sus principales protagonistas y porque en ellas se cometen crímenes. "El precio del deber" por ejemplo, se limita a ir dando a conocer las denuncias que van llegando a una demarcación de policía y la secuela de las respectivas pesquisas. Otra buena muestra de este procedimiento es "Bellamy".

En esas series el criminal es casi de entrada identificado ante el público y sólo a las veces, y únicamente para el policía, hay el problema de encontrarlo. En alguna otra empero, como en ocasiones en la de "Cagney y Lacey", el espectador no ha visto de antemano al autor de la fechoría y lo va descubriendo al mismo tiempo que esas valientes y listas mujeres.

La ausencia de enigma en esos casos queda ampliamente como pensada por una infalible aplicación de la justicia: el delincuente siempre es aprehendido o eliminado, como sucedió en "Los Intocables" o en "El que la hace la paga". Por otra parte, el enigma sigue siendo explotado con buen éxito en el cine y en la televisión, no sólo en películas y series que tienen como actores a Sherlock Holmes, Maigret, Poirot o Miss Marple, sino en otras de reciente cuño como la muy ortodoxa "Reportera del crimen" de Angela Lansbury; e incluso --siquiera sea esporádica o parcialmente-- en otras: "Matt Houston", "El espía y la dama" y "Magnum", aunque generalmente en éstas predominen las aventuras.

Se me preguntará por qué lo que es válido para el cine y para la televisión no lo es para la narrativa y respondo que a mi modo de ver sencillamente debido a que el espectáculo tiene una técnica y unos valores distintos a los literarios --y esto podrán explicarlo bien los especialistas en la materia-- y que si en algunas coyunturas --muy raras por cierto-- una novela puede ser transformada en película o en serie televisiva e igualarla o superarla, el trabajo inverso no es usual, tal vez ni siquiera factible. Un script, un libreto de una obra para televisión o para cine podrán si se quiere resultar tan atractivos como el "teatro para leer"; pero difícilmente serán calificados como creaciones literarias en sí.

De manera obvia en el espectáculo predominan los paisajes, los interiores, la acción, la presencia de actrices y actores, todo en fin lo que entra por los ojos. El espectáculo está destinado a todo tipo de público e interpela más a la emoción que al raciocinio. Incluso en los comics o monitos, esos productos mixtos de imagen y letra, los autores recurren al dibujo erótico y al truculento para atraer compradores. La literatura, en cambio, y como su nombre mismo lo indica, es letra, lenguaje, forma, a grado tal que su contenido mismo es inseparable de esa forma. En la novela y el cuento, en consecuencia, las directrices son particulares y lógicamente más complejas y severas en lo que a la forma corresponde que aquellas que se apliquen a la redacción de un script o de un comic.

Considero pertinente volver sobre esa suerte de clasificación que ha sugerido respecto a las vertientes por las que la narrativa policiaca se ha diversificado, porque a mi juicio no basta con dar una lista de autores para probar un aserto: es menester analizar, siquiera sea en forma somera, algunas de sus obras y poner así de relieve las similitudes y las diferencias que aquellas entre sí guarden para que sirvan de hitos en la guía que ha sido propuesta.

1.- La novela-problema es ampliamente conocida y aquí mismo hemos recordado algunas de las clásicas; pero una novela escrita en 1942 y no hace mucho reeditada: La muerte y el lacayo bailarín --Death and the dancing footman-- (Ediciones Forum, Barcelona, 1983) constituye una buena muestra de esta especie, hoy calificada como 'tradicional'. Su autora, Ngaio Marsh, nació en Nueva Zelanda en 1899 ó 1901 y posiblemente vive aún. Fue actriz y también autora teatral. 'Ngaio', en el dialecto maorí es el hombre de un arbusto. La novela está situada en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial, en una casa de campo dotada con todas las comodidades y lujos y gran número de criados... la alta burguesía en pleno, pues. Ngaio utiliza la fórmula "víctima de atentados frustrados = asesino". Hay un suicidio: el de la madre del culpable. Aquí el hijo predilecto, al contrario de lo usual, mata al postergado. El móvil es acceder a la herencia. Sobresalen dos sospechosos; uno a la vista de todos, incluidos los personajes de la novela: extranjero -judío-austriaco- y médico; el otro, sugerido por la autora, el anfitrión, un tanto anormal, perverso: ha invitado a su casa a varios conocidos suyos que tienen entre sí graves resentimientos, "a ver qué pasa". Ngaio juega limpio, también despierta suspicacias alrededor del verdadero criminal. La detection está basada tanto en la intuición como en observaciones materiales que ayudarán a fincar la prueba. El lacayo bailarín es realmente un criado que se puso a bailar al oír por radio una pieza y que por haberse distraído así de sus quehaceres tuvo oportunidad de convertirse en un testigo importante.

2.- Comentaré a continuación sendas novelas de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler, las que tienen más fama, para poner énfasis en el respeto que ambos mostraron hacia la construcción y el mensaje de la novela policiaca genuina.

Deshile Hammett escribe de manera estupenda: tiene gran sentido de humor, un humor a las veces muy negro, pero siempre fino e incisivo. Nunca pone en el papel una palabra soez, aunque a menudo sus personajes las usan: él se limita a hacer constar que las dicen, y siempre de modo distinto, a menudo jocoso. Describe magistralmente a sus personajes: cómo son físicamente, cómo visten, qué hacen; y cómo están los lugares, por dentro y por fuera, aunque no se ocupa mucho de las calles. Y aunque se detiene minuciosamente en los ademanes, en los desplazamientos, el modo de andar y de sentarse de sus entes de ficción, evita contar lo que ellos piensan. El lector puede colegir, al ver los que están haciendo (fumar, echarse) al contemplarlos por fuera, que están reflexionando; pero nunca conoce sus reflexiones. Hammett fue quizá el primero entre los narradores policiacos que utilizó esta técnica un poco tramposa de omitir los pensamientos de los investigadores porque ellos tampoco tienen, como otros, con quién comentarlos; pero no cabe duda de que Spade, (y Ned Beaumont y el Agente de la Continental) reflexiona, igual que los detectives clásicos. ¿Cómo, si no fuera así, sacarían las conclusiones que de un modo u otro después dan a conocer?

En El halcón maltés aparece Sam Spade, con su cara llena de ves, el "Satanás rubio". Tiene una secretaria, Effie, que le es muy adicta y a quien él aprecia mucho. Al parecer, las relaciones entre ellos no son amorosas. Llega la clienta --Brigid-- presentándose con nombre supuesto y les encarga (a Sam y a su socio Miles Archer) que vigilen a un tal Floyd Thursby. Pronto matan a éste y luego a Archer. Se asume que Archer quitó la vida a Thursby pero ¿a Archer quien lo mató? Ahí está plenamente configurado el enigma de la novela. Culpan a Sam: en primer lugar Iva, la viuda de Archer, con la que Sam tenía trato sexual y, en segundo, menos abiertamente, los policías: Tom, que simpatiza con el investigador privado y el Teniente Duriby, que no lo aprecia. Surgen después Joel Cairo, un balcánico, con el que de inmediato el violento Spade tiene una escaramuza y un espía, de apariencia física insignificante pero malo como él sólo, de nombre Wilmer, que es subordinado de Gutman, un gordo ricacho que es muy importante en la trama. Todos andan en pos del halcón maltés, una estatuilla de oro y piedras preciosas que Carlos V regaló a los Caballeros de Malta. La traía Jacobi, capitán del barco "La Paloma", al que asesina Wilmer; pero ya moribundo, Jacobi consigue llevar al halcón a Sam. Casi al final se organiza una reunión entre todos (Gutman, Wilmer, Cairo, Brigid y Sam) llena de incidentes. Effie lleva el halcón que resulta ser de plomo. Llega la policía, puesta sobre aviso por Spade y aprehende a los malhechores. Oh sorpresa: la que mató a Archer fue Brigid, que a todo esto era ya amante de Sam y a pesar de ello él la entrega. Esto es lo más valioso de la novela: el cumplimiento cabal de la función del detective y el triunfo de la Justicia.

En El largo adiós de Raymond Chandler la exposición de los hechos es lenta, minuciosa y muy agradable. Lo mismo puede afirmarse respecto a las descripciones de lugares, tanto exteriores como interiores. Phillip Marlowe es el narrador y alguna vez, como lo hacemos algunos, habla de sí mismo en tercera persona; pero no hay cambios de enfoques o de voces narrativas ni modos atemporales. El relato es lineal, directo, siempre hacia adelante y el conocimiento de hechos pasados se tiene, como lo consigue PM, por medio de la información de terceros.

En esta novela, de modo casual, en un estacionamiento para automóviles, Marlowe conoce a Terry Lennox, quien se encuentra en alto grado de ebriedad y a quien su mujer --notoriamente una millonaria-- deja ahí abandonado. Phillip lo recoge y lo lleva a su casa. De manera tan súbita como inexplicable se establece entre el rico y el detective una amistad profunda y auténtica que no es un rasgo simplemente en la obra, sino uno de sus principales motivos, por no decir el único. PM dirá más adelante que Terry "era una de esas personas a quienes nadie podía dejar de querer", y esta afirmación es a mi juicio un tanto gratuita y exagerada de parte de Chandier. En fin, Marlowe ayuda a Terry y éste se lo agradece. Parte cuando se siente bien y días más tarde acude a su nuevo amigo para que lo conduzca a Tijuana. Phillip accede, pero no quiere conocer las razones que puede tener Lennox para huir para no convertirse en caso dado en "cómplice después del hecho" y lo lleva. Lo detienen cuando regresa y Chandler presenta a los miembros de la policía como absolutamente odiosos. Resulta que la esposa de Terry ha sido asesinada brutalmente. PM resiste torturas, prisión, todo, por lealtad al amigo Terry, porque no cree que sea culpable . Y asi queda establecido el primer enigma de la novela: ¿quién mató a Silvia, la mujer de Lennox?

Pocos días después se asegura oficialmente que Terry se ha suicidado en un pueblo de México. Marlowe tampoco cree que su amigo se haya dado muerte voluntaria y surge entonces el segundo misterio, reforzado con el hecho de que el suegro de Lennox, multimillonario y poderoso, insiste en echar tierra al asunto. Van pasando los días, Marlowe atiende sus negocios 'ratoneros' y de pronto recibe una carta de Terry --con un billete de cinco mil dólares dentro --de la que se infiere que tiene miedo de que lo aprehendan o quizá de que lo asesinen. Así las cosas, un editor intenta contratar a Marlowe para que vigile a un literato --Roger Wade-- y descubra por qué bebe tanto y ha dejado de escribir. PM se niega en principio; pero conoce a Eileen, la esposa de Wade, "un sueño de mujer", y se relaciona con el matrimonio, aunque sin aceptar el encargo. Ello no obstante, cuando días más tarde desaparece Roger, PM acude al llamado de Eileen, busca a Wade y pronto lo encuentra.

A todo esto, PM se ha relacionado con Linda Loring casualmente, en un bar. Es hermana de Silvia, la asesinada esposa de Terry, y su marido es un médico celoso y arbitrario. Al saberse que, entre muchos, Wade es --fue-- un probable amante de Silvia, se convierte en sospechoso número uno. Aparece Candy, criado de los Wade --primero-- como mexicano y luego como chileno --sujeto insolente y rastrero a un tiempo, posible chantajista, entrometido e Intrigante. Este personaje, que pudo representar en la novela a un oprimido por ser miembro de la clase baja, es aun más negativo que los ricos. Esto desdice a mi modo de ver de la "crítica al capitalismo" que se atribuye a Chandler y pone además de relieve el racismo del norteamericano expresado en el patente desprecio hacia los mexicanos (los "indios") y los latinoamericanos en general, desprecio que manifiesta Marlowe en persona, no los personajes capitalistas. Lennox, por cierto, es una buena muestra de los marginados que, por una u otra causa, ascienden hasta las capas más elevadas de esa sociedad a la que odiaban y se instalan cómodamente en ella sin acordarse jamás de sus antiguos compañeros de infortunio ni solidarizarse en lo mínimo con ellos, lo que prueba que la lucha entre los hombres, para obtener dinero y poder es más de individuos que de clases. A Raymond Chandler parecen interesarle las mujeres y los hombres como seres humanos sin más.

Continúa la novela: estando PM solo en casa de los Wade aparece asesinado Roger ahí dentro. Llega Eileen --se olvidó las llaves--, Candy tiene el día libre. Se sospecha pues de Marlowe; pero Offis, un policía inteligente y amigo suyo, lo deja ir, a pesar de que Eileen y Candy lo incriminan. Roger, por supuesto, no se suicidó. Más o menos pronto se sabe que lo mató Eileen, quien también asesinó a Silvia. PM le echa en cara los dos homicidios delante del editor e inmediatamente ella se mata y deja una carta que la policía no quiere dar a conocer para no revivir el escándalo; pero Marlowe se empeña en rehabilitar la memoria de su amigo, a escondidas saca una copia de la confesión y la entrega a un periódico. En forma intempestiva unos gangsters de Las Vegas, incondicionales de Terry porque éste les salvó la vida en la guerra, van a golpear a PM, pero oportunamente llega Offis y lo salva. Ahí podía terminar la novela, pero no.

Marlowe sigue investigando lo que sucedió en México y un buen día se le presenta Terry, disfrazado, Phillip, lo reconoce, le echa un rollo incriminatorio, le devuelve su billete y ahí se rompe la amistad, tan inexplicablemente como empezó. Terry se va y no hay más gimlets (cocteles). Se diría que en realidad Marlowe no apreciaba a Lennox, ¿por qué entonces soportó tanto? Sólo cabe una respuesta: por amor a la verdad y a la justicia. ¿No es pues el más Quijote de los detectives al modo tradicional de la novela policiaca?

3.- Uno de buena calidad, entre los cultivadores modernos del thriller (especie confundida ya por los hispanos con la novela negra) es Ed Mc Bain. Su verdadero nombre es Salvatore Lombrino y nació en 1926. También escribió con otro pseudónimo: Evan Hunter. Su novela titulada Todo por la pasta (Forum, Barcelona, 1983) fue escrita --o publicada por primera vez-- en 1974. Aquí el detective Steve Carella (quien ha sido llevado al cine, incluso en Japón), con su compañero Cotton Howes y ahora con el agregado Ollie Weeks, un gordo antipático que, aparte, odia a los negros, se ven envueltos en una complicada investigación de uno, dos incendios intencionales, dos asesinatos, actos de lenocinio y tráfico de drogas. Un thriller típico en el que intervienen expresidiarios, hampones y prostitutas a granel, El hampa en todo su apogeo. Por su gran cantidad de personajes y sucedidos, esta novela resulta de lectura complicada. El autor, en uno de sus capítulos, da una verdadera clase de balística, lo que prueba que lo mismo en los 70 que en los 30 o en el siglo XIX el género policiaco está vinculado a conocimientos científicos sin los cuales un autor difícilmente podrá llevar adelante su cometido en casos determinados. No todo, en consecuencia, ha quedado en crítica social ni en política. De dicha crítica hay bastante en esta obra, y en forma explícita, aunque sabiamente sarcástica.

Fantasmas, otra novela de la cosecha de Mc Bain, es también como la anterior de procedimiento típico de 'Investigación criminal'. La acción se va desarrollando a medida que surgen datos sobre lo sucedido. Asimismo, el héroe es Carella y aquí se dan pormenores sobre su vida privada: está casado con Teddy, sordomuda muy cariñosa y buena: tienen dos hijos, gemelos, niño y niña y una sirvienta --Fanny-- muy adicta a la familia.

En vísperas de Navidad que entonces --un año de la década de los 40 coincide con la Chanoiíkah, fiesta de los judíos, se encuentra el cadáver apuñaleado de una mujer, frente al edificio de apartamentos muy 'exclusivo' donde ella habitaba. Luego, en otro de los apartamentos es hallado otro muerto por arma blanca; se trata de un escritor famoso que vivía con una joven llamada Hillary que dice ser medium y asegura que fueron fantasmas los que asesinaron a su amante. Se averigua que un tal Corbett visitó al occiso y lo aprehenden; pero no es reconocido en rueda de presos y además prueba su coartada. Hay una escena de terror en una casa abandonada en la que se aparecen fantasmas: Steve y Hillary se llevan un susto grande y Mc Bain descaradamente da por verificadas esas apariciones; no ofrece ni la mínima explicación del hecho, del que por otra parte surge un vago indicio. Al final sucede que en verdad fueron los fantasmas los asesinos: uno, al menos, un ghost writer a quien el escritor estafó. En la novela interviene el azar cuando otro, y no Carella, es quien aprehende al asesino. Este confiesa inmediatamente su culpa.

4.- El verdadero nombre de John Le Carré es David Cornweil. Su obra La gente de Smiley es una genuina novela de espionaje, larga y complicada. Los numerosos personajes tienen en su mayoría dos apelativos: el propio, de origen estonio, o ruso; y el que adoptan, británico. Algunos tienen títulos o apodos, lo cual dificulta más su identificación. El trazo de los entes de ficción tanto físico --hábitos, gestos-- como psicológico --lenguaje, pensamiento-- es muy adecuado. Los principales son Vladimir, el asesinado; Ostrokova, una anciana valiente y simpática y, por supuesto, Smiley, en general, agente secreto de los ingleses antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Le Carré habla de los problemas personales de Smiley: sufre por las veleidades de Ann, su esposa, a la que no cesa de amar. Queda muy impresionado el general por el horrible asesinato de Vladimir y con la anuencia del Circus (alto mando del espionaje británico) se dedica a investigar, aunque ya está retirado. Entrevista a mucha gente, su gente, porque en otro tiempo trabajaron con él, y va sacando en claro varias cuestiones. Por Mostyn, un novato, sabe que Vladimir estaba a punto de entregar a los ingleses unas pruebas muy importantes. Encuentra una de ellas, en el lugar del crimen, después de llevar a cabo deducciones verdaderamente holmeseanas: es una foto donde está un soviético llamado Karla con otro y unas mujeres. Karla es el principal enemigo de Smiley y éste acaba por vencerlo al lograr que aquel atraviese el muro de Berlín, del lado ruso al británico.

Las descripciones, tanto de ciudades como de casas y oficinas, son pormenorizadas y atractivas y contribuyen a disminuir la tensión que tanto sucedido complicado y diverso provoca.

En la novela de este mismo autor titulada Llamada para el muerto el espionaje es un motivo, pero no el principal. Domina otro, típico en muchísimas novelas policiacas, cualesquiera que sean las especies a que pertenezcan: la averiguación en torno a un asesinato que aparece como suicidio. Se supone que el difunto --un inglés empleado en un Departamento del Gobierno-- ya en la segunda postguerra se ha vuelto espía de los alemanes orientales o de los rusos. Smiley pronto supone, y confirma, por varios detalles, que no hubo tal suicidio. El lector sospecha de la viuda y del jefe pero no tanto de uno que surge luego como villano: un alemán que era espía para los ingleses y a quien Smiley entrenó y dirigió. Hay otro asesinato: el de un pobre diablo que proporcionó buenos datos en la averiguación; y dos veces atentan contra la vida de Smiley. Al final se aclara que la viuda sí era culpable, aunque el alemán y un amigo suyo que huye no eran del todo inocentes.

Le Carré juega limpísimo con el lector, dice todo lo que su héroe va discurriendo y la pesquisa que monta es impecable. Emplea la modalidad de los auxiliares del héroe. Su modo de pensar tal vez no sea muy del agrado de 'las izquierdas', pero suena muy sensato. He aquí dos breves muestras: "el fabuloso absurdo de renunciar al individuo a favor de la masa"; "uno de esos edificadores del mundo que no hacen más que destruir". Hay en la novela una 'relación' final y una charla absolutamente tradicionales.

5.- El plazo para que dos jóvenes pueblerinos que se sienten atrapados en Nueva York consigan regresar a su tierra (Glen Falls, en loa) expira al amanecer. Se han conocido en un salón de baile donde ella --Bricky-- trabaja y él --Quinn-- entra a pasar el tiempo. Un tiempo que como espada de Damocles pende sobre su cabeza porque, al allanar una casa con intenciones de robar, el muchacho ha topado con un cádaver y, aunque no cometió el hurto, teme fundadamente que en cualquier momento llegue el crimen a conocimiento de la policía y le sea achacado. Pronto se establece entre los jóvenes una solidaridad auténtica y resuelven localizar al asesino a partir de los indicios que puedan encontrar en el lugar del hecho. Regresa Quinn, acompañado ahora de Bricky, a la casa del muerto. De una observación auténticamente holmeseana tanto del cadáver como de los objetos que lo rodean, sacan la conclusión de que ahí estuvieron una mujer y un hombre. Bricky se lanza en pos de la mujer y Quinn del hombre, sin otro bagaje que algún pormenor del indumento que pueden portar y del lugar en que posiblemente estén.

Las aventuras de cada uno son enfocadas por etapas, alternativamente. Carátulas de reloj impresas en el libro van marcando la hora en cada capítulo y, aparte de que esta llamada de atención sobre el fluir de las horas contribuye a incrementar el suspenso, constituye una buena muestra de tiempos paralelos, o sea de una correspondencia casi exacta entre el tiempo dentro de la obra y tiempo de realización de la obra. Otra modalidad excelente de El plazo expira al amanecer (Forum, Barcelona, 1983) de William Irish (Cornell Woolrich en la vida real) es la personificación, en un sentido retórico, de la gran ciudad. Después de varios intentos fallidos en los que ciertas coincidencias prueban hasta qué punto los seres humanos pueden verse envueltos en situaciones de parejo peligro y desesperación similar, el plazo se cumple para Quinn y Bricky en feliz desenlace, en el que el misterio se aclara y la justicia se cumple.

Crimen en microsurco (A coeur perdu, Plaza y Janés, Barcelona, 1981) de Pierre Boileau y Thomas Narcejac fue escrita alrededor de 1960. Esta novela, como la anterior, es típicamente criminológica, aunque los autores no cuentan paso a paso los acontecimientos, lo que les facilita levantar un final sorpresivo. Pero esa omisión, dado que no se comete solamente en el momento preciso en que se perpetra el segundo de los homicidios, puede estar justificada como parte de la estructura general de la novela que viene a ser en principio la de presentar siempre juntos a los principales personajes: Eve, la cantante, y su amante Leprat. Sin embargo, hacia el final de la novela hay dos escenas en las que uno de dichos personajes se queda solo y los autores evitan, en su papel omnisciente, decir algo, extraído de la mente de su ente de ficción, respecto al crimen. Apenas manifiestan que no quiere pensar, que no tiene remordimientos y cosas así, para evadirse y no contar lo que acaba de pasar. La novela es muy buena por la captación del amor carnal, el complejo del hombre enamorado de una mujer que lo supera en todo y las pasiones que conducen al crimen.

6.- En medio del auge español de novelas y cuentos que a las veces de policíacos sólo tienen la presencia de una policía corrupta a prior¡ o la comisión de absurdos y brutales crímenes, brilla una novela que, como lo ha hecho El nombre de la rosa de Umberto Eco, demuestra que este género puede ser buena y verdadera literatura: Caronte aguarda (Novela Cátedra, Madrid, 1981) del filósofo donostiarra Fernando Savater, Ofrece una 'panorámica' profunda y sin duda fiel de la España post-franquista: el subyacente pero feroz anticomunismo representado en los criminales de la novela; la entusiasta pero desapercibida postura revolucionaria de la víctima y el convenenciero nadar-entre-dos-aguas del más nefasto de todos los entes de esa ficción. No es ésta, por lo demás, una novela policiaca al estilo tradicional donde se imponga la justicia por caminos legales, no. Es el ejercicio oscuro, despiadado y plenamente compartible del más natural ojo-por-ojo. El vengador se dice al principio a sí mismo y dice a los demás que únicamente quiere saber y el mismo así lo cree, sin duda; pero en presencia de los asesinos la racionalización de conducta se esfuma y el atavismo se impone. Savater crea unos criminales magistralmente aborrecibles: el uno grosero, machista, procaz en el habla y en el gesto; introvertido el otro, frío, fanático del Marqués de Sade. Muestra cómo son; no se contenta con decirlo.

Pido perdón por caer en mi inveterado afán taxonómico: Caronte aguarda puede ser clasificada como una novela criminológica de pesquisa. A su clarividencia en materia de psicología individual y colectiva, suma el rigor de una investigación que de manera lógica avanza hacia el descubrimiento de los culpables; aun el recurso del hallazgo de un cuaderno escrito por la víctima que proporciona la clave del misterio, no por haber sido ya usado en literatura resulta menos eficaz.

El estilo es terso, inimitable. Un suave sentido del humor precede a las veces el clímax dramático. Las referencias culturales surgen en una forma que da la impresión de espontaneidad, sin el mínimo dejo de pedantería. Las comparaciones --verdaderos símiles-- además de apoyarse en ocasiones en el consabido adverbio como, están admirablemente construídas sobre proposiciones y verbos.

Suponiendo sin conceder que Caronte aguarda fuese una novela negra, tanto por su alta calidad literaria como por su vinculación a los elementos básicos del género, sería la más idónea para otorgar beligerancia a esta nueva especie.