POE(1809-1849)

Poe, Edgar Allan (1809-1849),
escritor, poeta y crítico estadounidense, más conocido
como el primer maestro del relato corto, en especial de terror
y misterio.
Nació en Boston el 19 de enero de 1809. Sus padres, actores
de teatro itinerantes, murieron siendo él niño,
y fue criado por John Allan, un hombre de negocios rico de Richmond
(Virginia), que probablemente fue su padrino. A los seis años
viajó con la familia Allan a Inglaterra donde ingresó
en un internado privado. Después de regresar a Estados
Unidos en 1820 siguió estudiando en centros privados y
asistió a la universidad de Virginia durante un año,
pero en 1827 su padre adoptivo, disgustado por la afición
del joven a la bebida y al juego, se negó a pagar sus deudas
y le obligó a trabajar como empleado.
Contrariando la voluntad de Allan, Poe abandonó su nuevo
trabajo, que detestaba, y viajó a Boston donde publicó
anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas
(1827). Poco después se alistó en el ejército,
en el que permaneció dos años. En 1829 apareció
su segundo libro de poemas, Al Aaraf, y se reconcilió con
Allan, que le consiguió un cargo en la Academia militar,
pero a los pocos meses fue despedido por negligencia en el deber;
su padre adoptivo le repudió para siempre.
Al año siguiente de publicar su tercer libro, Poemas (1831),
se trasladó a Baltimore, donde vivió con su tía
y una sobrina de 11 años, Virginia Clemm. En 1832, su cuento
'Manuscrito encontrado en una botella' ganó un concurso
patrocinado por el Baltimore Saturday Visitor. De 1835 a 1837
fue redactor de Southern Baltimore Messenger. En 1836 se casó
con su joven sobrina y durante la década siguiente, gran
parte de la cual fue desgraciada a causa de la larga enfermedad
de Virginia, Poe trabajó como redactor para varias revistas
en Filadelfia y Nueva York. En 1847 falleció su mujer y
él mismo cayó enfermo; su desastrosa adicción
al alcohol y su supuesto consumo de drogas, atestiguado por sus
contemporáneos, pudo contribuir a su temprana muerte en
Baltimore, el 7 de octubre de 1849.
Poesía y ensayos
Entre la producción poética de Poe destacan una
docena de poemas por su impecable construcción literaria
y por sus ritmos y temas obsesivos. En 'El cuervo' (1845),
por ejemplo, el autor se siente abrumado por la melancolía
y los augurios de la muerte. Su dominio extraordinario del ritmo
y el sonido es particularmente evidente en 'Las campanas' (1849),
un poema que evoca el repique de los instrumentos metálicos,
y 'El durmiente' (1831), que produce un estado de somnolencia.
'Lenore' (1831) y 'Annabel Lee' (1849) son elegías a la
muerte de una hermosa joven. Su obra poética refleja la
influencia de poetas ingleses como Milton, Keats, Shelley y Coleridge,
y su interés romántico por lo oculto y lo diabólico,
al estilo del español Gustavo Adolfo Bécquer.
Su trabajo como redactor consistió en buena parte en reseñar
libros, escribiendo un significativo número de críticas.
Sus ensayos se hicieron famosos por su sarcasmo, ingenio y exposición
de pretensiones literarias; son valoraciones que han resistido
el paso del tiempo situándole entre los mejores críticos
literarios estadounidenses. Sus teorías sobre la naturaleza
de la ficción y, en particular, sus ensayos sobre el
cuento, han tenido una influencia duradera en escritores americanos
y europeos.
Cuentos
Poe quiso ser poeta, pero la
necesidad económica le obligó a abordar el relativamente
beneficioso género de la prosa. Cierto o no que inventase
el cuento, fue quien inició la novela policiaca. Quizá
su relato más famoso en este género sea 'El escarabajo
de oro' (1843), que trata de la búsqueda de un tesoro
enterrado. 'Los crímenes de la calle Morgue' (1841),
'El misterio de Marie Rogêt' (1842-1843) y 'La
carta robada' (1844) están considerados como los
predecesores de la moderna novela de misterio o policiaca.
Además de su soberbia construcción argumental, la
mayoría de sus cuentos sobresalen por la morbidez de su
inventiva. Destacan 'La caída de la casa Usher'
(1839), en el que tanto el argumento como los personajes acentúan
la penetrante melancolía de su atmósfera; 'El
pozo y el péndulo' (1842) es un escalofriante relato
de crueldad y tortura; en 'El corazón delator' (1843)
un maníaco asesino es impelido por su inconsciente a confesar
su culpa, y 'El barril del amontillado' (1846), es un relato
estremecedor de venganza.
OBRA:
| El cuervo | El hundimiento de la casa de Usher | El escarabajo de oro | ||
| La carta robada | Una historia de las montañas Ragged | El entierro prematuro | ||
| Ligeia | Los hechos en el caso del señor Valdemar | Breve charla con una momia | ||
| La cita | La posesion de Arnheim o El paisaje del jardin | La quinta de landor | ||
| Berenice | Eleonora | Morella | ||
| La esfinge | El cajón oblongo | El jugador de ajedrez de Maelzel | ||
| El pozo y el pendulo | El gato negro | El misterio de María Roget | ||
| Manuscrito hallado en una botella | El demonio de la perversidad | El barril de amontillado | ||
| La mascara de la Muerte roja | El diablo en el campanario | El corazón revelador | ||
| Los crímenes de la Rue Morgue | El Rey Peste | El coloquio de Monos y Una | ||
| Mellonta Tauta | La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall | Metzengerstein | ||
| El aliento perdido o La perdida del aliento | El dominio de Arnheim | El Cottage de Landor | ||
| El angel de lo extraño | Como un león | Cómo escribir un articulo de Blackwood | ||
| Una situacion comprometida | El hombre de negocios | El hombre consumido | ||
| Annabell Lee | El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma | Mixtificación | ||
| Arquitectura de un articulo | Von Kempelen y su descubrimiento | Los mil y dos cuentos de Sherezade | ||
| Vida literaria de Thingum Bob | Los ojos o el amor a primera vista | La estafa considerada como una de las ciencias exactas | ||
| La semana de los tres domingos | Por qué el francés lleva el brazo al cuello | Una historia de Jerusalén | ||
| El duque del Omelette | No apostar la cabeza por el diablo | Revelación Mesmérica |
http://hamunterterror.iespana.es/hamunterterror/poe.htm
La extraordinaria angustia creativa
Como todo buen romántico,
Edgar Alan Poe (1809 - 1849), tuvo corta existencia, vida atormentada
y un genio extraordinario que produjo una basta y fecunda obra
creativa en poemas, cuentos y ensayos.
Tal vez la idea de destino lo marca desde la infancia: su madre,
una actriz de teatro que interpreta a Ofelia y Cordelia de Shakespeare,
y trabaja sobre el escenario hasta pocos días antes de
dar a luz, muriendo dos años después de su nacimiento,
a meses de haber fallecido su marido. Fueron tres los hermanos
huérfanos. Adoptado por un acaudalado comerciante recibe
una muy buena educación; pero esto no hace que, ya a los
dieciocho años, sea un empedernido jugador alcohólico,
que dilapida el dinero de la herencia.
Por ese tiempo publica su primer libro "Tamerland y otros
poemas". Muere su madrastra, el viudo vuelve a contraer matrimonio.
Este acontecimiento y los antecedentes que obraban en su contra
lo alejan del hogar. Se siente escritor y quiere vivir de ello.
Pero no tiene tanta suerte y conoce la miseria. Decide viajar
al Oriente de Europa, donde se debaten fuerzas de opresión
y libertad. Nunca se supo si logró su objetivo, sí
que estuvo por Europa y que vivió allí alrededor
de dos años, hasta que decide volver a Richmond, su ciudad
de infancia. Ya, allí, tienta una actividad profesional
e ingresa a la Academia militar de West Point. Acorde a lo esperado
- fracasa-, estando su interés más en la lectura
y en la escritura, que en una preocupación por ascender.
Debe recordarse que en esos tiempos los Estados Unidos de América
se encontraba en la plenitud de sus luchas intestinas, lo que
implicaba que no había un ambiente propicio para el estímulo
de los creadores. Sin embargo Poe no utiliza el alcohol y otros
excitantes como válvula de escape del ambiente en el que
se hallaba inmerso sino como recurso de su fuerza creadora.
En este tiempo de miseria atormentada no logra publicar más
que un pequeño libro de poemas, hasta que aparece en su
vida un mecenas que lo coloca en el escenario periodístico
y escribe para el "Mensajero literario del Sur", una
revista de Richmond. De haber sido un señor aburguesado,
se hubiese establecido pero él era, ante todo y exclusivamente,
un poeta. Por eso apenas podrá conservar su puesto un poco
más de un año, para reanudar su peregrinación,
esta vez por tierras de estados unidos solamente.
En 1836 contrae matrimonio con una prima de su propia sangre en
la que encuentra el sosiego y el sostén para su dolorosa
creación artística. Once años vivió
contenido por el refugio del amor; pero el día que la unidad
quedó rota por la muerte su esposa, a causa de la tuberculosis,
ya no tuvo fuerzas para seguir viviendo. Arrastró su duelo
por dos años y cuando se encontraba en Baltimore, haciendo
una gira de conferencias, se lo encontró una madrugada
de octubre, tirado en medio de la calle, agonizando. Llevado a
un hospital de caridad, sin ni siquiera saber de quién
se trataba, fallece dos días después.
La obra escrita abarca tres facetas: el cuento, la poesía
y el ensayo. Baudelaire, que de todos sus biógrafos, podemos
decir que se encuentra más cercano por temperamento, además
de haber trabajado más de doce años en la traducción
de su obra al francés dice al juzgarla:
"Toda entrada en materia cuando se trata de Poe atrae sin violencia como un torbellino; su solemnidad sorprende, manteniendo el espíritu despierto. Se presiente, desde luego que se trata de algo grave. Y lentamente, poco a poco, se desarrolla ante nuestra atención una historia cuyo interés se funda en una imperceptible desviación del espíritu, en una hipótesis audaz, en una extralimitación imprudente de la naturaleza, en la amalgama de sus facultades. El lector, presa del vértigo, se ve obligado a perseguir al artista en sus arrebatadoras deducciones. Afirmo que eso que ningún hombre ha explicado con tanta magia lo de la vida humana y de la naturaleza, los ardores de la convalecencia, el final de las estaciones con sus esplendores enervantes, el tiempo cálido, húmedo y brumoso en el cual el viento del sur ablanda y distiende los nervios como las cuerdas de un instrumento, en el que los ojos se llenan de lágrimas que no provienen del corazón; las alucinaciones que abren de pronto un abismo a la duda con más fuerza que la misma realidad; lo absurdo que se apodera de la inteligencia y la gobierna con espantosa lógica..."
por María Comito
Edgar Allan Poe, entre la lucidez y el delirio
Traducido por Baudelaire, Mallarmé y Córtazar -a quien también se debe uno de sus mejores apuntes biográficos-, admirado por Julio Verne -quien le dedicara 'La esfinge de los hielos', continuación de 'Las aventuras de Arthur Gordon Pyn'- y situado por Pablo Neruda en su "matemática tiniebla", Edgar Allan Poe fue el primer escritor universal que dieran los Estados Unidos, pero también el primer maldito, heterodoxo y alucinado -y acaso el más grande todos ellos- que alumbrara la literatura en aquella tierra.
"Deidad y referencia" de toda ficción diabólica, según H. P. Lovecraft, la posteridad no habría de venerar a Poe por sus relatos humorísticos, genero en el que cultivó con la misma frecuencia que sus historias extraordinarias, sino por sus creaciones más macabras. Todo parece indicar que los protagonistas de estas últimas no eran sino la proyección de los desequilibrios psíquicos que el maestro padeció durante toda su vida. Pocas obras son tan reveladoras de la psicología de sus autores como la de Poe. El escritor es el Roderick Usher de 'La caída de la casa Usher' (1839), esa impagable metáfora sobre el hundimiento de una inteligencia. Ni que decir tiene que esas muertas bellas que tanto le inspiraron -"Sólo he logrado amar allí donde la muerte mezclaba su aliento con la belleza", escribe en uno de sus poemas- son consecuencia directa del prematuro fallecimiento de la mujer que lo trajo al mundo.
Hombre del Sur
Pese a haber nacido en Boston el 19 de enero de 1809, la desdicha convirtió le convirtió en hombre del Sur que él aseguraba ser en las mentiras sobre su persona que enjaretó invariablemente a cuantos tuvieron la inmensa fortuna de escucharle. Hijo de unos actores ambulantes quedó huérfano con tan sólo dos años. Si bien hay biógrafos que aseguran que su padre no murió, sino que le abandonó para darse a la bebida cuando obitó la madre del futuro escritor -una frágil inglesa que lo alumbró en plena gira-, lo cierto es que el pequeño Edgar Allan fue criado por su tío John Allan, comerciante de tabaco en Virginia. Que tomara su segundo nombre de este pariente y junto a él adquiriera ese aire del Sur aludido anteriormente, no significa en modo alguno que encontrara la felicidad en su nueva casa. Muy por el contrario, la tortuosa relación con su padrastro también contribuyó decisivamente a los desequilibrios psíquicos que agobiaron al gran Edgar Allan Poe hasta su muerte.
Expulsado de la universidad de Virginia (1827) por sus costumbres disolutas, el escritor demostró ser un aventajado discípulo de Byron con la publicación de sus primeros versos: 'Tamerlán y otros poemas' (1827). Mientras sigue cultivando la lírica -para algunos de sus biógrafos es ante todo un poeta- en busca de una belleza etérea en títulos como 'Al Aaaraaf' (1829), ingresa en la academia militar de West Point, de la que será expulsado en 1830 por cuestiones muy parecidas a las que le obligaron a dejar la universidad. Apenas pierde el ejército el que a buen seguro habría de ser un mal oficial, en la pluma de Poe se da a conocer un gran periodista y un cuentista sin igual. Su primera pieza, 'Metzengerstein', aparece en 1832, a la que seguirá 'Manuscrito hallado en una botella' (1833). Siempre mal pagado, en 1835 acabará dirigiendo el Southern Literary Messenger de Richmond, que convertirá en el publicación literaria más importante de todo el Sur estadounidense. También en 1835 da a la estampa 'Berenice'. Ya en 1836, se casa con su prima, Maria Clemm, quien aún no ha cumplido los catorce años.
El cuento detectivesco
Si Neruda nos sitúa al norteamericano en una "matemática tiniebla" es porque los horrores que nos presenta Poe obedecen a una lógica tan exacta como una suma o una resta. Vaya como ejemplo la célebre aparición del barco fantasma en 'Las aventuras de Arthur Gordon Pyn' (1938) -única novela de Poe-, donde se nos narra un viaje sin regreso a la Antártida: El vigía que parece sonreír desde tan tétrica embarcación, aunque en la narración juega el papel de un espectro, no es sino un cadáver cuyo rostro ha sido medio comido por las aves carroñeras, desfigurado así en esa horrible mueca que se asemeja a una sonrisa. No, el escalofrío en Poe no surge en base a cuestiones fantásticas o ficticias: los enterrados vivos, los torturados por el Santo Oficio y los muertos mientras dormían un sueño hipnótico, todos ellos horrores plausibles, son sus protagonistas. No hemos de olvidar a este respecto que sus tres relatos analíticos, es decir, los protagonizados por el chevalier Auguste Dupin -'Los crímenes de la calle Morgue' (1841), ''El misterio de Marie Rogêt' (1842) y 'La carta robada' (1845)- ponen en marcha algo tan lógico como el cuento detectivesco.
Pese a que su actividad como
periodista y cuentista le llevó a conocer la gloria en
vida, el maestro siempre estuvo al borde del abismo. Sus constantes
depresiones le arrastraron al alcohol y al opio. A la larga, ambas
sustancias no hacían sino agravar su melancolía.
Sin embargo, si hay algo que caracteriza sus críticas literarias,
sus narraciones y sus poemas, eso es la lucidez. De lo que se
sigue que Edgar Allan Poe padeció tanto como todos aquellos
que gozan de momentos de lucidez alternados con el delirio. Murió
el 7 de octubre de 1849, dos días después de ser
hallado sin sentido en una calle de Baltimore. Meses antes, el
recuerdo de su mujer, fallecida en el 47 de tuberculosis, le inspiró
'Annabel Lee', su último gran poema.
JAVIER MEMBA
EDGAR A. POE: SU VIDA Y SUS OBRAS
algún maestro desventurado a quien la inexorable Fatalidad ha perseguido encarnizada, cada vez más encarnizada, hasta que sus cantos no tengan más que un solo estribillo, hasta que los cantos fúnebres de su Esperanza hayan adoptado este melancólico estribillo: «¡Nunca! ¡Nunca más!»
(Edgar A. Poe: El cuervo.)
En su trono de bronce el Destino
se burla,
de amarga hiel empapando su esponja,
y la Necesidad es para ellos tenaza.
(Théophile Gautier: Tinieblas.)
I
EN ESTOS ÚLTIMOS TIEMPOS compareció ante nuestros tribunales un desdichado cuya frente estaba marcada por un raro y singular tatuaje. ¡Desafortunado! Llevaba él así encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro su título, y el interrogatorio demostró que aquel extraño rótulo era cruelmente verídico. Hay en la historia literaria destinos análogos, verdaderas condenas, hombres que llevan las palabras «mala suerte» escritas en caracteres misteriosos sobre las arrugas sinuosas de su frente. El ángel ciego de la expiación se ha apoderado de ellos y los azota con uno y otro brazo para ejemplo edificante de los demás. En vano su vida revela talento, virtudes, gracia: la sociedad tiene para ellos un anatema especial y acusa en ellos las lesiones que les ha causado. ¿Qué no hizo Hoffmann para desarmar al Destino, y qué no realizó Balzac para conjurar la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la cuna, que arroja con premeditación naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como a mártires en los circos? ¿Existen, pues, almas santas y destinadas al altar, condenadas a ir hacia la muerte y hacia la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿asediará eternamente a esas almas elegidas? En vano se agitan, en vano se forman para el mundo, para sus previsiones y asechanzas; perfeccionarán la prudencia, taparán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por el agujero de la cerradura. Una perfección será la falla de su coraza, y una cualidad superlativa, el germen de su condenación.
Para romperla, el águila,
desde lo alto del cielo,
sobre su frente al aire soltará la tortuga,
pues ellos deben perecer fatalmente.
Su destino está escrito en toda su contextura, brilla con siniestro resplandor en sus miradas y en sus gestos, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos sanguíneos.
Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar buen acomodo ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, no más en una república que en una monarquía absoluta o templada. ¿Quién ha sabido, pues, replicarle perentoriamente? Yo aporto hoy una nueva leyenda en apoyo de su tesis y añado un nuevo santo al martirologio; debo escribir la historia de uno de esos ilustres desventurados, demasiado rica en poesía y pasión, que ha venido, después de tantos otros, a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre las almas inferiores.
¡Lamentable tragedia la vida de Edgar A. Poe! ¡Su muerte, horrible desenlace, cuyo horror aumenta con su trivialidad! De todos los documentos que he leído he sacado la convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de esa atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión de las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia, ni flexibilidad alguna en la aplicación de sus leyes a los casos múltiples y complejos de la vida moral. Diríase que del amor impío a la libertad ha nacido una nueva tiranía: la tiranía de las bestias, o zoocracia, que por su insensibilidad feroz se asemeja al ídolo de Juggernaut. Un biógrafo nos dirá seriamente bienintencionado es el buen hombre que Poe, de haber querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de una manera más apropiada al suelo americano, hubiese podido llegar a ser un autor de dinero (a money making author). Otro éste un cínico ingenuo, que, por bello que sea el genio de Poe, más le hubiera valido tener sólo talento, ya que el talento se cotiza más fácilmente que el genio. Otro, que ha dirigido diarios y revistas, un amigo del poeta, confiesa que resultaba difícil utilizarle, y que se veía uno obligado a pagarle menos que a otros, porque escribía con un estilo demasiado por encima del vulgo. «¡Qué tufo a trastienda!», como decía Joseph de Maistre.
Algunos se han atrevido a más, y uniendo la falta de inteligencia más abrumadora de su genio a la ferocidad de la hipocresía burguesa, le han insultado a porfía, y después de su repentina desaparición, han vapuleado ásperamente ese cadáver; en especial, el señor Rufus Griswold, que, para aprovechar aquí la frase vengativa del señor George Graham, ha cometido así una infamia inmortal. Poe, experimentando quizá el siniestro presentimiento de un final repentino, había designado a los señores Griswold y Willis para ordenar sus obras, escribir su vida y restaurar su memoria. Ese pedagogo-vampiro ha difamado ampliamente a su amigo en un enorme artículo mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza la edición póstuma de sus obras. ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios? En cuanto al señor Willis, ha demostrado, por el contrario, que la benevolencia y el decoro van siempre de consuno con el verdadero talento, y que la caridad con nuestros semejantes, que es un deber moral, es también uno de los mandamientos del gusto.
Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar desde Baltimore a Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde Filadelfia a Boston, desde Boston a Baltimore, desde Baltimore a Richmond. Y si, con el corazón conmovido por esos preludios de una historia desconsoladora, dais a entender que tal vez no sea solamente culpable el individuo, y que debe de ser difícil pensar y escribir cómodamente en un país donde hay millones de soberanos un país sin capital, hablando con propiedad, y sin aristocracia, entonces veréis sus ojos desorbitarse y despedir rayos, la baba del patriotismo doliente subir a sus labios, y América, por su boca, lanzar injurias a Europa, su vieja madre, y a la filosofía de los antiguos días.
Repito que, por mi parte, he adquirido la convicción de que Edgar A. Poe y su patria no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, envidioso, naturalmente, del viejo continente. Orgulloso de su desarrollo material, anormal y casi monstruoso, ese recién llegado a la Historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desdichados entre nosotros, de que acabará por tragarse al Diablo. ¡Tienen allá un valor tan grande el tiempo y el dinero! La actividad material, exagerada hasta adquirir las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco sitio para las cosas no terrenas. Poe, que era de buena casta y que, por lo demás, declaraba que la gran desgracia de su país era no poseer una aristocracia racial, dado, decía él, que en un pueblo sin aristocracia el culto de lo Bello sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer; que acusaba en sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que denominaba los perfeccionamientos de la mansión humana cicatrices y abominaciones rectangulares, Poe era allá un cerebro singularmente solitario. No creía más que en lo inmutable, en lo eterno, en el self-same, y gozaba ¡cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma! de ese grande y recto sentido a lo Maquiavelo que marcha ante el sabio como una columna luminosa a través del desierto de la Historia. ¿Qué hubiera pensado, qué hubiera escrito el infortunado, si hubiese oído a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amor al género humano, al filósofo de la cifra proponer un sistema de seguros, una suscripción de cinco céntimos por cabeza ¡para la supresión de la guerra y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas!, y a tantos y tantos otros enfermos que escriben, «con la oreja inclinada hacia el viento», fantasías giratorias, tan flatulentas como el elemento que se las dicta? Si añadís a esta visión impecable de la verdad, auténtica dolencia en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de sentidos a la que atormentaría una nota falsa, una finura de gusto a la que todo, excepto la exacta proporción, sublevara, un amor insaciable a lo Bello, que había adquirido la potencia de pasión morbosa, no os extrañará que para un hombre semejante la vida llegara a ser un infierno y que haya acabado mal; os admirará que haya él podido durar tanto tiempo.
II
LA FAMILIA DE POE era una de las más respetables de Baltimore. Su abuelo materno había servido como quarter-master-general en la guerra de la Independencia, y La Fayette le dispensaba una gran estimación y amistad.
Este, a raíz de su último viaje a los Estados Unidos, quiso ver a la viuda del general y testimoniarle su gratitud por los servicios que le había hecho su marido. El bisabuelo se había casado con una hija del almirante inglés MacBride, que estaba emparentado con las más nobles casas de Inglaterra. David Poe, padre de Edgar e hijo del general, se enamoró perdidamente de una actriz inglesa, Isabel Arnold, célebre por su belleza; se fugó y se casó con ella. Para unir más íntimamente su destino al de ella, se hizo actor y apareció con su mujer en diferentes teatros, en las principales ciudades de la Unión. Los esposos murieron en Richmond, casi al mismo tiempo, dejando en el abandono y en la penuria más completos a tres criaturas, una de las cuales era Edgar.
Edgar A. Poe había nacido en Baltimore, en 1813. Doy esta fecha de acuerdo con su propia afirmación, pues él se elevó contra la aseveración de Griswold, que sitúa su nacimiento en 1811. Si alguna vez el espíritu novelesco, para servirme de una frase de nuestro poeta, ha presidido un nacimiento ¡espíritu siniestro y tempestuoso!, ciertamente, presidió el suyo. Poe fue, en verdad, hijo de la pasión y de la aventura. Un rico negociante de la ciudad, mister Allan, se entusiasmó con aquel lindo e infortunado a quien la Naturaleza había dotado de un aspecto encantador, y como no tenía hijos, le adoptó. El niño se llamó, pues, de allí en adelante Edgar Allan Poe. Fue así criado en una grata holgura y con la esperanza legítima de una de esas fortunas que dan al carácter una soberbia certeza. Sus padres adoptivos se lo llevaron en un viaje que hicieron a Inglaterra, Escocia e Irlanda, y antes de regresar a su país le dejaron en casa del doctor Bransby, que dirigía un importante centro de enseñanza en Stoke-Newington, cerca de Londres. Poe ha descrito en William Wilson aquella extraña casa, construida en el viejo estilo isabelino, y también sus impresiones de colegial.
Volvió a Richmond en 1822 y prosiguió sus estudios en América bajo la dirección de los mejores profesores del lugar. En la Universidad de Charlottesville, donde ingresó en 1825, se distinguió no sólo por una inteligencia casi milagrosa, sino también por una profusión casi siniestra de pasiones una precocidad realmente americana que fue, por último, la causa de su expulsión. Conviene señalar de paso que Poe había demostrado ya, en Charlottesville, una aptitud de las más notables para las ciencias físicas y matemáticas. Más tarde la empleará con frecuencia en sus extraños cuentos, y obtendrá de ella medios absolutamente inesperados. Pero tengo razones para creer que no es a ese orden de composiciones a las que él daba más importancia, y que quizá precisamente a causa de esa aptitud precoz las consideraba como fáciles juegos de manos, comparándolas con las obras de pura fantasía. Unas desdichadas deudas de juego originaron una desavenencia pasajera entre él y su padre adoptivo, y Edgar hecho de los más curiosos y que prueba, pese a lo que se ha dicho, una dosis de caballerosidad muy grande en su impresionable cerebroconcibió el proyecto de tomar parte en las guerras de los helenos y de ir a luchar contra los turcos. Partió, pues, hacia Grecia. ¿Qué fue de él en Oriente? ¿Qué hizo allí? ¿Estudió las costas clásicas del Mediterráneo? ¿Por qué le encontramos nuevamente en San Petersburgo, sin pasaporte, comprometido, y en qué clase de asunto, obligado a recurrir al ministro americano, Henry Middleton, para librarse de la sanción rusa y volver a su casa? Se ignora; existe ahí una laguna que él sólo hubiese podido llenar. La vida de Edgar A. Poe, su juventud, sus aventuras en Rusia y su correspondencia han sido anunciadas largo tiempo por los periódicos americanos, pero no han aparecido nunca.
De regreso en América, en 1829, expresó el deseo de ingresar en la escuela militar de West-Point; fue admitido, en efecto, y allí, como en otras partes, dio pruebas de una inteligencia admirablemente dotada, pero indisciplinable, siendo, al cabo de unos meses, expulsado. Al mismo tiempo ocurría en su familia adoptiva un suceso que debía tener las más graves consecuencias sobre su vida entera. La señora Allan, por quien parece él haber sentido un afecto verdaderamente filial, falleció, y el señor Allan se casó con una mujer muy joven. Y en esta época tuvo lugar una desavenencia doméstica, una historia rara y tenebrosa que no puedo contar, porque no ha sido claramente explicada por ningún biógrafo. No es, por tanto, extraño que él se haya separado definitivamente del señor Allan, y que éste, que tuvo hijos de su segundo matrimonio, le haya excluido por completo de su testamento.
Poco tiempo después de haber abandonado Richmond, Poe publicó un pequeño tomo de poesías; fue realmente una aurora brillante. Para quien sabe sentir la poesía inglesa, hay ya en él un acento extraterreno, la serenidad en la melancolía, la deliciosa solemnidad, la experiencia precoz iba a decir, creo, la experiencia innata que caracterizan a los grandes poetas.
La miseria le hizo ser soldado una temporada, y es de suponer que empleó los pesados ocios de la vida de guarnición en preparar los materiales de sus futuras composiciones, composiciones extrañas que parecen haber sido creadas para demostrarnos que la singularidad es una de las partes integrantes de lo Bello. Al volver a la vida literaria, el único elemento en que pueden respirar ciertos seres déclassés, Poe fenecía en una extrema miseria, cuando un azar feliz le hizo mejorar. El propietario de una revista acababa de fundar dos premios: uno, para el mejor cuento; otro, para el mejor poema. Una letra singularmente bella atrajo la mirada de Mr. Kennedy, que presidía el jurado, y le dio deseos de examinar por sí mismo los manuscritos. Y sucedió que Poe había ganado los dos premios, aunque sólo uno le fue entregado. El presidente del jurado sintió la curiosidad de ver al desconocido. El director del diario le llevó a un joven de una belleza chocante, andrajoso, abrochado hasta la barbilla, y que tenía el aspecto de un caballero tan orgulloso como hambriento. Kennedy se portó bien. Presentó a Poe a un señor, Thomas White, que fundaba en Richmond el Southern Literary Messenger. El señor White era un hombre audaz, pero sin ningún talento literario; necesitaba un ayudante. Poe se encontró así, muy joven a los veintidós años, director de una revista cuyo destino descansaba por entero en él. El creó esa prosperidad. El Southern Literary Messenger reconoció desde entonces que era a aquel excéntrico maldito, a aquel borracho incorregible, a quien debía su público y su fructuosa notoriedad. En ese magazine es donde aparecieron por primera vez la Aventura sin par de un tal Hans Pfaall y otros varios cuentos que los lectores verán ahora desfilar ante sus ojos. Durante cerca de dos años, Edgar A. Poe, con un maravilloso ardor, asombró a su público con una serie de composiciones de un nuevo género y con artículos críticos cuya viveza, claridad y severidad razonadas estaban hechas realmente para atraer las miradas. Aquellos artículos se ocupaban de libros de todo género, y la sólida cultura que el joven había adquirido le sirvió de mucho. Conviene saber que aquella tarea considerable la realizaba él por quinientos dólares; es decir, por dos mil setecientos francos al año. Inmediatamente dice Griswold, lo cual quiere decir; «¡Se creía, pues, rico el muy imbécil!» se casó con una muchacha bella, encantadora, de un carácter amable y heroico, pero que no tenía un céntimo añade el propio Griswold en un tono de desdén. Era la señorita Virginia Clemm, una prima suya.
Pese a los servicios hechos a su diario, el señor White riñó con Poe al cabo de dos años, aproximadamente. El motivo de esa ruptura estuvo, sin duda, en los ataques de hipocondría y en las crisis alcohólicas del poeta, accidentes característicos que ensombrecían su cielo espiritual, como esas nubes lúgubres que dan de pronto al paisaje más romántico un aire de melancolía en apariencia irreparable. A partir de entonces, veremos trasladar su tienda al desventurado, como un hombre del desierto, y transportar su ligero petate a las principales ciudades de la Unión. Dirigió en todas partes revistas o colaboró en ellas de una manera brillante. Difundió con deslumbradora rapidez artículos críticos, filosóficos y cuentos henchidos de magia, que aparecieron reunidos bajo el título de Tales of the Grotesque and the Arabesque, título notable e intencionado, pues los adornos grotescos y arabescos rechazan la figura humana, y ya se verá que por muchos conceptos la literatura de Poe es extra o sobrehumana. Sabremos, por notas ofensivas y escandalosas insertadas en los periódicos, que Mr. Poe y su mujer se encuentran enfermos de peligro en Fordham y en una absoluta miseria. Poco tiempo después de la muerte de la señora Poe, el poeta sufrió los primeros ataques de delirium tremens. Una nueva nota apareció de repente en un diario ésta más que cruel, en la que se acusa su desprecio y su asco del mundo, creándole uno de esos procesos tendenciosos, verdaderas requisitorias de la opinión, contra los cuales tuvo él siempre que defenderse, una de las luchas más estérilmente fatigosas que conozco.
Sin duda, ganaba dinero, y sus trabajos literarios le permitían casi vivir. Pero poseo pruebas de que él tenía que vencer sin cesar repugnantes dificultades. Soñó, como tantos otros escritores, con una revista suya, quiso estar en su casa, y el hecho es que había sufrido lo bastante para desear con ardor aquel cobijo definitivo de su pensamiento. A fin de alcanzar ese resultado y conseguir una suma de dinero suficiente, tuvo que recurrir a las lectures. Ya se sabe lo que son esas lectures, una especie de especulación, el Colegio de Francia puesto a disposición de todos los literatos, pues el autor no publica su lecture sino después de haber sacado de ella todos los ingresos que puede producir. Poe había dado ya en Nueva York una lecture de «Eureka», su poema cosmogónico, que había promovido incluso grandes discusiones. Pensó aquella vez dar lectures en su tierra natal, Virginia. Contaba, como escribió a Willis, con hacer una gira por el Oeste y el Sur y confiaba en el concurso de sus amigos literarios y de sus antiguas amistades de colegio y de West-Point. Visitó, pues, las principales ciudades de Virginia y Richmond contempló de nuevo a aquel a quien había conocido allí tan joven, tan pobre, tan derrotado. Todos los que no habían visto a Poe desde el tiempo de su oscuridad acudieron en masa para examinar a su ilustre compatriota. Y él apareció apuesto, elegante, correcto, como el genio. Hasta creo que desde hacía algún tiempo había él llevado su condescendencia al extremo de hacer que le admitiesen en una sociedad de templanza. Escogió un tema tan amplio como elevado: El principio de la poesía, y lo desarrolló con esa lucidez que es uno de sus privilegios. Creía, como verdadero poeta que era, que la finalidad de la poesía es de la misma naturaleza que su principio, y que no debe fijarse en otra cosa más que en sí misma.
La buena acogida que le dispensaron inundó su pobre corazón de orgullo y de gozo; se mostraba de tal modo encantado, que hablaba de establecerse definitivamente en Richmond y de acabar su vida en los lugares que su infancia le había hecho dilectos. Sin embargo, tenía asuntos en Nueva York, y partió el 4 de octubre, quejándose de escalofríos y de debilidad. Como siguiera sintiéndose bastante mal, al llegar a Baltimore, el 6, por la noche, hizo llevar su equipaje al embarcadero, desde donde debía dirigirse a Filadelfia, y entró en una taberna para tomar un excitante cualquiera. Allí, por desgracia, se encontró con antiguos amigos y se detuvo más de la cuenta. A la mañana siguiente, en las pálidas tinieblas del alba, fue encontrado un cadáver en la vía pública. ¿Debe decirse así? No, un cuerpo vivo aún, pero que la muerte había marcado ya con su real sello. Sobre aquel cuerpo, cuyo nombre se ignoraba, no se hallaron ni papeles ni dinero, y lo transportaron a un hospital. Allí murió Poe, la noche misma del domingo 7 de octubre de 1849, a la edad de treinta y siete años, vencido por el delirium tremens, ese terrible visitante que había ya atacado su cerebro una o dos veces. Así desapareció de este mundo uno de los más grandes héroes literarios, el hombre que había escrito en El gato negro estas palabras fatídicas: «¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?»
Esa muerte es casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía largo tiempo. Cuando menos, provocó el escándalo. Fue grande el clamor, y la virtud dio salida a su canto enfático, libre y voluntariosamente. Las oraciones fúnebres más indulgentes tuvieron que dejar sitio a la inevitable moral burguesa, que se cuidó de no perder una ocasión tan admirable. Mr. Griswold difamó; Mr. Willis, sinceramente afligido, se comportó más que decorosamente. ¡Ay! El que había franqueado las alturas más arduas de la estética, sumiéndose en los abismos menos explorados del intelecto humano; el que, a través de una vida que se asemeja a una tempestad sin calma, había encontrado medios nuevos, procedimientos desconocidos para asombrar la imaginación, para seducir los espíritus sedientos de Belleza, acababa de morir en unas horas en un lecho del hospital. ¡Qué destino! ¡Y tanta grandeza y tanto infortunio para levantar un torbellino de fraseología burguesa, para convertirse en pasto y tema de los periodistas virtuosos!
Ut declamatio fiars!
Estos espectáculos no son nuevos; es raro que un sepulcro reciente e ilustre no sea un lugar de cita de escándalo. Por otra parte, la sociedad no ama a esos rabiosos desventurados, y ya sea porque perturbaban sus fiestas o ya sea porque los considere de buena fe como remordimientos, tiene ella, a no dudar, razón. ¿Quién no recuerda las declamaciones parisienses a raíz de la muerte de Balzac, que murió, empero, de manera correcta? Y en fecha más reciente aún hace hoy, 26 de enero, un año justo, cuando un escritor de una honradez admirable, de una elevada inteligencia, y siempre lúcido, fue discretamente, sin molestar a nadie tan discretamente, que su discreción parecía desprecio, a exhalar su alma en la calle más negra que pudo encontrar, ¡qué asqueantes homilías, qué asesinato refinado! Un periodista célebre, a quien Jesús no enseñara nunca maneras generosas, encontró la aventura lo bastante jovial para celebrarla con un burdo retruécano. Entre la nutrida enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX repite tan a menudo y con tanta complacencia, se han olvidado dos asaz importantes, que son: el derecho a contradecirse y el derecho a marcharse.
Pero la sociedad mira al que se va como a un insolente; castigaría de buena gana ciertos despojos fúnebres, como aquel infeliz soldado atacado de vampirismo a quien la vista de un cadáver exasperaba hasta el frenesí. Y con todo, puede decirse que, bajo la presión de determinadas circunstancias, después de un serio examen de ciertas incompatibilidades, con firmes creencias en ciertos dogmas y metempsicosis; puede decirse, sin énfasis y sin juego de palabras, que el suicidio es a veces el acto más razonable de la vida. Y así se forma una compañía de fantasmas, ya numerosa, que nos visita familiarmente, y en la que cada miembro viene a ensalzarnos su reposo actual y a confiarnos sus persuasiones.
Confesemos, no obstante, que el lúgubre fin del autor de Eureka suscitó algunas consoladoras excepciones, sin lo cual sería cosa de desesperarse y el mundo resultaría insufrible. Mr. Willis, como ya he dicho, habló con honradez, y hasta con emoción, de las buenas relaciones que había mantenido siempre con Poe. Los señores John Neal y George Graham llamaron al señor Griswold al orden. El señor Longfellow y ello es tanto más meritorio cuanto que Poe le había maltratado cruelmente supo alabar de una manera digna de un poeta su elevada potencia como poeta y como prosista. Un desconocido escribió que la América literaria había perdido su cabeza más poderosa.
Pero el corazón partido, el corazón desgarrado, el corazón traspasado por siete puñales, fue el de la señora Clemm. Edgar era a la vez su hijo y su hija. «¡Rudo destino dice Willis, de quien tomo estos detalles casi textualmente, rudo destino el que ella velaba y protegía! Porque Edgar A. Poe era un hombre embarazoso; aparte de que escribía con una fastidiosa dificultad y con un estilo demasiado por encima del nivel intelectual corriente para poderle pagar caro, estaba siempre atosigado por apuros monetarios, y con frecuencia él y su mujer enferma carecían de las cosas más precisas en la vida.» Un día, Willis vio entrar en su despacho a una mujer, vieja, dulce, seria. Era la señora Clemm. Buscaba trabajo para su querido Edgar. El biógrafo dice que se sintió hondamente emocionado no sólo por el elogio perfecto, por la exacta apreciación que hizo ella del talento de su hijo, sino también por todo su aspecto exterior, por su voz suave y triste, por sus maneras un poco anticuadas, pero bellas y nobles. «Y durante varios años añade hemos visto a esa infatigable servidora del genio, pobre y mal vestida, de diario en diario para vender unas veces un poema, otras un artículo, diciendo en ocasiones que estaba enfermo única aplicación, única razón, invariable disculpa que ella daba cuando su hijo se hallaba atacado momentáneamente de una de esas esterilidades que conocen los escritores nerviosos, sin permitir nunca que sus labios soltasen una palabra que pudiera ser interpretada como una duda, como una falta de confianza en el genio y en la voluntad de su bienamado.» Cuando su hija murió, ella se consagró al superviviente de la destrozada batalla con un ardor maternal acrecentado, vivió con él, le cuidó, le vigiló, defendiéndole contra la vida y contra él mismo. «En verdad termina Willis con una elevada e imparcial razón, si la abnegación de la mujer, nacida con un primer amor y mantenida por la pasión humana, glorifica y consagra su objeto, ¿qué no dice en favor del que le inspiró una abnegación como ésta, pura, desinteresada y santa como un centinela divino?» Los detractores de Poe hubieran debido, en efecto, darse cuenta de que hay seducciones tan poderosas, que no pueden ser sino virtudes.
Es de imaginar lo terrible que fue la noticia para la desdichada mujer. Escribió una carta a Willis, de la cual son estas líneas:
«He sabido esta mañana la muerte de mi bienamado Eddie ¿Puede usted comunicarme algunos detalles, algunas circunstancias? ¡Oh, no deje a su pobre amiga en esta amarga aflicción! Dígale al señor X que venga a verme; tengo que participarle un encargo de mi pobre Eddie No necesito rogarle que anuncie usted su muerte, y que hable bien de él. Sé que lo hará. Pero recalque usted bien el hijo afectuoso que era para mí, su pobre madre desolada »
Esta mujer se me aparece grande y más que noble. Herida por un golpe irreparable, sólo piensa en la reputación del que lo era todo para ella, y no basta para contestarle con decir que era un genio; es preciso que sepan que era un hombre recto y afectuoso. Es evidente que esa madre antorcha y hogar encendidos por un rayo del más alto cielo ha sido dada como ejemplo a nuestras razas, muy poco preocupadas de la abnegación, del heroísmo y de todo cuanto es más que el deber. ¿No era justo inscribir a la cabeza de las obras del poeta el nombre de la que fue el sol moral de su vida? Aromará en su gloria el nombre de la mujer cuya ternura sabía curar sus llagas, y cuya imagen volará sin cesar por encima del martirologio de la literatura.
III
LA VIDA DE POE, sus costumbres, sus modales, su ser físico, todo lo que constituye el conjunto de su personalidad, se nos aparece como algo tenebroso y brillante a la vez. Su persona era singular, seductora, y, como sus obras, estaba marcada por un indefinible sello de melancolía. Por lo demás, él se hallaba notablemente dotado en todos los sentidos. De joven había demostrado una rara aptitud para todos los ejercicios físicos, y aun siendo pequeño de estatura, con pies y manos femeniles, mostrando todo su ser ese carácter de delicadeza femenina, era más que robusto y capaz de maravillosas pruebas de fuerza. En su juventud ganó una apuesta como nadador que supera la medida ordinaria de lo posible. Diríase que la Naturaleza da a aquellos de quienes quiere conseguir grandes cosas un temperamento enérgico, así como da una poderosa vitalidad a los árboles encargados de simbolizar el duelo y el dolor. Esos hombres, de apariencia a veces enfermiza, están forjados como atletas, son aptos para la orgía y para el trabajo, prontos a los excesos y capaces de asombrosas sobriedades.
Hay algunos puntos relativos a Edgar A. Poe sobre los cuales existe un acuerdo unánime, como, por ejemplo, su elevada distinción natural, su elocuencia y su belleza, de la que, según dicen, se sentía un tanto vanidoso.
Sus maneras, mezcla singular de altivez y de dulzura exquisita, estaban llenas de firmeza. Su fisonomía, sus andares, sus gestos, sus movimientos de cabeza, todo le señalaba, máxime en sus días buenos, como un ser elegido. Toda su persona respiraba una solemnidad penetrante. Estaba, en realidad, marcado por la Naturaleza, como esas figuras de viandantes que atraen la mirada del observador y preocupan su memoria. El propio pedante y agrio Griswold confiesa que, cuando fue a visitar a Poe y le encontró pálido y enfermo aún por la muerte y la enfermedad de su mujer, se sintió conmovido en alto grado no sólo por la perfección de sus modales, sino también por su fisonomía aristocrática, por la atmósfera perfumada de su habitación, muy modestamente amueblada. Griswold ignora que el poeta posee más que todos los otros hombres ese maravilloso privilegio, atribuido a la mujer parisiense y a la española, de saber adornarse con nada, y que Poe, enamorado de lo Bello en todas las cosas, hubiese encontrado el arte de transformar una choza en un palacio de nueva clase. ¿No ha escrito, con el talento más original y curioso, proyectos de mobiliarios, planos de casas de campo, de jardines y de reformas de paisajes?
Existe una carta encantadora de la señora Frances Osgood, que fue una de las amigas de Poe, y que nos da sobre sus costumbres, sobre su persona y sobre su vida doméstica los más curiosos detalles. Esta dama, que era también un escritora distinguida, niega valientemente todos los vicios y todas las faltas achacados al poeta.
«Con los hombres dice a Griswold, quizá fuese como usted le describe, y como hombre puede usted tener razón. Pero yo afirmo el hecho de que con las mujeres era muy distinto, y de que nunca ha habido mujer alguna que haya conocido a Mr. Poe que no haya experimentado hacia él un profundo interés. Siempre se me apareció como un modelo de elegancia, de distinción y de generosidad
«La primera vez que nos vimos fue en Astor House. Willis me había dado en casa El cuervo, sobre el cual el autor, me dijo, deseaba conocer mi opinión. La música misteriosa y sobrenatural de ese poema extraño me penetró tan íntimamente, que, cuando supe que Poe deseaba serme presentado, experimenté un sentimiento singular que se asemejaba al espanto. Apareció él con su bella y orgullosa cabeza, sus ojos sombríos que lanzaban una luz elegida, una luz de sentimiento y de pensamiento; con sus maneras que eran una mezcla intraducible de altivez y de suavidad. Me saludó, tranquilo, serio, casi frío; pero bajo aquella frialdad vibraba una simpatía tan marcada, que no pude por menos de sentirme impresionada a fondo. A partir de aquel momento, hasta su muerte, fuimos amigos , y sé que en sus últimas palabras tuve mi parte de recuerdo, y que él me dio, antes que su razón fuese derrocada de su trono de soberana, una prueba suprema de su fiel amistad.
«Era, sobre todo en su interior, a la vez sencillo y poético, donde el carácter de Edgar A. Poe se mostraba para mí bajo su mejor aspecto. Bromista, afectuoso, ingenioso; tan pronto dócil como indómito, lo mismo que un niño mimado, tenía siempre para su joven, dulce y adorada mujer, y para todos los que acudían, aun en medio de sus más fatigosas labores literarias, una palabra amable, una sonrisa benévola, atenciones graciosas y corteses. Se pasaba horas interminables ante su mesa, bajo el retrato de su Leonora, la amada y la muerta, siempre asiduo, siempre resignado y fijando con su admirable letra las brillantes fantasías que cruzaban su asombroso cerebro, sin cesar en alerta. Recuerdo haberle visto una mañana más alegre y jovial que de costumbre. Virginia, su dulce mujer, me había rogado que fuese a verlos, y me era imposible resistir sus ruegos Le encontré trabajando en la serie de artículos que ha publicado bajo el título The Literature of New York. "Vea usted me dijo, desplegando con una risa triunfal varios pequeños rollos de papel (escribía sobre tiras estrechas, sin duda para adaptar su copia a la justificación de los diarios); voy a mostrarle por la diferencia de tamaños los diversos grados de estimación que tengo por cada miembro de su especie literaria. En cada uno de estos papeles, uno de ustedes es vapuleado y discutido particularmente. ¡Ven aquí, Virginia, y ayúdame!" Y los desplegaron todos, uno por uno. Al final había uno que parecía interminable. Virginia, riendo, retrocedía hasta un extremo de la habitación, cogiéndolo por una punta, y su marido hacia otro rincón, con la otra punta. "¿Y quién es el afortunado dije que ha juzgado usted digno de esa inconmensurable ternura?" "¿Ustedes la oyen? ¡Como si su vanidoso corazoncito no le hubiese ya dicho que es ella!"
«Cuando me vi obligada a viajar por motivos de salud, sostuve una correspondencia regular con Poe, obedeciendo en esto a las vivas instancias de su mujer, quien creía que podía yo tener sobre él una influencia y un ascendiente saludables En cuanto al amor y a la confianza que existían entre su mujer y él, y que eran para mí un espectáculo delicioso, no podría hablar de ellos con la convicción y el calor suficientes. No menciono algunos pequeños episodios poéticos a los cuales le impulsó su temperamento novelesco. Creo que era la única mujer a quien él amó de verdad »
En las novelas cortas de Poe no hay nunca amor. Al menos, Ligeia, Eleonora, no son, hablando con propiedad, historias de amor, ya que la idea principal sobre la que gira la obra es otra por completo. Acaso él creía que la prosa no es lengua a la altura de ese singular y casi intraducible sentimiento; porque sus poesías, en cambio, están fuertemente saturadas de él. La divina pasión aparece en ellas, magnífica, estrellada, velada siempre por una irremediable melancolía. En sus artículos habla a veces del amor como de una cosa cuyo nombre hace temblar la pluma. En The Domain of Arnhaim afirmará que las cuatro condiciones elementales de la felicidad son: la vida al aire libre, el amor de una mujer, el desapego de toda ambición y la creación de una nueva Belleza. Lo que corrobora la idea de la señora Frances Osgood referente al aspecto caballeresco de Poe por las mujeres es que, pese a su prodigioso talento para lo grotesco y lo horrible, no haya en toda su obra un solo pasaje que se refiera a la lujuria, ni siquiera a los goces sensuales. Sus retratos de mujeres están, por decirlo así, aureolados; brillan en el seno de un vapor sobrenatural y están pintados con la manera enfática de un adorador. En cuanto a los pequeños episodios novelescos, ¿puede a uno extrañarle que un ser tan nervioso, cuya sed por lo Bello era quizá su rasgo principal, haya cultivado a veces, con un ardor apasionado, la galantería, esa flor volcánica, almizclada, para quien el cerebro vehemente de los poetas es un terreno predilecto?
De su singular belleza personal, a la que se refieren varios biógrafos, el espíritu puede, creo yo, hacerse una idea aproximada recurriendo a todas las nociones vagas, características, contenidas en la palabra romántica, palabra que sirve generalmente para representar los géneros de belleza que consisten sobre todo en la expresión. Poe tenía una frente amplia, dominadora, en la que ciertas protuberancias revelaban las facultades desbordantes que están encargadas de representar construcción, comparación, causalidad y donde predominaban en un orgullo tranquilo el sentido de la idealidad, el sentido estético por excelencia. Sin embargo, pese a esos dones, o aun a causa de esos privilegios exorbitantes, aquella cabeza, vista de perfil, no presentaba tal vez un aspecto agradable. Como en todas las cosas excesivas por un sentido, un déficit podía originarse de la abundancia, una pobreza de la usurpación. Tenía unos ojos grandes, sombríos y luminosos a la vez, de un color incierto y tenebroso, tendiendo al violeta; la nariz, noble y sólida; la boca, fina y triste, aunque levemente sonriente; el cutis, moreno claro; el rostro, de ordinario, pálido; la fisonomía, un poco distraída e imperceptiblemente velada por una melancolía habitual.
Su conversación era de las más notables y con un fondo sustancioso. No era eso que se llama un charlista presuntuoso cosa horrible, y, además, su palabra, como su pluma, tenía horror a lo convencional; pero una amplia cultura, un rico vocabulario, profundos estudios, impresiones recogidas en varios países, hacían de su palabra una enseñanza. Su elocuencia, esencialmente poética, llena de método y moviéndose, empero, fuera de todo método conocido, arsenal de imágenes sacadas de un mundo poco frecuentado por la mayoría de los espíritus; un arte prodigioso para deducir de una proposición evidente y en absoluto aceptable nociones secretas y nuevas, para abrir sorprendentes perspectivas; en una palabra, el don de extasiar, de hacer pensar, de hacer soñar, de arrancar las almas del fango de la rutina: tales cosas eran sus deslumbradoras facultades, de las que muchas personas han conservado recuerdo. Pero sucedía a veces eso cuentan, al menos que el poeta, complaciéndose en un capricho destructor, arrastraba de nuevo con brusquedad a sus amigos a la tierra por obra de un cinismo desconsolador y derrocaba, brutal, su obra, henchida de espiritualidad. Hay, por lo demás, que señalar una cosa: que era muy poco exigente en la elección de sus oyentes, y creo que el lector encontrará sin dificultad en la Historia otras inteligencias grandes y originales para quienes toda compañía era buena. Ciertos espíritus, solitarios en medio de la multitud, y que se nutren en el monólogo, prescinden de la delicadeza en materia de público. Es, en suma, una especie de fraternidad basada en el desprecio.
De esa embriaguez celebrada y reprochada con una insistencia que podría hacer creer que todos los escritores de los Estados Unidos, excepto Poe, son ángeles de sobriedad hay que hablar, no obstante. Existen varias versiones plausibles, y ninguna excluye las otras. Ante todo, estoy obligado a hacer observar que Willis y la señora Osgood afirman que una cantidad muy pequeña de vino o de licor bastaba para perturbar por completo su organismo. Es, por cierto, fácil de suponer que un hombre tan verdaderamente solitario, tan profundamente desdichado, y que pudo considerar con frecuencia todo el sistema social como una paradoja y una impostura; un hombre que, acosado por un destino inexorable, repetía a menudo que la sociedad no implica más que un tropel de miserables (Griswold refiere esto tan escandalizado como un hombre que puede pensar lo mismo, pero que no lo dirá nunca); es natural, digo, suponer que ese poeta, muy infantil en los azares de la vida libre, con el cerebro cercado por un trabajo áspero y continuo, haya buscado algunas veces una voluptuosidad de olvido en las botellas. Rencores literarios, vértigos del infinito, dolores hogareños, insultos de la miseria.
Poe huía de todo ello en la negrura, como de una tumba preparatoria, de la borrachera. Pero, por buena que parezca semejante explicación, no la encuentro lo bastante amplia, y desconfío de ella a causa de su deplorable simplicidad.
He sabido que él no bebía como un ansioso, sino como un bárbaro, con una actividad y una economía de tiempo totalmente americanas, como si realizase una función homicida, como si tuviese algo en él que matar, a worm that would not die. Se cuenta, además, que un día, en el momento de volver a casarse (habían corrido las amonestaciones, y cuando le felicitaban por aquel enlace que le aportaba las más elevadas condiciones de felicidad y de bienestar, habría él dicho: «Es posible que hayan corrido las amonestaciones; pero fíjense bien en esto: ¡no me casaré!»), fue con una borrachera atroz a escandalizar en la vecindad de la que debía ser su mujer, recurriendo así a su vicio para librarse de un perjurio hacia la pobre muerta, cuya imagen vivía siempre en él y a quien había cantado a maravilla en su Annabel Lee. Considero, pues, en un gran número de casos el hecho infinitamente precioso de premeditación como es sabido y comprobado.
Leo, por otra parte, en un largo artículo de Southern Literary Messenger esa misma revista cuya fortuna había él iniciado que jamás la pureza y la perfección de su estilo, jamás la claridad de su pensamiento y su ardor en el trabajo fueron alterados por esa terrible costumbre; que la confección de la mayoría de sus excelentes trozos precedió o siguió a alguna de sus crisis; que después de la publicación de Eureka se entregó lamentablemente a su inclinación, y que en Nueva York, la mañana misma en que aparecía El cuervo, cuando el nombre del poeta estaba en todas las bocas, él cruzaba Broadway tambaleándose de un modo bochornoso. Observen ustedes que las palabras precedido o seguido implican que la embriaguez podía servir de excitante lo mismo que de descanso.
Ahora bien: es indudable que parecidas a esas impresiones fugaces y chocantes, tanto más chocantes en sus reapariciones cuanto más fugaces son, que siguen a veces a un síntoma exterior, especie de advertencia como el sonido de una campana, una nota musical o un perfume olvidado, las cuales son también seguidas de un suceso análogo a otro suceso ya conocido y que ocupaba el mismo lugar en una cadena anteriormente revelada; semejantes a esos singulares sueños periódicos que se repiten cuando dormimos existen en la borrachera no sólo encadenamientos de sueños, sino una serie de razonamientos que necesitan, para reproducirse, del medio que les ha dado origen. Si el lector me ha atendido sin repugnancia habrá adivinado ya mi conclusión: creo que en muchos casos no en todos, ciertamente la embriaguez de Poe era un medio mnemotécnico, un método de trabajo, método enérgico y mortal, pero apropiado a su naturaleza apasionada. El poeta había aprendido a beber, como un escritor escrupuloso se ejercita llenando cuadernos de notas. No podía resistir el deseo de hallar de nuevo las visiones maravillosas o aterradoras, las concepciones sutiles que había encontrado en una tempestad precedente: eran viejas amistades que le atraían, imperativas, y para reanudar su relación con ellas tomaba el camino más peligroso, pero el más directo. Una parte de lo que hoy produce nuestro goce es lo que le mató.
IV
DE LAS OBRAS de ese singular genio poco tengo que decir; el público mostrará lo que de ellas piensa. Me sería difícil quizá, pero no imposible, esclarecer su método, explicar su procedimiento, sobre todo en la parte de sus obras cuyo principal efecto reside en un análisis bien manejado. Podría yo introducir al lector en los misterios de su fabricación, extenderme largamente sobre esa porción de genio americano que le hace regocijarse de una dificultad vencida, de un enigma explicado, de un tour de force realizado; que le impulsa a divertirse con una voluptuosidad infantil y casi perversa en el mundo de las probabilidades y de las conjeturas, y a crear mentiras a las cuales su arte sutil presta una vida verdadera. Nadie negará que Poe es un prestidigitador maravilloso, y sé que otorgaba sobre todo su estimación a otra parte de sus obras. Tengo que hacer algunas observaciones más importantes, muy breves, en suma.
No es por sus milagros materiales, que le han dado, empero, su fama, por lo que él conquistará la admiración de las gentes que piensan, sino por su amor a lo Bello, por su conocimiento de las condiciones armónicas de la belleza, por su poesía profunda y gimiente, siquiera trabajada, transparente y correcta como una joya de cristal; por su admirable estilo, puro y singular apretado como las mallas de una cota, complaciente y minucioso y cuya más ligera intención sirve para llevar suavemente al lector hacia un fin deseado, y, en fin, sobre todo, por ese genio especialísimo, por ese temperamento único que le ha permitido pintar y explicar de una manera impecable, sorprendente, terrible, la excepción en el orden moral. Diderot, para escoger un ejemplo entre cientos, es un autor sanguíneo. Poe es el escritor de los nervios, e incluso de algo más, y el mejor que yo conozco.
En él, toda entrada en materia es atrayente sin violencia, como un torbellino. Su solemnidad sorprende y mantiene el espíritu alerta. Percibe uno en seguida que se trata de algo serio. Y lentamente, poco a poco, se desenvuelve una historia cuyo interés todo se basa sobre una imperceptible desviación del intelecto, sobre una hipótesis audaz, sobre una dosificación imprudente de la Naturaleza en la amalgama de las facultades. El lector, apresado por el vértigo, se ve obligado a seguir al autor en sus atractivas deducciones.
Ningún hombre, lo repito, ha contado con mayor magia las excepciones de la vida humana y de la Naturaleza, los ardores de curiosidad de la convalecencia, los finales de estación cargados de esplendores enervantes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos, en que el viento del Sur ablanda y afloja los nervios como las cuerdas de un instrumento, en que los ojos se llenan de lágrimas que no provienen del corazón; la alucinación dejando lo primero sitio a la duda, y muy pronto convencida y razonadora como un libro; lo absurdo instalándose en la inteligencia y rigiéndola como una lógica espantosa, la histeria usurpando el sitio de la voluntad, la contradicción asentada entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacorde hasta el punto de expresar el dolor con la risa. Él analiza lo que hay de más fugaz, sopesa lo imponderable y describe en una forma minuciosa y científica, cuyos efectos son terribles, toda esa parte imaginaria que flota en torno al hombre nervioso y le hace acabar mal.
El ardor mismo con que se arroja a lo grotesco por amor a lo grotesco, a lo horrible por amor a lo horrible, me sirve para comprobar la sinceridad de su obra y la unión del hombre con el poeta. He observado ya que en varios hombres ese ardor era con frecuencia el resultado de una amplia energía vital inocupada, a veces de una obstinada castidad y también de una profunda sensibilidad contenida. La voluptuosidad sobrenatural que el hombre puede experimentar viendo correr su propia sangre; los movimientos repentinos, violentos, inútiles; los fuertes gritos lanzados al aire, sin que el espíritu mande a la garganta, son fenómenos a situar en el mismo orden.
En el seno de esta literatura en que el aire está enrarecido, el espíritu puede experimentar esa gran angustia, ese miedo pronto a las lágrimas y ese malestar del corazón que residen en los lugares inmensos y singulares. Pero la admiración es más fuerte, ¡y, además, el arte es tan grande! Los fondos y los accesorios son en ella apropiados al sentimiento de los personajes. Soledad de la Naturaleza o agitación de las ciudades, todo está descrito en ella nerviosa y fantásticamente. Como a nuestro Eugene Delacroix, que ha elevado su arte a la altura de la poesía grande, a Edgar A. Poe le complace agitar sus figuras sobre fondos violáceos y verdosos en que se revelan la fosforescencia de la podredumbre y el olor de la tormenta. La naturaleza que llaman inanimada participa de la naturaleza de los seres vivos, y, como ellos, se estremece con un temblor sobrenatural y galvánico. El espacio se ahonda por el opio; el opio da en él un sentido mágico a todos los tonos, y hace vibrar todos los ruidos con una sonoridad más significativa. A veces, lejanías magníficas, henchidas de luz y de color, se abren de repente en sus paisajes, y se ve aparecer en el fondo de sus horizontes ciudades orientales y arquitecturas vaporizadas por la distancia, donde el sol lanza lluvias de oro.
Los personajes de Poe, o más bien el personaje de Poe el hombre de facultades sobreagudizadas, el hombre de nervios relajados, el hombre cuya voluntad ardorosa y paciente lanza un reto a las dificultades, aquel cuya mirada se clava con la rigidez de una espada sobre objetos que se agrandan a medida que él los mira es Poe mismo. Y sus mujeres, todas dolientes y luminosas, muriendo de males extraños y hablando con una voz que parece música, son él también, o, cuando menos, por sus raras aspiraciones, por su saber, por su melancolía incurable, participan mucho de la naturaleza de su creador. En cuanto a su mujer ideal, a su Titánida, se revela bajo diferentes retratos, esparcidos en sus poesías demasiado escasas, retratos, o, mejor, modos de sentir la belleza, que el temperamento del autor aproxima y confunde en una unidad vaga, pero sensible, en la que vive más delicadamente acaso que en otra parte ese amor insaciable de lo Bello, que es su gran título; es decir, el resumen de los títulos que él posee al efecto y al respeto de los poetas.
Si tengo nueva ocasión, como espero, de hablar de este lírico, haré el análisis de sus opiniones filosóficas y literarias, así como, en general, de las obras cuya traducción completa tendría pocas probabilidades de éxito entre un público que prefiere con mucho la diversión y la emoción a la más importante verdad filosófica.
CHARLES BAUDELAIRE
SIEMPRE POE
Tomado de Ivan Olmedo, cYbErDaRk.Net
Para los aficionados a la literatura fantástica el faro que ilumina el camino es J.R.R. Tolkien, el incombustible Creador de mundos. La ciencia ficción tiene sus padres y precursores en las figuras de Julio Verne, H.G. Wells y otros visionarios, que cimentaron su obra imaginando el futuro y jugando con la ciencia. El terror, el Horror como género literario, se refleja en la triste mirada de Edgar Allan Poe. Está el genio de Lovecraft, sobre todo, están Machen, Bierce, Blackwood, Hodgson, Shelley...pero Poe... siempre Poe... Él como ningún otro, quizás, vio y comprendió el horror que anida en el corazón delator del ser humano, y nos legó una corta obra oscura, opresiva, macabra e inolvidable.
LA VIDA
Poe nace el 19 de enero de 1809, en Boston, y muere en 1849. Cuarenta años. Hoy nos parece una edad fácil de alcanzar; con cuarenta años una persona puede seguir siendo ágil y fuerte, y suele estar, como se dice, en la flor de la vida. Cuando murió, Poe estaba destruido física y anímicamente. El literato de cerebro prodigioso era la sombra agonizante de un ser humano.
Hijo de dos actores teatrales, a los dos años se queda huérfano: su padre desaparece en Nueva York y su madre muere de tuberculosis. Es separado de su hermana pequeña, Rosalie, y adoptado por John Allan, comerciante escocés del que tomaría el segundo apellido. Tras una breve temporada de estancia en Escocia y Londres, la nueva familia vuelve a Virginia, donde nuestro autor cursa estudios. En la universidad, tiene algunos problemas con deudas de juego. A raíz de estos y otros temas, rompe con su padre adoptivo, con el que nunca se llevó muy bien, e ingresa en el ejército. Por estas épocas aparece ya publicado su primer libro: "Tamerlán y otros poemas" (1827). A la muerte de la esposa de John Allan, Poe regresa y parece reconciliarse con él, deja el ejército e ingresa en la academia militar de West Point; sin embargo, en apenas dos años, rompe con él definitivamente, es expulsado de la academia y se traslada a Baltimore, donde vive con su tía María Clemm y su prima Virginia, presencias determinantes en su vida. Empieza a escribir con más dedicación y a conseguir un relativo éxito. En 1834 muere John Allan, que no lo incluye para nada en su testamento; Edgar y su familia viven en la miseria. Un año después vuelve a Richmond para trabajar como redactor en la revista "Southern Literary Messenger", y se casa con su prima Virginia, que tan solo tiene trece años por aquel entonces. Su dedicación y pasión por escribir ya es del todo imparable. En 1837 se instalan en Nueva York, Poe continúa trabajando en algunas revistas literarias, con mayor o menor fortuna, en las que van apareciendo sus cuentos y ensayos, también aparece "La narración de Arthur Gordon Pym", y la familia se vuelve a trasladar, a Filadelfia, esta vez. En 1842 su esposa sufre una hemorragia: es el inicio de su enfermedad y de los sufrimientos para todos. Entretanto prosigue redactando sus relatos, incluso con uno de ellos, "El escarabajo de oro", gana un nada despreciable premio de cien dólares. Empeñado en crear una revista literaria propia, viaja a Washington buscando suscriptores y apoyos, que no encuentra. En 1844 se trasladan otra vez a Nueva York, donde surge el famoso poema "El cuervo". Sigue escribiendo para revistas, pronuncia algunas conferencias, y ven la luz "Tales" y "The raven and other poems", antologías de cuentos y poemas, respectivamente. En 1847, instalados ya en una pequeña casa de campo- su última casa- a las afueras de Nueva York, su prima y esposa Virginia muere, en lo que no dejaba de ser un final previsible. Poe sufre una congestión cerebral, sale del paso y sigue escribiendo, mayormente, ensayos y poemas. Entabla amistad con algunas mujeres, que en parte lo admiran y en parte lo compadecen; con Sarah Elena Withman, a la que conoce en Providence, llega a comprometerse en matrimonio. Pero el camino cuesta abajo de Poe ya es evidente; en noviembre de 1848 intenta suicidarse, y Sarah rompe el compromiso; Poe regresa a su última casa. En 1849, escribe su último ensayo, y sale de Nueva York tomando un camino incierto. Reencuentra a Elmira Royster, a la que había conocido en un lejano ya 1825, ahora viuda, y en un último intento por levantar cabeza, se compromete en matrimonio con ella. Ya todo es inútil: parte camino de Nueva York, y en octubre de ese año es encontrado inconsciente, tirado en la acera, en Baltimore y llevado a un hospital. Hay elecciones al Congreso en Baltimore; el poeta, captado y emborrachado por agentes de uno u otro partido, es incapaz de superar la terrible prueba. Delira en su cama de hospital, llamando a un tal Reynolds, y muere el domingo 7 de octubre. Un final muy triste, sin duda, para una vida llena de inconvenientes y de sinsabores.
LA OBRA
La obra literaria que Edgar Allan Poe nos dejó es escasa. Su obra de ficción, por supuesto, ya que Poe era periodista, y además de los textos sobradamente conocidos por todos, escribió multitud de artículos, reseñas y ensayos para varios periódicos y revistas literarias. Además de creador, fue crítico, faceta muy desconocida por estos lares (y por este articulista, sea todo dicho), ya que no debe ser excesivamente comercial ni viable, imagino, publicar ahora y en este pais unas reseñas decimonónicas sobre obras perdidas de autores a los que no llegaremos a conocer. Existe, sin embargo, una edición, por lo menos, de "Ensayos y críticas" debida a Alianza Editorial, traducidas por Julio Cortázar, sobre la que no entraré en detalles, al no disponer de ella. Pero imaginad la cantidad de letras mal pagadas que nuestro escritor juntó en su corta aunque laboriosa vida. Obviando, pues, esta faceta casi inabordable de su trabajo, lo que nos queda es ese mundo de fantasías mortuorias y de pesadillas asfixiantes que todos reconocemos inmediatamente como surgidas de su pluma. Su obra extendida la componen las celebérrimas "Historias Extraordinarias"; su única novela, "La narración de Arthur Gordon Pym", y los poemas, repartidos en varias ediciones.
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS
Bajo el título genérico de "Historias Extraordinarias", o también "Narraciones Extraordinarias", se agrupan todos los cuentos de diversa índole que Poe nos dejó. Desde los netamente terroríficos (los más famosos), a los detectivescos, aventureros o humorísticos. El considerado como mejor traductor de estas obras, Julio Cortázar, los tiene perfectamente agrupados en sus ediciones. Cortázar tradujo prácticamente íntegra la obra del maestro, excepción hecha de su trabajo poético.
Los 67 relatos que componen las "Historias Extraordinarias" están divididos - siempre según el estudioso criterio de Cortázar, que habremos de seguir, a la vista de sus inmejorados resultados- en 8 grupos:
Cuentos de terror.-
A la cabeza de esta clasificación, sin duda, nos encontramos con los títulos más conocidos del bostoniano. Títulos inmortales como "El gato negro", "El pozo y el péndulo", "La máscara de la Muerte Roja" o "El corazón delator", que apenas si necesitan presentación o comentarios adicionales, tal es su popularidad. Las más altas cumbres del Poe aterrador y siniestro las tenemos representadas aquí. Estos relatos de pesadilla nunca han sido superados, y sí muchas veces imitados, inevitablemente, por generaciones posteriores. Películas, cómics y aún otras novelas y cuentos han tomado estos argumentos, "vampirizándolos" y retorciéndolos, o simplemente copiando su estilo incopiable. Mucho le debe el género cuentista a estas efectivas piezas de ingeniería literaria, y no será fácil encontrar un solo autor consagrado que no cante las alabanzas de estos escritos, y los cite como referentes fundamentales de su iniciación o aprendizaje.
Relatos sobrenaturales.-
Muy cercanos a los temas y estilo del primer grupo, tenemos cinco relatos verdaderamente terroríficos en los que la presencia de lo sobrenatural es determinante. "Eleonora", "Morella", "Berenice", "Ligeia", y "La caída de la Casa Usher" son cuentos "de miedo" en la más amplia acepción del término. Cuentos de ultratumba; los protagonistas se ven acosados irremisiblemente por espíritus o presencias que habitan otro plano diferente al nuestro, o que vuelven, en la mejor tradición fantasmagórica, buscando algo, o a alguien. Es importante apreciar un detalle: en todos ellos esa presencia- o ausencia- que atormenta al protagonista- y al mismo lector, qué duda cabe- es femenina. La importancia de lo femenino en la vida y obra de Poe es indiscutible; desde su dependencia de las mujeres en la vida real, hasta las fantasías necrófilas y el constante ideal de madre-esposa-amante que está continuamente presente en sus personajes. Poe exploró a conciencia estos temas a lo largo de su trayectoria , con resultados inquietantes y muy efectivos.
Relatos metafísicos.-
Textos como "El poder de las palabras" o "El coloquio de Monos y Una", desafían al clasificador y aún al lector. Forman una pequeña parte, muy pequeña, del conjunto de relatos. Experimentos que no carecen de interés pero no aportan nada argumentalmente hablando, asumen el papel de isla en la producción del autor. En algunas ediciones desaparecen, son los primeros sacrificados de todo el catálogo, no en vano, guardan poca relación con la idea general que nos hacemos de la obra de E. A. Poe.
Relatos de análisis.-
Si Poe es ante todo uno de los
máximos exponentes del horror gótico y macabro, alguna que otra teoría nos lo
presenta como iniciador del moderno relato detectivesco. "Los crímenes de la
calle Morgue", "El misterio de Marie Rogêt" y "La carta robada", forman la terna
de aventuras en las que el detective diletante C. Auguste Dupin hace acto de
presencia en la Historia. Unos relatos magníficos y muy interesantes (sobre todo
el primero, verdadera obra maestra) , precursores del relato de investigación
analítica de un crimen misterioso; aquí el caballero deductor se llama Dupin,
como más tarde se llamaría Holmes, Dickson , o... Guillermo de Baskerville.
Forma también parte de este grupo el conocidísimo "El escarabajo de oro",
cuento más apto para todos los públicos, y reiteradamente publicado, no solo en
las ediciones dedicadas a Poe, sino en colecciones juveniles y similares, junto
a otros muchos clásicos de la narración de aventuras.
Pasado y futuro.-
La anticipación científica también formó parte del repertorio de este auténtico titán de la pluma. No podemos hablar de ciencia ficción propiamente dicha, término aún no inventado en la época, sino de especulación, de vuelo de la imaginación. Como Verne después, Poe imagina aparatos aéreos dirigidos a voluntad, vueltas al pasado y vistazos al futuro, invenciones a medio camino entre la alquimia y la ciencia... "Conversaciones con una momia", ""El camelo del globo" o "Mellonta Tauta" ( en donde se anticipa la construcción de rascacielos), son ejemplos de esta faceta a redescubrir de nuestro escritor.
Relatos de paisaje.-
Apartado breve y anecdótico merecen estos cuatro relatos: "El dominio de Arnheim", "El cottage de Landor", "El alce" y "La esfinge"; pequeños textos en los que el escritor utiliza la táctica de posar su vista alrededor y dejar vagar la mente, y la pluma en su mano, para dar luz a unos cuentos contemplativos, escritos a vuelapluma, casi podríamos decir; alejados totalmente del resto de su producción.
Estampas grotescas.-
Entre sus relatos menos valorados (y conocidos) generalmente, ocupan un gran espacio físico estas historias grotescas; cuentos con moraleja, descripciones absurdas, ideas descabelladas que en muchos casos quedan tan sólo apuntadas y no suficientemente desarrolladas. "El Rey Peste" es un relato fallido, grandioso en su mayor parte, pero desinflado en la conclusión; "El Ángel de lo singular" o "Cuento de Jerusalén" son relatos apreciables, pero anecdóticos; "El duque De l´Omelette" consiste en una escena desquiciada; "El hombre que se gastó" es decididamente grotesco... en este conjunto de ideas encontraremos una buena dosis de satisfacción como lectores, al poder comprobar de primera mano cómo Edgar Allan Poe era algo más que sus cuentos de terror ( como si eso fuera poco). Que nadie espere encontrar aquí relatos perfectos, ni cumbres de la narración breve. Es interesantísimo, sin embargo, paladear estos cuentos y hacerse una idea de la extraordinaria profesionalidad de Poe, cultivador de géneros dispares y en muchas ocasiones impuestos por la realidad del momento editorial.
Cuentos satíricos.-
Esta "realidad del momento
editorial", por llamarla de alguna manera, lleva directamente a Poe a componer
algunos cuentos satíricos, género importante en la prensa mundial desde sus
albores; no tan importante ya hoy en día, aunque todavía presente. En el caso
que nos ocupa, se trata de los cuentos menos conseguidos del autor, cuya mente
estaba muy alejada del desparpajo necesario para atacar con éxito este tipo de
obras. No cabe duda de que Poe era un hombre oscuro, o de ideas oscuras; cuanto
más oscuros eran sus relatos, mayor calidad e intensidad podría esperarse de
ellos. Producción breve y poco apreciada la que podemos consignar en este
apartado; "Cómo escribir un artículo a la manera del "Blackwood", "X en un
suelto" o "El hombre de negocios" son algunos de estos títulos, sobre los que no
merece la pena hacer más comentarios.
En definitiva, las "Historias Extraordinarias" son algo así como la espina
dorsal de la obra de Poe, el malpagado trabajo de toda su agotadora vida
literaria. Él mismo se consideraba ante todo poeta, su primera y mayor pasión,
pero los relatos conformaron su fama ante los ojos del mundo. Hemos visto cómo
tocó una gran variedad de géneros con mayor o menor fortuna. Sin duda, como
tantos otros, fue un obrero de la palabra. Pero, además, en el alma de Poe
bullía el genio, una chispa o una luz interior que marca la diferencia. Una
diferencia que hace que sigamos escribiendo sobre él siglo y medio después, no
está al alcance de todos.
LA NARRACIÓN DE ARTHUR GORDON PYM
"La narración de Arthur Gordon Pym", su única novela, es ante todo un relato marinero; pertenece a lo que en tiempos fue un género en sí mismo, y de gran importancia, además, para la Historia literaria. Podemos citar como máximos exponentes de este género a los reconocidos Herman Melville, autor de la archiconocida "Moby Dick"; el capitán Frederyck Marryat ( o Capitán Marryat a secas), del que podemos destacar "El buque fantasma", narración fantástica a la par que "de marinos"; o el polaco Joseph Conrad, gran escritor de relatos en los que el mar y sus avatares juegan un importante papel, entre ellos "Lord Jim" y "El corazón de las tinieblas", ambos recomendados encarecidamente por el que esto firma. Hay una diferencia importante entre los autores citados y el que es objeto de este articulo: los tres fueron marinos, y fundieron su pasión por el mar y por la literatura en una forma de vida. Poe, evidentemente, no fue hombre de mar; esta narración, escrita por encargo, no tiene nada que envidiar, sin embargo, a cualquier otro clásico del género. Podemos decir que es una buena novela marinera pasada por el oscuro filtro de la mente insana de Poe.
"La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket. Comprende los detalles de un motín y la atroz carnicería del bergantín americano "Grampus" en su travesía a los Mares del Sur, en el mes de junio de 1827. Con un relato de la reconquista por los supervivientes, su naufragio y los horribles sufrimientos posteriores causados por el hambre; su liberación por la goleta británica "Jane Guy"; el breve crucero de este último buque por el océano Antártico; su captura y la matanza de su tripulación en un grupo de islas del paralelo 48 de latitud sur, conjuntamente con los increíbles descubrimientos y aventuras, aún más al sur, a los que dio lugar esta angustiosa calamidad."
Tal es el título completo- que introduzco para información y deleite del lector- de esta obra, publicada por entregas en la revista "Southern Literary Messenger", en 1837. Como digo, no se trata de un relato del mar cualquiera, si no de un relato del mar oscuro, angustioso y lleno de un intenso sufrimiento. Se abre con una nota del propio Arthur Gordon Pym, en un intento de hacer pasar la narración como verídica, más un juego literario habitual en aquellos tiempos que otra cosa. A partir de ahí, se suceden todas las calamidades que uno pueda imaginarse, que surgidas del ingenio de Poe, se nos hacen particularmente sofocantes; el "enterramiento" del protagonista en la bodega del barco, realmente asfixiante; el motín del "Grampus", primer indicio de las atroces escenas que salpican las páginas del relato; las terribles consecuencias del hambre y la enfermedad a bordo de la balsa de los supervivientes... todo esto conforma la primera parte de la novela. Siguen algunos capítulos en los que la narración se torna árida. Una aplastante enumeración de datos marítimos, y otros que poco tienen que ver con la trama principal, dejan paso, inmediatamente, al clímax del relato, a la parte más misteriosa y evocadora de todo el conjunto. La parte que, usualmente, está en la mente de todo el que haya leído la obra, el remate fantástico que hace realmente grande a esta Narración. ¿Para qué desvelarlo, si ni el propio autor lo desveló?
En definitiva, "La narración de Arthur Gordon Pym" es un gran relato del sufrimiento humano en su tramo inicial , y una insinuación a la fantasía tenebrosa en los tres o cuatro últimos capítulos. Quizás un tanto difusa en conjunto, defecto que se suele achacar a su redacción apresurada y publicación por entregas, es, no obstante, una novela que penetra en la mente del lector como un infecto trago de agua salada en el estómago de sus protagonistas; y que despierta nuestra imaginación, cuando creemos ver cosas que no deberían estar ahí, y los gritos de terror que surgen de la inmensidad blanca nos oprimen el corazón.
LOS POEMAS
Como ya he mencionado, Poe se consideraba ante todo poeta, en una época en la que el brillo del compositor de versos era mucho más glorioso que en nuestros tiempos. Muchos biógrafos y ensayistas de su vida y obra se refieren a él, precisamente, como "Edgar Allan Poe, Poeta Americano". Si bien en su país de origen esta fama es notable, lo es bastante menos entre nosotros. El volumen de publicación de sus poemas en castellano es sensiblemente inferior a la de su obra en prosa, largamente editada. Y también, estos poemas, deficientemente traducidos y en ediciones fragmentadas, han acaparado menos atención de lo esperado. Grijalbo Mondadori editó, por los datos que tengo a mano, un "El cuervo y otros poemas" en el año 1998. Sin embargo, la mayor parte de los poemas que han visto la luz, lo hicieron prácticamente como complemento a los relatos, parte de león de casi cualquier nuevo libro editado.
Sin duda ninguna, su poema más poderoso e inmortal es "El cuervo", único que ha podido equipararse con éxito a la fama y difusión de sus historias en prosa. Publicado en 1845, su aceptación fue ya inmediata, y su autor elevado al olimpo de los grandes poetas. Es un poema tremendamente lúgubre, tenso, que merece la pena intentar leer en la oscuridad. El discurso del protagonista (acaso el mismo Poe) se desarrolla "in crescendo", como una angustiosa pesadilla que atenaza al hombre en la penumbra de la sala, al débil fulgor de los carbones encendidos de la chimenea. Y sobre todo, la sobrenatural presencia del cuervo, enviado de ignorados poderes ultraterrenos, que no posee más que una única respuesta a la angustia del atribulado solitario: "¡Nunca más!".
El resto de poemas, casi todos de parecido espíritu tremebundo, nos dan cuenta de ensoñaciones fatales bajo la luz de la luna, escenas melancólicas en un grado extremo, almas perdidas, y toda la parafernalia de un versista retorcido, amargado y gótico hasta la extenuación. Abundan, una vez más, los nombres femeninos: "Eulalia", "Lenore", "A Helen" y , sobre todo, el recargado y terrible "Ulalume". Brumas de cementerio, voces en el viento, tumbas de mujeres amadas y muertas, pueblan estas estampas de auténtica desesperación. Dos días después del fallecimiento de Poe, aparece su último grito necrófilo en forma de verso, el conocido "Annabel Lee"; ejemplo perfecto de su obsesión casi irracional por la muerte, y por la belleza de la muerte, si es que ésta existe.
La enfermedad de Poe, si de tal enfermedad podemos hablar, no fue la muerte, sino la vida. "La fiebre llamada "vivir" por fin ha sido vencida", escribió en una de sus cartas. Es evidente que la vida terrible ejerció un no menos terrible peso sobre su alma.
BIBLIOGRAFÍA
Por supuesto, existen innumerables
ediciones de todo el trabajo de Poe, especialmente su novela y los cuentos de
terror. Hacer un "rastreo" pormenorizado de todo ese material supondría una
labor titánica ya que, además, continuamente se siguen explotando sus obras, en
unos u otros medios. La sombra de Poe es alargada, podríamos decir. Igualmente
han corrido- y corren- ríos de tinta sobre su figura y obra; biografías,
artículos, ensayos, críticas, tesis... este artículo es solo un grano de arena
más en esa playa inmensa. No cabe duda de que si el genio literario conduce a la
inmortalidad, Edgar Allan Poe es uno de los ejemplos máximos de que disponemos.
Aunque él no esté en condiciones de escucharme: gracias, Maestro.
por Iván Olmedo
El exquisito horror de Edgar Allan Poe
Poe es el más grande poeta del horror en la literatura universal.
Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
La Misteriosa Muerte de Edgar Allan Poe.-
(Ningún otro aspecto de la vida de Edgar Allan Poe ha estado más rodeado de misterio que su muerte. ¿Qué hechos la provocaron? ¿Cómo y de qué murió? ¿Le mataron el alcohol y el opio o fue la rabia que le transmitió un gato?...)
A Edgar Allan Poe, el poeta y escritor que revolucionó el relato de terror para siempre, le fascinaban tanto los enigmas y acertijos como le obsesionaba la idea de la muerte. Quizá era la misma naturalidad de la muerte lo que le abrumaba. Su madre murió cuando él tenía tres años; fue testigo en Nueva York de una epidemia de cólera en 1832 y durante cinco años contempló cómo su joven esposa Virginia Clemm se iba muriendo lentamente de tuberculosis entre hemorragia y hemorragia. También conocía de primera mano la fragilidad del cuerpo, ya que padeció en el suyo propio diversas afecciones.
Quizá el hecho de que Poe intuyera que su propia muerte no iba a ser precisamente plácida influyera en sus tétricos relatos donde ninguno de sus personajes muere en paz en la cama, consolado por los amigos y los seres queridos, sino de forma violenta, en circunstancias raras y en ambientes lúgubres. Lo intuyera o no, resulta paradójico que dejara para la posteridad un último enigma por resolver: el de su propia muerte. Los hechos que la rodearon fueron tan misteriosos que todavía no se han aclarado por completo, aunque sí sabemos que murió el 7 de octubre de 1849 en el Washington College Hospital de Baltimore alrededor de las cinco de la madrugada.
Último paseo por Baltimore
Aquel año Poe vivía en Nueva York con su suegra, María Clemm, a la que quería como a una madre, en la misma casita donde había muerto su esposa Virginia dos años atrás. El 29 de junio de 1849 el poeta había comenzado una gira de conferencias para recaudar fondos con los que financiar una revista que quería lanzar, The Stylus. Para tal fin se desplazó a Filadelfia, y luego a Richmond donde aprovechó para reunirse con una amada de la infancia, Elmira Royster Shelton, con quien había decidido casarse ya que ahora ambos estaban viudos. Poe regresó a Nueva York para retirar un baúl con sus pertenencias y el 27 de septiembre tomó un barco para Richmond. Llegó a Baltimore un día después y allí descendió. Durante los días siguientes no se sabe muy bien qué hizo, pero sí que llevaba bastante dinero (unos 1.500 dólares), que había reunido para su revista, además de "una pequeña suma de dinero para un artículo futuro que nunca escribió", según contaba su editor John R. Thompson en una carta fechada el 9 de noviembre de 1849 y dirigida a E.H.N. Patterson. El hecho de que Poe no llevara dinero encima ni tampoco en su baúl (según se comprobó después) cuando Joseph Walker le encontró postrado en la calle Lombard de Baltimore apoya la teoría de que el escritor pudo haber sufrido un atraco, pero en cualquier caso no explica su lamentable estado aquel 3 de octubre. A instancias del enfermo Walker envió una nota al doctor James Evans Snodgrass diciéndole que Poe le conocía y que necesitaba asistencia médica urgente. Cuando Snodgrass llegó con un tío de Poe, Henry Herring, le enviaron inmediatamente al Washington College Hospital en un carruaje.
Poe fue admitido en dicho hospital e instalado en una de las salas para pacientes alcohólicos donde sufrió durante varios días diversos episodios de pérdida de la conciencia con destellos parciales de lucidez. Aunque el cardiólogo que le atendió, John J. Morán, diagnosticó que no estaba borracho y que no había bebido, no consiguió descubrir qué le ocurría, ya que las respuestas de Poe a sus peguntas "fueron incoherentes e insatisfactorias", según escribiría Morán a María Clemm un mes después. Este médico también transmitiría las últimas palabras del malogrado artista para la posteridad: "Dios se apiade de mi pobre alma". No es posible afirmar si estas fueron sus últimas palabras, dado que existen una serie de contradicciones en los escritos de Morán en torno al fallecido. En cambio, sí se sabe con certeza que la indumentaria que Poe llevaba aquel día no era la suya. En lugar de su habitual traje negro de lana vestía unas prendas oscuras que le venían grandes, además de un sombrero de paja y unos zapatos muy sucios y desgastados. Este hecho, tan raro, ha dado lugar a la teoría de la "encerrona", recogida en la mayoría de las biografías de Poe a pesar de que no hay suficientes pruebas documentales que la sustenten.
Una "encerrona" mortal
Sin duda, resulta sugerente que precisamente el día en que Poe fue encontrado en la calle fuese día de elecciones en la ciudad. Walker le encontró cerca de Ryan’s Fourth Ward Polls, un antro que hacía las veces de bar y centro electoral. En aquellos días, las elecciones de Baltimore estaban marcadas por la corrupción y la violencia: las bandas políticas hacían cualquier cosa con tal de que sus candidatos salieran elegidos. Se robaban las papeletas, se sobornaba a los jueces y se intimidaba a los votantes potenciales. Había bandas que secuestraban a los transeúntes y les preparaban una "encerrona" en un cuarto donde les cambiaban de ropa para que pudieran votar una y otra vez en diferentes mesas electorales. Para convencer a los votantes les emborrachaban e incluso les pegaban.
Si se acepta como auténtico el testimonio del doctor Morán quien declaró "estar seguro de que E.A. Poe no murió bajo el efecto de ningún tóxico, ni su persona ni su aliento olían a licor", esta teoría se viene abajo. Además, no hay que olvidar que un año antes el doctor John W. Francis había diagnosticado a Poe un padecimiento cardiaco y su frágil corazón difícilmente hubiera soportado una paliza. Parece más factible que sufriera un atraco y algún nuevo episodio febril que le dejó tambaleante y moribundo, sobre todo si tenemos en cuenta que Poe tenía una lesión cerebral, según el diagnóstico del famoso médico neoyorquino Valentine Mott en marzo de 1847. ¿Había sido propiciada dicha lesión por su consumo de alcohol y opio? ¿Hasta que punto era un adicto como nos han hecho creer algunos biógrafos
¿Drogas o rabia?
Muchos analistas de la obra de Poe han atribuido su febril imaginación a su consumo de opio, pero no parece que fuera un consumidor habitual. Es cierto que en algunos de sus relatos los narradores protagonistas admiten utilizar esta droga, pero eso no significa que lo hiciera el propio Poe si bien es razonable suponer que consumió opio de forma ocasional y con fines médicos ya que era un ingrediente farmacológico frecuente en su época. Aunque lo utilizara como recurso literario, sólo alegó haberlo consumido en una ocasión. Fue en una carta a Annie Richmond el 16 de noviembre de 1848 donde le contaba que había intentado suicidarse usando laúdano. El hecho de que cayera inconsciente antes de tomar la dosis completa hace sospechar que su cuerpo no estaba acostumbrado a la droga. Por otra parte, lo más probable es que el episodio fuera una mera invención del artista para impresionar a Annie, uno de sus amores, con la profundidad de su desesperación ya que ella estaba casada.
Puede afirmarse que no hay acusaciones firmes por parte de la gente que le conoció respecto a su consumo de opiáceos, en cambio su dramática relación con el alcohol era bien conocida por todos, incluso en su época de estudiante en la Universidad de Virginia y posteriormente en el ejército. Es probable que tuviera una tendencia genética ya que su padre David Poe y su hermano Henry eran bebedores empedernidos.
Poe intentó repetidas veces dejar de beber y tuvo épocas prolongadas –hasta cuatro años incluso- de abstinencia. Su tendencia a caer enfermo cuando ingería demasiado alcohol le ayudaba parcialmente a mantenerle alejado de la bebida. Así lo hizo tras la larga temporada que duró la enfermedad de su esposa, época en que el artista bebió más que nunca. Un año después de la muerte de Virginia, el 29 de febrero de 1848, Poe escribió una carta a George W. Eveleth donde le decía: "Me levanto temprano, como con moderación, sólo bebo agua y hago bastante ejercicio al aire libre... los motivos que me enloquecían haciéndome beber han desaparecido y he dejado el alcohol para siempre".
No cumplió su promesa y el 7 de julio de ese año fue encarcelado por escándalo público durante una borrachera. Parece que por aquel entonces tuvo un episodio febril muy angustioso, según una carta que escribió a su suegra: "Durante más de diez días he estado totalmente desquiciado, aunque no he bebido ni una gota; y durante este tiempo he imaginado los horrores más espantosos... Ha sido una alucinación nacida de un ataque que nunca había experimentado". Los biógrafos han interpretado esta confesión como un caso de delirium tremens inducido por el abandono del alcohol. Esto no significa, sin embargo, que Poe muriera de cirrosis hepática, por ejemplo, ya que su alcoholismo nunca fue tan intenso como para ello. Tampoco murió de tuberculosis o de diabetes, ni de excesiva postración nerviosa según han sugerido algunos médicos de su época como John C.S. Monkur, que le conocía bien. ¿Moriría de rabia inoculada por un animal, tal vez un gato, animal al que precisamente Poe inmortalizó en su famoso relato El gato negro?
Esta última posibilidad la propuso el doctor Michael Benítez en 1996 y al parecer se apoyaba en gran medida en la descripción de Morán de los últimos días del escritor, junto con los datos extraídos de un artículo de Charles Scarlett donde se decía que "a Poe se le dio un vaso de agua para ver si podía tragar bien, pero lo hizo con dificultad". Benítez tomó esto como evidencia de hidrofobia, un miedo al agua que es determinante para su argumentación, pero si hubiera leído la narración completa de Morán habría visto que los hechos fueron otros: "Puse un cubo de hielo en su boca y le di un trago de agua para comprobar si tenía dificultad al tragar. Se bebió medio vaso sin problemas". Así pues, si se descarta la hidrofobia es preciso eliminar también la rabia. ¿Qué nos queda entonces? ¿La congestión cerebral, según se publicó en el periódico Baltimore Clipper?
La vida de Poe estuvo marcada por lo tétrico hasta el final: murió en el Washington College Hospital, un centro universitario que sufrió varios intentos de incendio en 1856 por los vecinos de la zona por su supuesta asociación con el robo de cadáveres. Allí cerca había un cementerio y muchos cuerpos no llegaban a reposar ni veinticuatro horas en sus tumbas: iban a parar directamente a la mesa de disecciones.
Está enterrado en el Old Western Burial Ground de Baltimore (Maryland, USA). Se cuenta que cada 19 de enero, cumpleaños de Poe, hace más de 50 años que un hombre vestido de negro con sombrero de fieltro deja coñac y tres rosas rojas sobre su tumba.
[Isabelha Herranz]
The Edgar Allan Poe Society of Baltimore
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