Vellocino de Oro

Jasón y el vellocino de oro, 1636/37
Autor: Erasmus Quellinus
Museo: Museo del Prado


Mito.

El Vellocino de oro representa, en la mitología griega, la creencia en la existencia de una piel de carnero dorada. Dos son las ocasiones en las que aparece un vellocino de oro en la leyenda. La más célebre es la piel del carnero alado de Hermes. Su búsqueda dará origen a la famosa expedición de los Argonautas protagonizada por el héroe tesalio Jasón. La segunda mención a un vellocino de oro aparece en el mito del pelópida Atreo.

En este último caso, Atreo encuentra en su rebaño un carnero con el vellón dorado y lo conserva guardado en un cofre. Cuando el pueblo de Micenas tiene que elegir a uno de los dos hijos de Pélope, Tiestes y Atreo, para suceder a Euristeo, la posesión del vellocino de oro será determinante. La esposa de Atreo traicionará a su marido. Tiestes se proclamará rey pues posee el Vellocino de oro.

La leyenda sobre el Vellocino de oro que provoca la expedición de los Argonautas está relacionada con el mito de Frixo y Hele, hijos del rey Atamante. La segunda esposa de Atamante, Ino, quiere deshacerse de sus hijastros. El carnero alado de Hermes salvará a los dos jóvenes del sacrificio. Los rescata y los transporta por los aires hacia la Cólquide. Hele caerá sobre el mar antes de tomar tierra. Frixo conseguirá llegar y donará el vellón de oro al rey Eetes. El rey ofrece el precioso Vellocino al dios Ares. Allí permanece, en el bosque sagrado de Ares, custodiado por un dragón.

Sobre el origen del Vellocino de oro existe una tradición, que atribuye la paternidad del Vellocino a Poseidón y a la heroína tracia Teófane.

El Vellocino de oro en el mito de Atreo.

Atreo y Tiestes eran hijos de Pélope, fruto del matrimonio de éste con Hipodamia. Acusados de haber asesinado a su hermanastro Crisipo, fueron desterrados por Pélope y acogidos en el reino de Micenas.

Allí consiguieron gobernar la ciudad y el territorio de Midea. Una vez muerto Euristeo, a manos de los Heráclidas, un oráculo aconsejó al pueblo de Micenas que eligiera como gobernante a uno de los hijos de Pélope. Atreo y Tiestes, que mantenían un tenaz odio mutuo, se disputaban el trono. Fue entonces cuando Tiestes ofreció una solución ante el pueblo de Micenas que convenció a su hermano. Propuso que se concediera el poder a aquel que pudiera presentar, ante el pueblo, un Vellocino de oro. Atreo creía tener guardada esta preciosa prenda en un cofre y aceptó el reto sin dudarlo.

Tiempo atrás, Atreo había encontrado entre su rebaño un carnero con un hermoso Vellocino de oro. A pesar de haberle ofrecido a la diosa Artemisa el sacrificio de los ejemplares más hermosos de su rebaño; Atreo, en aquella ocasión, no había sido fiel a su promesa. Sacrificó el animal y guardó para sí el precioso Vellocino que escondió en un cofre. Cuando Tiestes propuso este desafío ante el pueblo de Micenas, Atreo estaba seguro de tener el triunfo en sus manos. Sin embargo, la esposa de Atreo, Aerope, le había jugado una mala pasada. Aerope, que conocía el secreto de su esposo, había regalado el Vellocino de oro a su amante, que no era otro que Tiestes, su cuñado. De esta manera, Tiestes presentó el Vellocino dorado y resultó elegido por el pueblo de Micenas. Sin embargo, Zeus intercedió a favor de Atreo y consiguió para él el trono de Micenas.


El Vellocino de oro y la expedición de los Argonautas.



El Vellocino de oro más célebre es el que provocó la expedición de los Argonautas; forma parte, pues, del ciclo argonáutico. El ciclo de los Argonautas, inspirado por épicos jonios, reúne unas serie de leyendas de diversa procedencia. La leyenda del Vellocino de oro procede de la zona de Orcómenos y está relacionada con el mito de Atamante y de sus hijos Frixo y Hele. Más tarde, se relaciona con el mito de Jasón y, a través de él, con la expedición de los Argonautas. Es ésta una empresa colectiva que reúne en una aventura héroes de distinta procedencia. La recuperación del Vellocino de oro está vinculada al mito de Medea, especie de maga que colabora con Jasón. Medea ocupa una funcionalidad paralela a la de Ariadna en el mito de Teseo.

Por otra parte, existe una tradición que justifica el origen del Vellocino de oro. Se trata del mito de Teófane, una heroína tracia que engendró el Vellocino en unión con Poseidón.

El origen del Vellocino de oro.

Teófane, hija del rey Bisaltes, era una doncella de extraordinaria belleza. Poseidón se enamoró de ella y decidió ocultarla en un isla para evitar que los pretendientes la persiguieran. Poseidón trasladó a Teófane a la isla de Crumisa. Sin embargo, los pretendientes consiguieron averiguar el refugio de Teófane y acudieron en su busca. Poseidón transformó a Teófane en una bella oveja para que los pretendientes no pudieran reconocerla y él mismo se metamorfoseó en carnero. Bajo esta apariencia, se unió a Teófane y engendró con ella un hermoso carnero con el vellón de oro. Este es el carnero dorado que habría de rescatar a Frixo y Hele y que daría origen al Vellocino de oro.

El viaje a Cólquide del Vellocino de oro.

Atamante era un rey de Tebas, hijo de Éolo y nieto de Helén. Había contraído matrimonio, en primeras nupcias, con Néfele (que significa 'nube'). Néfele y Atamante engendraron dos hijos: un varón llamado Frixo y una hembra llamada Hele. Con el tiempo, el rey Atamante repudió a Néfele y contrajo matrimonio en segundas nupcias con Ino, la hija de Cadmo. Del matrimonio de Ino y Atamante nacieron dos hijos: Learco y Melicertes.

Ino, celosa de sus hijastros y amparada en la esperanza de ganar la herencia del trono para sus hijos, quiso deshacerse de Frixo y Hele. Para ello, ideó una estratagema. Convenció a las mujeres para que tostasen los granos de trigo dispuestos para la siembra. Los hombres, que ignoraban las artimañas de Ino, sembraron las semillas. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, la tierra, tal y como era de esperar, se mostró estéril. El rey Atamante, asustado y temeroso ante un prodigio tan adverso, decidió consultar con el oráculo de Delfos para que le fuera revelada la voluntad de los dioses. Ino, que había previsto esta reacción en el monarca, sobornó a los emisarios. Los emisarios trasmitieron al rey el resultado de la consulta al oráculo, que no era otro que aquello que la pérfida Ino había ingeniado. Si Atamante quería atraer el favor de los dioses debía sacrificar a sus hijos en honor de Zeus Lafistios. Ésta sería la única manera de acabar con la infertilidad de la tierra.

Atamante se dispuso a llevar a cabo el sacrificio, pero Néfele consiguió impedirlo a tiempo. Cuando sus hijos se encontraban camino del altar donde serían inmolados, Néfele les ofreció un carnero alado que lucía un hermoso vellón de oro. El carnero rescató a los dos jóvenes, los alzó sobre el suelo y emprendió el vuelo. Frixo y Hele pudieron escapar montados sobre el misterioso carnero. La tradición cuenta que este carnero era propiedad de Hermes y que el emisario de los dioses se lo había regalado a Néfele para que pudiera salvar a sus hijos. Otras fuentes consideran que fue el mismo Zeus quien envió a Hermes con el carnero mágico para rescatar a las dos víctimas inocentes de la avaricia y los celos de Ino.

Frixo y Hele se dirigieron hacia el oriente, conducidos por el carnero volador. Sin embargo, al atravesar la franja de mar que separa Europa del continente asiático, Hele, vencida por el cansancio, cayó al mar. En memoria de este suceso, la lengua de mar que separa los dos continentes, hoy conocida como Dardanelos, pasó a llamarse Helesponto ('mar de Hele').

Frixo consiguió llegar al país de Eea, gobernado por el rey Eetes. El país de Eea será identificado en la leyenda de los Argonautas con la Cólquide, región situada en el extremo oriental del Mar Negro. Allí el hijo de Atamante fue acogido hospitalariamente por el rey Eetes, que incluso le ofreció a su hija, Calcíope, como esposa. Frixo sacrificó el carnero en honor de Zeus Lafistios. El Vellocino de oro del misterioso animal fue regalado por Frixo al rey de Eea, en reconocimiento por su hospitalidad. Eetes consagró el Vellocino dorado al dios de la guerra, Ares, y lo expuso en una de las encinas del bosque sagrado de Ares, donde permaneció custodiado por un dragón hasta el día en que fuera reclamado por Jasón, quien llegaría a Cólquide acompañado de los Argonautas.

El retorno a Grecia del Vellocino de oro.

El retorno a Grecia del Vellocino de oro es el episodio de la leyenda conocido como “Expedición de los Argonautas”.

Origen de la Expedición

La leyenda del Vellocino de oro se conecta en este punto con el mito del héroe tesalio Jasón. Jasón era hijo de Esón y sobrino de Pelias. Su padre había sido despojado del reino de Yolco por Pelias, hermanastro de Esón. Según otras versiones, el propio Esón había renunciado al trono y se lo había cedido a su hermanastro hasta que su hijo Jasón fuera mayor de edad. Jasón fue educado por el centauro Quirón en el monte Pelión. Concluida su formación, Jasón se dispuso a retornar al reino de Yolco con la intención de reclamar el trono que le correspondía.

Cuenta la tradición que Pelias había recibido un oráculo adverso. Éste prevenía a Pelias sobre un guerrero que llegaría al reino de Yolco desprovisto de una de sus sandalias. El guerrero que se presentara en su corte con estas atribuciones le derrocaría del trono. Cuando Jasón llegó a la ciudad de Yolco su aspecto respondía a esta descripción, pues había perdido una sandalia en el camino. Pelias, al contemplar al intruso, recordó la amenaza del oráculo. Por esta razón, propuso al hijo de Esón una misión imposible, con la esperanza de que no pudiera retornar. La misión consistía en emprender una expedición para recuperar el Vellocino de oro que tiempo atrás se había trasladado de Grecia a Cólquide. Para otros mitógrafos, fue el mismo Jasón quien propuso la expedición cuando el rey le preguntó qué haría con un hombre que amenazara su trono.

Con la intención de llevar a cabo su misión, Jasón encargó la construcción de un navío especial, reclutó a los tripulantes y partió en dirección a Cólquide. La construcción del navío fue encargada a Argos que contaría con la colaboración de Atenea (ciertas versiones de la tradición confunden este Argos con el hijo de Frixo que también tomaría parte en la expedición). Los integrantes de la expedición se conocen con el nombre de Argonautas y entre ellos figuran Orfeo, Idmón, Tifis, Cástor y Pólux.

La recuperación del Vellocino de oro.

Una vez llegados a Cólquide, Jasón reclamó el Vellocino de oro al rey Eetes. El rey impuso al héroe tesalio tres condiciones para recuperar el Vellocino. La primera era que impusiera el yugo a dos toros que poseían cascos de bronce y exhalaban fuego por el hocico. La segunda era que arara la tierra con esta yunta de toros. Y la tercera que sembrara en los surcos unos dientes de dragón que habrían de dar origen a fieros guerreros. Gracias a la colaboración de la hija del rey, Medea, Jasón pudo cumplir estas condiciones. Sin embargo, el rey no estaba dispuesto a cumplir su promesa y ceder el Vellocino de oro. Medea, que poseía dotes de maga, hubo de adormilar al dragón que custodiaba el Vellocino de oro.

Esta fue la manera en que Jasón recuperó el Vellocino de oro. Regresó a Yolco casado con Medea y entregó el Vellocino a Pelias.

Bibliografía.

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A. I. Espejo Madrigal

Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2003

 

Vellocino de Oro

 

 

Este mito, muy popular desde tiempos remotos, se refiere a la expedición que descubriera para los griegos las regiones costeras del Mar Negro. Es una suerte de prólogo a la Guerra de Troya, el conflicto que habría de enfrentar a griegos y asiáticos por el control de las rutas comerciales que traían cereales desde los ricos campos de las costas meridionales del Mar Negro. La conquista del vellocino de Oro se refiere a hechos y personajes que preceden en una generación a los involucrados en la Guerra de Troya, envolviendo en la trama a gran cantidad de célebres guerreros y héroes: los gemelos Cástor y Pólux, Hércules, Peleo (padre de Aquiles), el músico Orfeo,...
La trama de este mito se inicia con un rey griego, Atamante, que repudió a su esposa Nefele (con la que tenía dos hijos, Frixo y Hele) para casarse con la princesa Ino. Era Ino una mujer malvada, y al casarse con Atamante planeó la muerte de sus herederos para que fueran sus propios hijos los que aspiraran al trono. Para llevar a cabo su plan, se apoderó de todo el grano reservado para ser utilizado para simiente del reino de Atamante y lo tostó, con lo que obviamente ese año ninguna cosecha fue obtenida. Espantados, los campesinos acudieron al rey, que consultó con el oráculo del reino, previamente seducido por la maquiavélica Ino, quien sentenció que ninguna cosecha germinaría a menos que los hijos de Nefele fueran asesinados. Nefele, horrorizada frente al altar del sacrificio, imploró ayuda a los dioses, que respondieron enviando un carnero mágico, con el pelaje de oro y la capacidad de volar. Los niños escaparon a lomos del animal, que los condujo por los aires fuera de los territorios griegos. Al cruzar el estrecho que separa la Grecia continental del Asia Menor, la hija de Nefele, Hele, cayó al mar y se ahogó: desde entonces, aquel estrecho es denominado Helesponto o Mar de Hele. El carnero llevó al afligido Frixo hasta el país de la Cólquida, situado al sur del Mar Negro, donde sus habitantes acogieron al niño, que en señal de agradecimiento, sacrificó al carnero y les entregó su dorado vellocino.
Tiempo después, en la ciudad griega de Tesalia, reinaba Pelias, hombre cruel que había usurpado el reino a su legítimo propietario, Esón. Un oráculo predijo a Pelias que moriría a manos de un hombre calzado con una sola sandalia. El hijo de Esón se llamaba Jasón, y desde el exilio se dirigió a Tesalia para recuperar su reino. Fue llevado ante Pelias, que al verlo entrar en el salón del trono no pudo reprimir su miedo al comprobar que tan sólo estaba calzado con una sandalia. Las intenciones de Jasón, a pesar de todo, no eran matar a Pelias: le dio que podía conservar todos los bienes malversados durante su reinado, los ganados, el oro... todo excepto el trono, que debía ser devuelto inmediatamente al linaje de Esón. Pelias accedió, pero imponiendo una condición: Jasón debía traer a Tesalia la piel del Carnero de Oro, el vellocino de aquel mítico animal que se hallaba en la Cólquida. Y es que Pelias sabía muy bien que aquella era una empresa imposible, y que mandaba a Jasón a una muerte segura. Pero ante los ojos espantados de los súbditos del reino, Jasón aceptó el encargo, ordenando a los mensajeros de Pelias que difundieran la noticia de una gran expedición por mar a la desconocida Cólquida, en busca del Vellocino de Oro. Al mensaje respondieron los más grandes héroes griegos: el poderoso Hércules, hijo de Zeus, Orfeo el músico, capaz de encantar a las bestias con su lira, los gemelos Cástor y Pólux, hijos también de Zeus y grandes guerreros, Peleo, que llegaría a ser rey de Egina y padre de Aquiles... todos ansiaban embarcarse en el Argos, el buque destinado a llevarlos a través del Mediterráneo hasta alcanzar el Mar Negro, conocido entonces como el Mar Enemigo.
Zarparon de las costas griegas, y el primer escollo que encontraron fue al repostar en una pequeña isla: el escudero de Hércules, un joven llamado Hilas, fue raptado por una ninfa, que lo sumergió en las aguas de un estanque del que ya no saldría. Hércules emprendió una búsqueda desesperada de su amigo, pidiendo a los Argonautas que zarparan sin él.

El mítico buque de Jasón y las Harpías

Poco después, desembarcaron en otra isla donde un anciano llamado Fineo era perseguido por la jauría de Zeus: las Harpía, pájaros enormes que habían sido mandados por el dios para castigar a Fineo por sus enormes dotes de oráculo (facultad que siempre había desagradado profundamente a Zeus). El anciano había tenido la revelación de que tan sólo podían salvarle dos de los argonautas, los hijos de Bóreas, el Viento del Norte, que con su inigualable rapidez serían capaces de alcanzar y dar muerte a las harpías. Los dos hermanos se comprometieron en ayudarle, y habrían dado muerte a todos los monstruos de no ser por la intervención de Iris, la mensajera de Zeus, que prometió liberar a Fineo de su castigo si los Bóridas detenían su cacería. En agradecimiento por tal ayuda, el anciano vidente les explicó que si deseaban llegar al Mar Negro por mar, debían atravesar las Simplégades, grandes piedras que hacían las veces de frontera de dicho mar, una a cada lado de un angosto estrecho; estas piedras entrechocaban al pasar entre ellas cualquier embarcación, destruyéndola. Fineo les explicó que la única forma de trasponer este obstáculo era liberando poco antes de alcanzarlas a una paloma blanca desde la proa del barco. Al día siguiente, los Argonautas dejaron la isla de Fineo y se enfrentaron a las temibles Simplégades. Como el anciano les había advertido, dejaron libre a una paloma blanca desde la proa de su barco; el animal se puso a volar frente a ellos, guiándolos a través de las Simplégades sanos y salvos. Justo cuando el barco se encontraba a salvo, las piedras se cerraron una contra otra, con un terrible estruendo, volvieron a separarse, y nunca más se movieron de su sitio, dejando desde entonces un paso para los navegantes.

Las Simplégades

Tras alguna otra aventura, ya en el Mar Negro, los Argonautas desembarcaron por fin en el país de la Cólquida, final de su expedición.
El valor que hasta el momento habían demostrado los Argonautas había complacido mucho a la esposa de Zeus, Hera, que se decidió a ayudarlos en su misión. Se reunió con Afrodita y tejieron el plan siguiente: ordenarían a Cupido que lanzara sus flechas sobre Medea, hija del rey de la Cólquida, y hechicera de grandes poderes. Con esto, Medea caería enamorada de Jasón, y representaría una ayuda inestimable para su misión.
Los Argonautas se presentaron un día ante las puertas del rey de la Cólquida, Eetes, pidiéndole que les entregara el Vellocino de Oro a cambio de cualquier servicio que éste les quisiera encomendar. Eetes no podía permitir que aquella valiosa posesión cayese en manos de aquellos extranjeros, por lo que impuso una tarea imposible a Jasón: debía uncir a un arado a dos toros mágicos, que expelían fuego por la boca, labrar un campo y sembrarlo con los dientes de un dragón, de los que brotaría un ejército de hombres armados a los que él, sin ayuda de arma alguna, debía vencer. Aceptó Jasón la disparatada empresa y se retiró con sus hombres al Argos para descansar. Durante la noche, un mensajero de Medea les entregó un ungüento mágico que haría invencible a Jasón, y les comunicó además que si éste arrojaba una piedra en medio del ejército nacido de los dientes del dragón, éste se aniquilaría a sí mismo.
Al día siguiente, Jasón se dirigió a cumplir su misión: unció a los toros en el arado, sembró los dientes y al nacer un ejército de ellos, arrojó una piedra entre ellos, sorprendido al comprobar cómo se mataban los unos a los otros. El rey Eetes se enojó terriblemente, jurando que jamás obtendrían el Vellocino de Oro, encerrándose en su ciudad. Estaban los Argonautas apesadumbrados cuando recibieron la visita de Medea. La princesa prometió ayudarlos a robar el vellocino, a lo que Jasón respondió declarándole su amor y sus intenciones de casarse con ella al regresar a Grecia. Se dirigieron Jasón y Medea a un bosque, en cuyo centro una monstruosa serpiente custodiaba el Vellocino. Mediante un conjuro, durmió Medea a la serpiente, momento que aprovechó Jasón para apoderarse del Vellocino de Oro y huir con la princesa en el Argos.

Medea

Tras los Argonautas zarpó un numeroso ejército capitaneado por Apsirto, hermano de Medea. Cuando todo parecía perdido, Medea mató a su propio hermano, despedazándolo y arrojando sus fragmentos al mar. Mientras el ejército de la Cólquida se entretenía en recoger los restos de su príncipe, los Argonautas pudieron huir y dejar atrás para siempre la Cólquida. Una vez llegados a Grecia, Medea ayudaría a Jasón a recuperar el trono de Tesalia, matar al tirano Pelias (que en la ausencia de Jasón había dado muerte a sus padres, los reyes legítimos). Medea realizó los actos más repulsivos para ayudar a Jasón en todo lo que fue necesario. Pero Jasón, que en lo profundo de su alma era un ser despreciable, traicionó a Medea casándose con la princesa de Corinto, y disponiendo su destierro de la propia Medea y de los dos hijos que había tenido con ella. Sin ayuda ni dinero, aquello era una condena a muerte para Medea y sus hijos. La venganza de Medea fue terrible: usó la magia para asesinar a la nueva esposa de Jasón y, acto seguido, mató a sus propios hijos. Jasón, fue en su búsqueda para matarla, pero tan sólo encontró los cadáveres de sus hijos y a Medea huyendo en un carro tirado por dos dragones. A Jasón ya sólo le esperaba una vida de remordimientos y locura. A Medea, nadie la volvería a ver en Tesalia.

 

A diferencia de la deliciosa película Jasón y los argonautas, no encontraremos en este viaje monstruos gigantes, ni ejércitos de esqueletos amenazando al Argos y su tripulación. Y sin embargo, las aventuras de los célebres argonautas no dejarán por ello de ser exóticas y trepidantes.

Robert Graves comienza explicándonos el origen de la leyenda del Vellocino -un cisma religioso que alzaría a Zeus sobre el resto de divinidades, incluida la propia diosa madre– para hacer un rápido repaso mitológico y de la situación política de la Grecia arcaica. Tal vez sea este inicio (pese a su indudable importancia) la parte menos ágil del libro, hasta el momento en que aparece por fin un ingenuo Jasón y se comienza a reunir a los argonautas: personajes célebres en su mayoría, reyes, hijos de dioses y diversos aventureros a quienes la maestría de Graves dotará de un encanto único y personal. Desde ese momento nos embarcaremos para descubrir, no sólo todo lo concerniente al Vellocino, sino también los orígenes de centauros, sátiros, diversas criaturas mitológicas e incluso los prolegómenos de lo que será la guerra de Troya.

Con un estilo narrativo que homenajea al empleado por los autores clásicos, aunque afortunadamente bastante más dinámico, nos embarcaremos con una tripulación de campeones atemorizada por un Hércules borracho, al borde de la demencia y pendenciero, sólo aplacable mediante la música del entrañable Orfeo. Disfrutaremos de la ingenuidad y pocas luces del seductor Jasón, de la hilarante elocuencia de Equión -un embajador capaz de hacer creíble la más absoluta de las mentiras-, de la simpleza de Idas o de la audacia de Atalanta, única mujer de la tripulación, y uno de sus miembros más destacados.

De este modo, Graves se implica tanto con la Historia como con la leyenda, es fiel a las peripecias del viaje que han llegado hasta nuestros días, pero sin alejarse de la posible verosimilitud de los hechos. Busca y da explicación a cada extraordinaria aventura en la que los héroes se enfrentaron a hombres y monstruos, realizando un notable esfuerzo por mantener la coherencia con la historia conocida, pese a la diversidad de fuentes que en ocasiones llegan hasta a contradecirse entre sí. En este aspecto es de notable interés la explicación que el propio autor ofrece al final del libro, en la que argumenta los criterios seguidos para la inclusión de personajes como Orfeo (que participó o no, dependiendo de la fuente), el momento del abandono de Hércules y las alternativas planteadas para la interpretación de las aventuras.

El resultado final es un libro de gran hermosura donde Graves vuelve a alcanzar altas cotas narrativas con un viaje fantástico e inolvidable.

Oscar Cuevas Vera

ESTUDIO DE LA MITOLOGIA GRIEGA

LOS MITOS GRIEGOS